¿Por qué estamos sufriendo una rapidísima pérdida masiva de fertilidad en nuestra especie?

¿Por qué estamos sufriendo una rapidísima pérdida masiva de fertilidad en nuestra especie?

¿Por qué estamos sufriendo una rapidísima pérdida masiva de fertilidad en nuestra especie?

Desde 1960 el Banco Mundial recoge, en todos los países, datos muy precisos sobre el promedio de hijos que tiene una mujer. Es lo que se llama la tasa de fertilidad.

Sus resultados, avalados por los de otras muchas instituciones, han desvelado un hecho preocupante: durante los últimos 40 años hemos asistido a una disminución extremadamente rápida de fertilidad.

Como el rápido crecimiento de la población humana resultaba insostenible para los recursos del planeta, la disminución de las tasas de fertilidad se percibió en principio como una buena noticia.

La baja natalidad ya no es tan voluntaria

Las parejas jóvenes redujeron voluntariamente el número de hijos que querían tener, a la vez que retrasaron la edad a la que traían al mundo sus primeros bebés.

No parecía problemático. Si la caída de la fertilidad solo se debía a decisiones voluntarias de las parejas, la tendencia podría revertirse sin problema alguno.

Pero poco a poco fue quedando claro que en el bajo número de hijos que tienen las mujeres hay algo más que decisiones voluntarias.

De hecho, cada vez hay más evidencias científicas demostrando de que buena parte de las bajas tasas de fertilidad de nuestra especie se deben a un gravísimo deterioro de la salud reproductiva que ya afecta a una gran parte de la humanidad.

Los duros datos

Los datos no pueden ser más desoladores.

Exhaustivos metaanálisis de multitud de resultados obtenidos en laboratorio durante las últimas décadas indican que en los países desarrollados casi todas las mujeres sanas de 20 años son significativamente menos fértiles de lo que lo eran sus abuelas a los 35.

Y la situación es todavía peor en los hombres.

Los jóvenes en plenitud de fuerzas producen menos de la mitad de los espermatozoides de los que producían sus abuelos.

Un ejemplo: en los años 70 del siglo pasado los hombres producían alrededor de 99 millones de espermatozoides por mililitro de semen, mientras que hoy en día apenas alcanzan los 47 millones. Menos de la mitad.

Además, y para empeorar todavía más las cosas, buena parte de estos espermatozoides tienen graves defectos morfológicos y de motilidad, y en muchos casos su ADN se encuentra fragmentado.

El deterioro tiene una velocidad alarmante

Lo que más preocupa a los expertos en medicina reproductiva es la extraordinaria velocidad a la que está ocurriendo esta pérdida masiva de fertilidad.

Algunos epidemiólogos advierten de que estamos en una peligrosa cuenta atrás que si no conseguimos revertir podría conducirnos a la extinción. A fin de cuentas, una especie solo puede sobrevivir a largo plazo si deja suficientes descendientes.

La ciencia se ha enfrentado a esta pérdida de fertilidad desarrollando técnicas de reproducción asistida tremendamente innovadoras.

Hoy en día hasta el 15% de los bebés que nacen en algunos de los países más desarrollados del mundo (y alrededor de uno de cada 10 bebés que nacen en España) son concebidos mediante técnicas de reproducción asistida.

Son técnicas cada vez más sofisticadas, con complejos controles hormonales y farmacológicos, micro-inyección de espermatozoides en el interior de ovocitos, selección de embriones para la implantación y pruebas diagnósticas exhaustivas que garanticen la viabilidad de los embriones transferidos.

Pese a todo, cada vez con más frecuencia las parejas tienen que recurrir a la donación de ovocitos, espermatozoides o embriones que proceden de bancos de donantes.

Y a pesar del extraordinario desarrollo de estas técnicas de reproducción asistida en los últimos 40 años, tan ingente progreso no ha conseguido, ni de lejos, compensar la rápida pérdida de fertilidad de nuestra especie.

Un elevado porcentaje de parejas ni siquiera consiguen tener hijos con tal profusión de técnicas

¿Los contaminantes tienen culpa en esta veloz pérdida de fertilidad?

Sin duda el considerable incremento de la edad a la que las parejas deciden tener a sus hijos es un factor a tener en cuenta. Pero desafortunadamente no es la principal de las causas.

Los graves problemas de fertilidad que nos podrían llevar a una verdadera crisis de supervivencia como especie se deben principalmente al efecto extremadamente dañino que tienen en nuestro sistema reproductivo una larga serie de contaminantes ambientales difusos.

Y entendemos por contaminantes difusos aquellos cuya fuente no se localiza en un punto concreto y suelen impactar principalmente sobre el aire y el agua.

La lista de la OMS

Pues bien, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha elaborado una lista con alrededor de 800 sustancias a las que estamos expuestos permanentemente en nuestros hogares y puestos de trabajo.

Se trata, por aquello de que les suenen los nombres científicos, de ftalatos, dioxinas, furanos, PCBs, bisfenoles, alquilfenoles, benzofenonas, hormonas sintéticas utilizadas para el engorde del ganado, pesticidas y herbicidas, metales pesados, filtros UV utilizados en los protectores solares, conservantes para alimentos…

Todos ellos son disruptores endocrinos capaces de alterar el sistema hormonal dando lugar a diferentes enfermedades relacionadas con la salud reproductiva.

El efecto de estos disruptores hormonales es acumulativo y a menudo irreversible.

