ANIVERSARIO

La primera (y última) batalla por liderar el PP: cuatro años de unas primarias inéditas

La sucesión de Rajoy enfrentó a Casado, Santamaría y Cospedal en una pugna estival que evidenció que al partido no le sienta del todo bien la democracia interna

Pablo Casado vota en las primarias de 2018 del PP, en una imagen de archivo.

Pablo Casado vota en las primarias de 2018 del PP, en una imagen de archivo. / DAVID CASTRO

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Si los recuerdos veraniegos de los presidentes del Gobierno transcurren entre paseos por Doñana, visitas a los reyes en Marivent y consejos de ministros en fincas toledanas con las camisas arremangadas, los de Mariano Rajoy en el verano de 2018 no deben ser tan bucólicos. Al calor de junio, una moción de censura lo desahució de la que había sido su residencia desde 2011, aunque la mayor parte de aquel debate parlamentario lo pasara en un bar frente al Congreso mientras su escaño lo ocupaba el bolso de su vicepresidenta. Rajoy dejó la Moncloa de manera abrupta, y unos días después, también dijo adiós a la presidencia de un PP al que le tocaba recomponerse y buscar a un nuevo líder. Y aunque el partido miraba a Galicia aventurando el desembarco de Alberto Núñez Feijóo, el eterno aspirante a sucesor, el liderazgo se decidió en una competición entre tres candidatos en las primeras primarias -aunque con matices- de la historia del PP.

Los populares habían presenciado la batalla entre Pedro Sánchez y Susana Díaz solo un año antes frontándose las manos y repitiendo a la prensa que su principal rival político estaba “roto”. Cuando Pablo Iglesias e Íñigo Errejón partieron en dos Podemos, los azules se referían a ellos como “los Pimpinela de Vistalegre”. Así que la máxima era evitar una lucha interna que los exhibiera también a ellos abiertos en canal.

La sucesión de Rajoy iba a ser la primera que pusiera en práctica la novedad añadida en los estatutos en el Congreso de febrero de 2017: un sistema a doble vuelta con el voto directo de los militantes, previo al de los compromisarios. A diferencia de lo que hicieron Manuel Fraga o José María Aznar, esta vez el presidente saliente no designaría a su sucesor a dedo, y la única manera de alejar al partido de las tensiones de las rencillas internas era la de buscar una figura de consenso: si lograba el 50% de los votos, en más de la mitad de las circunscripciones y con una diferencia superior a 15 puntos sobre el resto de candidatos, sería proclamado ya en la primera vuelta. Pero no llegó.

Una batalla a seis

El primero en dar un paso al frente fue el diputado por Álava y secretario de Relaciones Internacionales, José Ramón García Hernández, ‘Joserra’, que puso una nota pintoresca a la campaña. El 18 de junio se presentaron José Manuel García Margallo, diputado y ex ministro de Rajoy, y Pablo Casado, entonces diputado y vicesecretario de Comunicación. Ese mismo día, Feijóo convocaba a los medios para anunciar, entre lágrimas, que no se presentaría.

La renuncia del gallego abrió la puerta a que, tras días de silencios y respuestas ambiguas, las dos mujeres fuertes de Rajoy -en el Gobierno y en el partido- dieran el paso adelante. Con el anuncio de María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría la pugna estaba asegurada. Faltaba aún un candidato por llegar, el concejal Elio Cabanes.

Casado se situó como el relevo generacional, con la “ilusión por el futuro” como lema, y el único capaz de evitar el “choque de trenes” entre Cospedal y Santamaría. La exvicepresidenta elevó el tono para responderle que “las señoras” se habían comportado “con una educación ejemplar, bastante más que algunos señores”. Su baza principal era la gestión en el Ejecutivo y mostrarse como la única con opciones de llegar a la Moncloa. Como lema escogió “SoraYa! con todos”. Como contraposición, Cospedal reivindicó su experiencia en el partido y todas las veces, muchas, que le tocó dar la cara por el mismo. Con “primero el PP” como idea fuerza, prometió una integración que Casado, sin embargo, negó repetidas veces en campaña.

Un censo inflado

Las primeras primarias del PP dejaron también un titular no pretendido: los azules llevaban años presumiendo de sumar más de 860.000 afiliados, pero para decidir la sucesión de Rajoy solo se inscribieron 66.384, apenas el 7,6%. Casado se lamentó del dato: “No conseguimos que ni siquiera nuestros propios militantes se ilusionen con nuestros procesos internos”, dijo, pero la teoría que parece más probable es que la verdadera cifra de afiliación al corriente de pago de cuotas fuera mucho más baja.

Tras doce días de campaña, sin debates electorales, con mucha bandera de España, vídeos más o menos acertados en redes sociales y muchos kilómetros para que los selfies llegaran a todas las sedes populares, los afiliados hablaron. Y venció Santamaría, aunque la victoria fue ajustada. La exvicepresidenta se impuso en primera vuelta por solo 1.546 votos de diferencia con Casado, que quedó en segundo lugar. Los dos fueron los escogidos para pasar a la segunda vuelta, donde serían los compromisarios los encargados de elegir al futuro líder del partido.

Una segunda vuelta que quitó la razón a la militancia

La campaña no fue fácil y, aunque no tan subida de tono como la de los socialistas, se exhibieron diferencias y matices ideológicos, algo inédito en una formación política donde rara vez uno de sus miembros se salía del argumentario. Casado se enfrentó a Santamaría haciendo una inevitable enmienda a la gestión del gobierno de Rajoy, especialmente sobre Cataluña, y reivindicando una vuelta a las esencias aznaristas -un PP del que “todos reniegan”- para colocar al partido más a la derecha. También se negó a integrarse en una lista liderada por la exvicepresidenta, que le afeaba no respetar aquello de “que gobierne la lista más votada”.

La soledad de Santamaría, que había sido la elegida por los afiliados, se evidenció en el congreso, el primero al que los populares llegaban sin dedazos ni libretas azules. Casado venció con 1.701 votos, el 57,2%, 451 más que Santamaría. De Cospedal a Margallo, sumó a su candidatura a todos los aspirantes que no pasaron el corte. “No puede aspirar a liderar el partido alguien que no está orgulloso de su pasado. Yo lo estoy de José María Aznar, de Mariano Rajoy y de Manuel Fraga”, dijo frente a los compromisarios. Y una vez convertido en presidente, sentenció: “El PP ha vuelto”. Claro que entonces no sabía que se convertiría en el presidente más efímero de la historia -con permiso de Fraga- y que los suyos lo obligarían a dejar el cargo solo tres años y medio después.

El final de Casado, con un congreso extraordinario del que salió, esta vez sí, investido un Núñez Feijóo sin rivales y con el mayor número de votos de la historia del PP, aleja a los populares del ‘experimento’ de las primarias en el futuro. El propio Feijóo ya ha adelantado que al sistema le hacen falta ajustes.

Aquellas primarias del verano de 2018, las que exhibieron las múltiples tonalidades de un partido que siempre se había reivindicado como monocolor, fueron las primeras para el PP. Y posiblemente las últimas.

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