Crispación política

"Fascistas", "marrano", "carceleros", "indigno"...Breve historia del insulto parlamentario en España

En ocasiones, estas broncas han terminado con la expulsión de sus responsables

Radiografía del insulto parlamentario-Archivo

Radiografía del insulto parlamentario-Archivo / EFE/Ballesteros

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EFE

Los hemiciclos del Congreso y el Senado han escuchado de todo a lo largo de su historia, incluidos insultos y todo tipo de barbaridades, pero esta querencia de los parlamentarios a usar la descalificación para atacar al adversario no deja de levantar ampollas por mucho que se repita semana tras semana.

Lo novedoso de esta etapa es que un recurso a menudo producto del "calentón" dialéctico de algún diputado, o de un lance muy concreto en un debate, se esté convirtiendo en argumento para los grupos parlamentarios y parte de su engranaje ideológico, de modo que es inevitable que invoquen la libertad de expresión para poder usarlo.

Pero como las palabras no tienen dueño, la historia del parlamentarismo revela que un mismo término ofensivo o insultante ha podido ser empleado por unos y otros con distinto propósito; nadie tiene la exclusiva del oprobio y por el cielo del hemiciclo han volado muchos y repetidos, aunque con distinta marca política.

"Fascistas", "ladrones", "carceleros", "cobardes", "golpistas", "miserables", "sinvergüenzas", "mentiroso oficial", "corrupto", "indignos", "marrano" son algunas de las lindezas que han acabado en la papelera, suprimidas del diario de sesiones del Congreso porque alguno de sus presidentes así lo ha decidido.

Como ahora sucede con Meritxell Batet, todos sus predecesores al frente de la Cámara han tenido que lidiar con desagradables episodios que casi siempre han acabado con la eliminación de algún término tras las preceptivas amonestaciones a sus propietarios.

Expulsiones también ha habido. Dos. Aunque no tanto por negarse los diputados a retirar las ofensas proferidas, sino por encararse con la Presidencia y no atender las tres preceptivas llamadas al orden. Fueron Vicente Martínez Pujalte (PP), en 2006, y más recientemente, en 2018, Gabriel Rufián, actual portavoz de ERC.

La afrenta, la palabra hiriente, siempre ha estado presente en estas procelosas sesiones plenarias, con una notable afición a acusar de "fascista" al contrario, un término que gana por goleada frente a otros improperios.

Cuando Martínez Pujalte tuvo el honor de ser el primer expulsado del hemiciclo en democracia, el 11 de mayo de 2006, por el entonces presidente del Congreso, el socialista Manuel Marín, su desalojo estuvo acompañado de una monumental bronca, con golpes y pataleos, en la que no faltaron gritos de "fascista" al ministro socialista con quien Pujalte se había encarado, José Antonio Alonso.

No hace tanto que en otro tortuoso pleno del Congreso celebrado el 21 de noviembre de 2018 el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, llamó "fascista" a un orador tampoco perteneciente a las filas de la derecha.

Era el ministro socialista de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, quien le replicó en estos términos: "Una vez más ha vertido sobre el hemiciclo esa mezcla de serrín y estiércol que es lo único que usted es capaz de producir".

La cosa acabó mal, porque Rufián se puso de pie e hizo reiterado caso omiso a la presidenta de la Cámara, Ana Pastor, que lo expulsó.

Quien ocupa la Presidencia se esfuerza porque el patio no se desmande, pero los exabruptos acaban corrompiendo el ambiente, tienen gran eco en los medios de comunicación y las llamadas a preservar el decoro parlamentario y respetar al contrario caen muchas veces en saco roto. Les ha pasado a todos.

Para apaciguar los ánimos, los presidentes solo pueden requerir al diputado que retire sus palabras -solicitud generalmente poco exitosa, porque quien dice lo que dice lo dice con toda la intención- y de no lograrlo, ordenar su eliminación de las actas parlamentarias.

