EDUCACIÓN

El autoritarismo de las prisas

Ser democrático, que es absolutamente loable y deseable, y hasta preceptivo en el sistema educativo, es difícil y lleva tiempo, mucho tiempo, y esfuerzo

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Una imagen de una clase vacía de archivo.  

Una imagen de una clase vacía de archivo.   / Unplash

Un profesor al que aprecio y admiro, cuando en sus clases tenían que decidir la fecha de un examen y la discusión se alargaba demasiado por cabezonerías, decía: "Mirad, podemos hacerlo de dos maneras. La manera democrática, en la que llegamos a un consenso que sea bueno para todos, o la manera autoritaria: yo decido la fecha, y será la más cómoda para mí y la peor para vosotros". Así conseguía que apreciaran la oportunidad de participar en democracia.

Ser autoritario es fácil y cómodo para el que manda, pero no está muy bien visto. En cambio, ser democrático, que es absolutamente loable y deseable, y hasta preceptivo en el sistema educativo, es difícil y lleva tiempo y esfuerzo. Los docentes empleamos muchos esfuerzos y energías, no solo en enseñar a ser democráticos, sino en serlo nosotros. Pero eso es algo que requiere tiempo; mucho tiempo. Y es precisamente de lo que más escasos andamos.

Nos piden que seamos dialogantes y que lleguemos a consensos, pero solo nos dan tiempo para ser autoritarios. ¿Saben cuánto tiempo se necesita para comentarle y justificar a un alumno (multiplíquese por decenas) los errores de su examen? ¿O cuánto se tarda en decidir un tema de trabajo en el que estén involucrados? ¿Y en que un equipo docente decida si un alumno con asignaturas suspensas merece el graduado en ESO? ¿Saben cuánto se tarda en preparar un curso nuevo?

Las personas autoritarias ya no necesitan usar la voz de mando: ahora usan la urgencia. Una jefa de estudios ineficiente y autoritaria entregará los horarios dos días antes de empezar las clases y acusará de insolidario y problemático al docente que pretenda que se arreglen errores: "Ya no hay tiempo; pon de tu parte y deja de fastidiar".

El autoritarismo de las prisas recorre la educación de arriba abajo y vacía el pretendido espíritu democrático que debería reinar en todo el sistema. Así sucede también con nuestras autoridades educativas, que presumen de democráticas hasta que dejan claro que no quieren emplear tiempo en llegar a acuerdos: "El curso se nos echa encima -dicen-, ya no hay tiempo de discutir más, hay que hacerlo ya". Así se implementarán los nuevos currículos, el curso que viene: sin consenso, sin tiempo, sin democracia.

Los cursos tardan muchos meses en prepararse. Una jefa de estudios responsable y dialogante en abril ya ha consultado a cientos de alumnos sus preferencias de optatividad para organizar grupos, recursos, horarios… y armar un puzzle tridimensional gigante en el que abarrotar la actividad de varios cientos de personas. Este año, y estamos a mediados de junio, aún no tenemos normativa y se especula con borradores en los que bailan asignaturas.

Educación dirá que da tiempo a preparar el curso que viene, pero no da: se impondrán decisiones, se improvisarán cambios, se hará sin consensuar. Cuando digan, que lo dirán, que se ha consultado al profesorado, no les crean: no nos han dado tiempo. Dirán también que hemos decidido sobre la idoneidad de materias y agrupaciones, pero no es verdad: no nos han dado tiempo. Dirán que en los centros se ha consensuado la organización académica y las programaciones: qué más quisiéramos... No nos han dado tiempo. El nuevo curso es inminente y esa urgencia es el bastón con el que vapulean la democracia y la autonomía de los centros. Aprendamos ya que educar es incompatible con las prisas: basta ya de imponer.

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