AL PASO

Una espada y dos discursos

La conversación diplomática debe mantenerse ininterrumpida, hasta el infinito

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La espada de Simón Bolívar en una urna durante la ceremonia de investidura del presidente de Colombia.

La espada de Simón Bolívar en una urna durante la ceremonia de investidura del presidente de Colombia. / EFE/Carlos Ortega

La diplomacia sirve al entendimiento de los pueblos y, si no puede resolver los problemas, tiene la obligación de no agravarlos. La conversación diplomática debe mantenerse ininterrumpida, hasta el infinito. Sin embargo, hay ocasiones en que esa conversación debería encontrar el camino hacia una especial sinceridad, para abrir un mejor clima de franqueza, entendimiento y colaboración entre los pueblos. La condición es esta: que sea entre pueblos, no entre líderes contingentes. Ese nivel de cooperación permite distinguir relaciones parciales, entre líderes políticos, y aquellas otras que requieren la sustantividad del Estado.

No hay que aludir a vínculos especiales entre países para aceptar esta doctrina. Sirve a la paz y se puede universalizar. Por eso es triste que no haya inspirado la ceremonia de toma de posesión del presidente Petro en Colombia. Lo que podía haber sido ocasión para celebrar un día feliz, se ha convertido en un rifirrafe que no beneficia a nadie, ni a Petro, ni al pueblo colombiano, ni al Estado español, ni a gran parte de la ciudadanía española que se alegró de su victoria sobre Hernández. Estoy seguro de que esa ciudadanía española que se alegró con el triunfo de Petro, y que espera grandes éxitos de su mandato, excede con mucho a los votantes de Podemos, de Bildu y de ERC.

Para apreciar estos matices, que conciernen a pueblos enteros, está la mirada de Estado. La diplomacia aspira a que esa mirada se consolide, y el primer objetivo es no dividir a los pueblos. Me temo que el acto de toma de posesión de Petro no ha estado a la altura de estos principios. Fallido por parte de Petro y fallido por parte de Felipe VI.

Eso sucede cuando el espíritu antirrepublicano de parte, se hace con la inteligencia de los líderes políticos. Eso es lo que ha dominado la escena. Quizá facción en Duque, que se negó a otorgar la espada de Bolívar; quizá en Petro, que al parecer no avisó de exhibir la espada al representante del Estado español; quizá parcialidad también en la actitud de Felipe VI, que quedó así como un aliado de Duque y que, quizá por la comprensión esclerotizada de un ritual protocolario mal entendido, pareció desconocer de forma inadecuada un símbolo querido por el pueblo colombiano.

Cadetes ingresan con la espada de Bolívar en una urna a la ceremonia de investidura del presidente de Colombia, Gustavo Petro.

/ EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda

El resultado es que el Estado español se ha quedado fuera de juego, frente a todos los países amigos que estaban presentes. La consecuencia es una mala imagen, un síntoma de debilidad, una situación llena de malentendidos que no permite que se exprese la sana voluntad de las dos ciudadanías: respeto para Petro y Colombia, y respeto para la ciudadanía española, al margen de que esté representada por un rey como jefe de Estado y de gustos personales. Pues no se va invitado a una ceremonia de Estado para expresar esos gustos en gestos elocuentes. No se juega con el honor de los Estados sin consecuencias.

Según los principios de la diplomacia Petro podría haber avisado al Estado español de sus intenciones de exhibir la espada de Bolívar. Nadie ignora que Bolívar desplegó la guerra de la Independencia bajo la divisa de «Odio eterno a los españoles». Petro podría haber explicado el sentido del acto de esta manera: "Esa espada, señor Jefe del Estado español, no representa hoy aquel odio indiscriminado a los españoles, propio de una guerra total, como fue aquella que tuvo lugar hace dos siglos. Invoca los ideales de libertad, paz, justicia, igualdad y progreso para los pueblos iberoamericanos que Bolívar ya soñó, que nuestra ciudadanía todavía no goza, y que espero desplegar según el mandato del pueblo colombiano. Para esa tarea, bien lejana del odio, espero contar con la ayuda de todos los pueblos amigos de Europa y en especial del pueblo español".

Si una nota de esta índole hubiera llegado a la jefatura del Estado español, con ritual protocolario o sin él; o si, con los suficientes reflejos diplomáticos, Felipe VI hubiese comprendido que ese era el sentido de presentar esa espada, habría tenido la obligación de Estado de respetarla, como todos los demás asistentes a la ceremonia. Y si alguna minoría de la ciudadanía española le hubiese objetado ese acto, podría haber pronunciado, él también, unas breves palabras, sencillas como estas: "Bolívar, como los patriotas españoles de nuestra guerra de la Independencia contra el francés, decretó el odio al español con la esperanza de acabar una guerra contra una monarquía que, si bien era la propia del espíritu del tiempo, no puede dejar de tener para los espíritus actuales una faz injusta y opresiva. Ni la monarquía hoy, ni la España de hoy, permiten que esos sentimientos presidan la relación entre nuestros pueblos y Estados, como no presiden en modo alguno nuestras relaciones con los franceses desde hace siglos.La conversación diplomática debe mantenerse ininterrumpida, hasta el infinito para nuestro querido pueblo colombiano".

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