Una purga que desde hace algunas legislaturas ya no es completa, porque los controvertidos calificativos sí pueden leerse en el diario de sesiones, aunque con una apostilla que indica que han sido retirados por orden del presidente.

Lo de llamar al orden viene después, cuando alguno de los protagonistas se empecina en su protesta, desobedece o jalea el alboroto que casi siempre acompaña estas lamentables escenas.

La colección es inacabable, y parece que la ideología de quien ocupe la Presidencia no determina necesariamente el resultado. Un ejemplo: Carmen Calvo defendiendo el honor de Manuel Fraga.

En una sesión de la Diputación Permanente del Congreso del 11 de enero de 2008, en un momento en que Calvo ejercía como presidenta, una bronca entre Joan Tardá (ERC) y Eduardo Zaplana (PP) fue zanjada por la socialista suprimiendo del diario de sesiones la expresión "manchado de sangre" que el republicano había utilizado para referirse al entonces presidente de honor del PP, Manuel Fraga, por su pasado como ministro franquista.

Y casi todo está inventado. El "filoetarrismo" que tanto gusta denunciar a Vox para referirse a EH-Bildu viene de lejos.

Lo empleaba María Dolores de Cospedal, allá por 2010, cuando era dirigente del PP, así como el anterior presidente de la formación, Pablo Casado, y el senador de su partido Rafael Hernando se lo soltó en un pleno de la Cámara Alta de junio de 2021 a la entonces ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya.

Le dijo que el presidente de los EEUU Joe Biden, no se fiaba de Pedro Sánchez por sus pactos políticos con "sediciosos" y "filoetarras"; el neologismo va mutando hacia "filoterroristas", sin que su exilio del lenguaje parlamentario parezca próximo.

Claro que en el Senado, a diferencia del Congreso, no se pueden suprimir los insultos del diario de sesiones, una peculiaridad de la Cámara Alta cuyo Reglamento no prevé eliminar nada de lo que se dice y escucha en el hemiciclo.

Eso sí, la Mesa del Senado adoptó una curiosa decisión en diciembre de 2018 cuando prohibió a la senadora del PP Cristina Ayala que empleara la palabrita de marras, es decir, "filoetarra", para referirse a los miembros de Bildu, que había incluido en el texto de una pregunta que iba a formular en una sesión de control.

Todo en aras del "decoro" y la "dignidad" de la institución, según se argumentó entonces, después de que así lo hubiera reclamado el entonces senador Jon Iñarritu, quien amenazó con dirigirse a los del PP como "franquistas, fascistas y corruptos" si el término no era vetado por la Mesa.

No se usó en aquella sesión, pero tiempo después el pleno del Senado del 2 de junio de 2020 acabó en trifulca, con los senadores del grupo popular abandonando el hemiciclo para quejarse de que el portavoz de Más Madrid, Eduardo Fernández Rubiño, les había llamado... "fascistas", al aludir a sus pactos con Vox.

Muchas veces las salidas de tono no se limitan a una sola palabra y los parlamentarios hacen gala de una triste creatividad para estos menesteres.

También en el Senado, ese mismo año, se produjo otro enfrentamiento entre la senadora del PP Adelaida Pedrosa y la ministra de Igualdad, Irene Montero, a quien preguntó si no sentía vergüenza por "compartir su vida con un machista", en referencia al que era vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias.

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"Yo me meto en la cama con quien me da la gana (...) más quisieran ustedes que poder decirles a las mujeres y a las personas con quién tienen que acostarse", le contestó la todavía ministra de Igualdad.

Nada que ver con aquel histórico cruce de pullas ocurrido en el Congreso en 1934, cuando un diputado de la oposición dijo a José María Gil Robles que era "de los que todavía lleva calzoncillos de seda", a lo que el líder de la derecha le respondió: "No sabía que la esposa de su señoría fuera tan indiscreta".