PROS Y CONTRAS

La emancipación de los hijos

Su hijo está a punto de cumplir los 30 años y, como tantos, sigue en casa. Ya sabía que el cordón umbilical era permanente, y así lo quiere. Es solo que no acaba de mudar de piel

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Dos jóvenes intentan subirse a un patinete compartido en Barcelona.

Dos jóvenes intentan subirse a un patinete compartido en Barcelona. / JOAN MATEU PARRA

El sofá se le ha ido quedando pequeño. Ya no corre a buscarla con la rodilla ensangrentada después de emular al futbolista de turno. No le pide bocadillos de Nocilla ni insiste en bajar al parque. No, su hijo está a punto de cumplir los 30 años y, como tantos, sigue en casa. Ya falta poco, se dice ella. Y, al instante, la culpa y el anhelo se enfrentan. Es una riña vieja, esta. Ya se la conoce. Lleva años pactando con ella. Si no estuviera tan cansada… 

Es una suerte de limbo. Ya sabía que el cordón umbilical era permanente, y así lo quiere. Es solo que no acaba de mudar de piel. Y ahí anda su relación, entre jirones de adolescencia atragantada. ¿Cenas en casa? ¿Llegarás muy tarde? ¿Te vas el fin de semana? Siempre en la frontera entre el vínculo y la atadura. Sabe que él cuenta los días para ganar su libertad adulta. Ella, para recuperarla. Para desconectar de esa (pre)ocupación constante. Sabe que nunca desaparecerá, pero necesita un interruptor. Tan solo eso. Apagar ese neón de ‘Abierto 24 horas’. Ganar un poco de espacio para poderse mirar distinto entre ellos, para cambiar los códigos de su relación. Como los adultos que ambos son. Sin más dependencia que el afecto mutuo.

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