¿Por qué han podido proliferar de este modo sustancias tan peligrosas?

En muchos países del mundo las empresas no necesitan probar que los productos químicos son seguros antes de ponerlos a la venta.

En cuanto una sustancia demuestra su utilidad, se lanza al mercado sin haber realizado con ella los suficientes controles de toxicidad en exposiciones a largo plazo.

Muchas de estas sustancias tienen gran éxito comercial, se vuelven habituales en nuestras vidas y terminan moviendo cantidades de dinero superiores al PIB de la mayoría de los países.

A menudo están tan presentes en la sociedad de consumo que para cuando empiezan a acumularse evidencias de su toxicidad, su peso económico es tan grande que su prohibición acarrearía una crisis sin precedentes.

Los ftalatos están por casi todas partes

Un ejemplo de este tipo de contaminantes son los ésteres del ácido ftálico, conocidos como ftalatos.

Son un grupo de productos químicos industriales ampliamente utilizados como sustancias añadidas a los plásticos para incrementar su flexibilidad (por ejemplo para lograr que el PVC resulte más flexible).

A partir de los años 50 del siglo pasado se empezaron a producir en enormes cantidades, asumiendo que eran inocuos sin que se hubiesen hecho los estudios científicos necesarios para demostrarlo.

A principios de este siglo ya se fabricaban unas 400.000 toneladas de ftalatos cada año.

Hoy en día están por todas partes. Y son un componente importante de muchísimos objetos cotidianos como geles, champús, cosméticos, juguetes, envases, muebles, materiales de construcción de nuestras casas…

Pero la principal vía de exposición a los ftalatos es a través de la comida: cuando los alimentos entran en contacto con el plástico durante su procesado, empaquetado y almacenamiento.

Además, la contaminación difusa por ftalatos en el medio ambiente ya es tan grande que incluso llegan a nosotros en el agua que bebemos.

Recientes estudios muestran que las personas que comen en establecimientos de comida rápida, restaurantes o cafeterías, así como los que consumen en sus casas alimentos preparados, tienen las mayores cantidades de ftalatos.

¿Cuál es el peligro de los ftalatos?

Cuando los ftalatos entran en nuestro cuerpo afectan a nuestras hormonas.

Los mayores efectos se dan durante los primeros momentos del desarrollo fetal, pero también durante los primeros años y la adolescencia. Durante estas fases de nuestro desarrollo los ftalatos producen alteraciones de nuestro sistema endocrino.

El problema está en que los humanos somos extremadamente sensibles a mínimos cambios hormonales porque durante nuestro desarrollo se utilizan hormonas como reguladores de los procesos que irán a continuación.

Así los ftalatos alteran nuestra diferenciación sexual y afectan a la calidad y cantidad de nuestros óvulos y espermatozoides.

El TBT, uno de los más peligrosos contaminantes en el medio acuático

Pero los ftalatos no son ni las más abundantes ni las peores de las sustancias que alteran nuestra salud reproductiva. Otro ejemplo es el tributilestaño (TBT).

En los años sesenta del siglo pasado se elaboraron pinturas antiincrustantes a base de TBT. Diez años después la gran mayoría de los barcos (incluyendo las embarcaciones deportivas) pintaban sus fondos con antifouling a base de TBT.

Después se emplearon derivados del TBT como estabilizantes de plásticos y en catalizadores industriales.

Su efecto como disruptor endocrino es tan grande que se le considera uno de los más peligrosos contaminantes en el medio acuático. Incluso sabemos que ya ha llevado a la extinción especies de caracoles marinos en el Mar del Norte.

Concentraciones de apenas un nanogramo (0,000 000 001) por litro resultan letales para especies de algas, zooplancton, moluscos y peces, e incluso han puesto en peligro los cultivos de ostras en la bahía francesa de Arcachón.

Por supuesto el TBT es igualmente tóxico para los seres humanos. Y pese a todo, cada año liberamos al ambiente alrededor de 40.000 toneladas de TBT.

Los «químicos eternos» son aún peores

A pesar de su peligro, los disruptores hormonales solubles (como los ftalatos o el TBT) son menos dañinos que los llamados “químicos eternos” que permanecerán muchas décadas (probablemente siglos) en el medio ambiente. Y cuando entran en nuestro cuerpo resulta imposible eliminarlos.

Muchos de estos químicos eternos se acumulan en nuestra grasa. Pueden concentrarse en la grasa de los alimentos (a menudo en el pescado).

ejemplos de “químicos eternos” que están teniendo graves efectos sobre nuestro sistema endocrino alterando la la salud reproductora serían:

El DDT (dicloro difenil tricloroetano) que todavía se utiliza como insecticida para luchar contra la malaria.

Las dioxinas, que se pueden encontrar en productos lácteos, pescados y mariscos.

Ciertos bifenilos policlorados, que se utilizan en selladores, tintas, aditivos para pinturas, refrigerantes y lubricantes en equipos eléctricos cerrados como transformadores…

Su persistencia en el ambiente, unida a su acumulación en la cadena alimentaria los vuelven extremadamente peligrosos.

Y a menudo estos disruptores hormonales son un grave peligro para la salud reproductiva a dosis tan bajas como una sola gota de agua diluida en una piscina olímpica.

¿Qué dirán de nosotros en el futuro cuando sepan que hemos utilizado ftalatos en los chupetes y biberones de nuestros hijos?