LIMÓN & VINAGRE

Alberto Luceño, al servicio de su majestad

Uno puede enriquecerse de la manera más sucia y todos nos mostraremos comprensivos, que esto es España, pero debe mantener las formas. Y pagarse unas cañas.

Alberto Luceño, en ’Limón & Vinagre’

Alberto Luceño, en ’Limón & Vinagre’ / EPE

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Alberto Luceño soñó siempre con brillar como un lucero. Sería por eso que se licenció en Joyería y Gemología, o eso asegura. Nacido en un pequeño pueblo extremeño similar a aquellos de donde salieron tantos conquistadores que fueron a buscar oro a América, él salió a buscar su propio oro, pero no a América, sino a la China. El oro tuvo durante un tiempo, allá por el año 2020, forma de mascarillas, unos artilugios que se convirtieron en las nuevas especias llegadas de las indias, o de por ahí cerca. Cuando los gobiernos no saben qué hacer -y eso sucede casi siempre- se inventan algo para que parezca que sí lo saben, las mascarillas cumplían esa función y de paso permitían que alguien se enriqueciera comprándolas y vendiéndolas, que de eso se trata.

La de comisionista es una profesión con mala prensa pero que existe desde que el mundo es mundo, tengo para mí que esa es la más antigua y no la de meretriz. Como mínimo andarán a la par, porque es seguro que ya en el primer intercambio entre hombre y mujer, hubo alguien que ganó dinero como intermediario. A Luceño le perdió lo de querer brillar como un lucero, el querer demostrar, o sea mostrar, todo lo que había conseguido. En mi barrio tenemos también un pequeño Luceño, más avispado que nadie, que en cuanto salió por el telediario la primera referencia a las mascarillas, compró cinco mil y ganó unos seis mil euros al revenderlas.

El tipo siguió acudiendo al bar a tomarse unas cañas, y lo máximo que hizo fue pagarse una ronda para celebrar su pelotazo, no se le ocurrió comprarse un reloj, mucho menos un coche, con sus seis mil euros. Luceño no solo no se pagó una ronda en el bar del barrio, sino que empezó a comprarse relojes y coches de gama alta como si para saber la hora o para ir a cualquier lado no fuera suficiente con uno de cada. Gracias al listado de vehículos adquiridos, los pelagatos como un servidor y la mayoría de los lectores, nos hemos enterado de que de Ferrari y Lamborghini existen diversos modelos, como si fueran Seat: los de Luceño eran un Ferrari 812 Superfast y un Lamborghini Huracan Evo Spider. Y yo, pensando que con decir un Ferrari o un Lamborghini, estaba todo dicho. Eso es lo que no se perdona. Uno puede enriquecerse de la manera más sucia y todos nos mostraremos comprensivos, que esto es España, pero debe mantener las formas. Y pagarse unas cañas.

En todas partes ha habido pelotazos gracias a la pandemia, y en Cataluña los comisionistas de mascarillas se levantaron cuatro o cinco veces más millones que Luceño y su socio, pero nadie sabe en qué han gastado su dinero. Por eso nadie se acuerda de ellos, aunque es cierto que en Cataluña olvidamos al instante todo lo que sucede, qué remedio, lo contrario supondría caer en la depresión.

Y eso que ponerle de nombre Takamaka a la empresa de la que es administrador y único accionista, ya supone un aviso a posibles clientes de que la cosa va en broma. Ningún empresario, ni siquiera de medio pelo, se atrevería a tener negocios con una empresa llamada Takamaka, eso solo puede hacerlo quien se juega el dinero de los demás, es decir, una administración pública, es decir, el Ayuntamiento de Madrid. En cualquier otro lugar, uno presenta al llegar la tarjeta 'Alberto Luceño. Administrador de Takamaka Invest SL', y se pone a reír hasta el conserje.

Aunque igual lo que presentaba al llegar a cualquier sitio era una placa que le acreditaba como agente del CNI, y ahí se terminaban las risas del conserje. En el registro que la policía ha realizado recientemente en el domicilio de nuestro Luceño, se ha hallado documentación y papeles falsificados para hacerse pasar por agente del servicio de inteligencia, e incluso una placa del mismo servicio, a su nombre y con su foto.

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¿Para hacerse pasar? ¿Papeles falsificados? Vayan ustedes a saber. Tal vez Luceño sea de verdad un agente secreto, cosas más raras se han visto en este país, recuerden a Roldán y a Anacleto. Los sueldos en la administración pública son los que son, y para llegar a fin de mes, a veces un agente ha de hacerse un sobresueldo vendiendo mascarillas. También los hay que ejercen de porteros de discoteca o de huelebraguetas siguiendo a esposas adúlteras por encargo del marido.

Juega en favor de esta teoría, de la pertenencia de Luceño a los servicios secretos españoles, que entre los muchos coches que adquirió, constaba un Aston Martin (un Aston Martin DB11, otra marca como la Seat, con modelos varios), que es el que usa Bond, James Bond, aunque a éste se lo proporciona el MI6, no tiene que pluriemplearse como comisionista. Triste sino el de los agentes españoles, que para lograr parecerse a los de las películas, tienen que hacer trapicheos con mascarillas.