LIMÓN & VINAGRE

Martín Villa: siempre en el Telediario

En la Carrera de San Jerónimo, en el Congreso, con la UCD, AP y PP, ha acumulado más trienios que los que el más longevo funcionario podría conseguir

Rodolfo Martín Villa, en ’limón & vinagre’.

Rodolfo Martín Villa, en ’limón & vinagre’. / EFE / EPE

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Rodolfo Martín Villa se ha pasado sesenta años saliendo en Telediario desde que en 1962 tomara el mando del Sindicato Español Universitario (SEU). Muy poco después fue designado procurador en Cortes. El título de sonrisa del régimen estaba muy disputado. Adusto con modales. Y ahí, en la Carrera de San Jerónimo, en el Congreso, con la UCD, AP y PP, acumuló más trienios que los que el más longevo funcionario podría conseguir. La biografía de Martín Villa es un cementerio de siglas.

Nótese que hasta militó en el PDP, un partido que incluso la wikipedia tendría dificultades para recordar. Era el partido de Óscar Alzaga, el partido de los democristianos, etiqueta política a la que nuestro protagonista gusta en ocasiones de adscribirse. Si cuando entran cuatro comunistas en un taxi al final del trayecto salen tres partidos y una escisión, cuando se juntan en España tres democristianos uno abandona la política, otro va a la empresa privada y el último se afilia al PP. Alzaga fue uno de los que acabó con la UCD, aunque el título de dinamitero de aquellas siglas está muy disputado. Más siglas de camposanto. Con Martín Villa no hay quien acabe. Alzaga por su parte ajusta cuentas con la historia y su biografía en un grueso volumen que dio hace poco a imprenta: La conquista de la Transición.

Su bio es un cementerio de siglas olvidadas, sí, salvo por lo que respecta a Endesa, compañía de la que Martín Villa fue presidente. A todas luces, goza de buena salud. La compañía eléctrica. Bueno, también Martín Villa. Nada político le es ajeno: tampoco las puertas giratorias. Se han sentado en los consejos de administración de importantes empresas. Es un hombre de acción pero culiferro. A Bolívar se le deformó el culo de tanto montar a caballo. A Martín Villa le creció la impunidad por no bajarse jamás de un coche oficial. Fue ministro con Arias Navarro, con Suárez y con Calvo Sotelo, siempre en el campo de lo que se llamaba Gobernación, luego Interior.

Rodolfo Martín Villa, en un desayuno informativo

/ José Luis Roca

Tiene una mirada miope como de segundo de la clase, un gesto de achinar los ojos que pareciera estar diciéndole a su interlocutor que no se entera de nada, una mandíbula de joven actor balbuciente y un pausado tono que uno nunca sabe si es la calma que precede a la reconvención o la languidez del que ya ha explicado muchas veces una cuestión. Debe ser de esos hombres que llevan corbata en casa. El Gobierno del Partido Popular de Rajoy recurrió a él para que fuera alto comisionado para el desastre del Prestige. Sirve para un roto y para un naufragio. “Me veo obligado a aceptar por mi trayectoria; si hubiera sido un Gobierno socialista el que me lo hubiera propuesto también hubiera aceptado”.

Ahora, a sus ochenta y muchos años, noticia del jueves, Villa quiere quedarse tan pancho y no ser juzgado como pretendía una jueza argentina. Ya se zafó hace un tiempo pero ahora los promotores ríoplatenses de su posible encauzamiento quieren revertir la decisión en apelación que tumbó por ausencia de pruebas el procesamiento del exministro por delitos de lesa humanidad. Los hechos a encauzar son las muertes (¿asesinatos?) que se produjeron a manos de la Policía en dos protestas en Vitoria en 1976 y en Pamplona en 1978.

Martín Villa es tildado en las redes de fascista. O de hombre de Estado. Para algunos juristas, y para mi vecina Mari Pili, juzgarlo es una injerencia en España, una vulneración del pacto alcanzado por los españoles en la Transición. Eso si no han prescrito los hechos. Pero para otros juristas y para otros de mis vecinos, Villa es un personaje oscuro, franquista enquistado en el sistema democrático que se empleó desde sus ministerios policiales con especial denuedo en la crueldad. No pocos quisieran colgarles aquello tan infamante que se le achacó a Azaña con lo de Casas Viejas: “Los tiros a la barriga”. Otras versiones apuntan a decisiones autónomas de los mandos policiales que se enfrentaron a los manifestantes. Personaje de los que ya no quedan: descafeinados con Carrillo mientras este se atizaba unos cigarrazos negros a los que daba caladas de amor. Martín Villa: próximamente en sus pantallas.

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