CRÓNICA DE UNA RUPTURA POLÍTICA

Desconfianza y táctica: razones por las que la legislatura se mudará a la inestabilidad

  • En el PSOE llevan tiempo intuyendo que a medida que se acerquen las elecciones municipales de mayo de 2023, ERC amagaría con descolgarse de cualquier apoyo

  • Los grupos de izquierdas saben que ahora mismo su oportunidad de lograr cesiones es mucho mayor

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián.

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián. / José Luis Roca

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Está esa tendencia en política y en el periodismo político de mandar todo a un lugar a punto de destruirse, y puede que no haga falta tanta épica. En un Congreso en donde conviven más de una veintena de formaciones y diez grupos parlamentarios puede resultar hasta lógico que cada votación se parezca al comienzo de "Salvar al Soldado Ryan", aunque con un poco de calma la lectura da para un ritmo más pausado: el partido o los partidos que sostengan al Gobierno deben negociar cada ley en función de su contenido y no en función de sus alianzas.

Quizá ha llegado el momento, en esta XIV legislatura, de concebir así la dinámica parlamentaria. Hasta este pasado jueves, el día en el que el Gobierno se convenció de que el bloque de izquierdas que es mayoría en el Congreso es más líquido y proteico de lo que pudiera imaginar, la construcción de la agenda legislativa se sostenía en una alianza más o menos rígida, aunque no exenta de sobresaltos.

Una alianza de 120 diputados socialistas, 35 de Unidas Podemos (ahora 33), 13 de ERC, 6 del PNV, 5 de EH Bildu y otros 7 procedentes de un puñado de formaciones pequeñas, nacionalistas, soberanistas y regionalistas (Más País, Compromís, Teruel Existe, Nueva Canarias, PRC y BNG)... En fin, un sector de más de 180 escaños que ha propiciado hasta la fecha dos presupuestos generales, la ley del ingreso mínimo vital, la de cadena alimentaria o la de garantía del poder adquisitivo de las pensiones.

En la dirección parlamentaria socialista son conscientes de que este bloque no es compacto, y por tanto, no es fiable. Basta con acudir a los dos últimos grandes decretos llevados al Congreso, el de la reforma laboral y el del Plan Nacional de respuesta a la crisis provocada por la guerra de Ucrania, para corroborarlo. El primero salió adelante de carambola, error de un diputado del PP mediante, y el segundo necesitó un toque a rebato del presidente, Pedro Sánchez, para salvarlo. La misión de socorro la llevaron EH Bildu y PDeCAT, formación que no es de izquierdas, al menos en lo económico, pero que al imponer una visión del proceso parlamentario eminentemente pragmática permite al PSOE contar con sus cuatro diputados. Ferrán Bel, el líder de estas siglas en la Cámara, aprendió en la antigua CiU y se nota.,

El lazo con ERC, casi roto

¿Están rotas las relaciones del PSOE con ERC? No, pero sí están endebles. Lo confirman fuentes de las dos partes. En las filas socialistas llevan tiempo intuyendo que en algún momento el partido republicano se descolgará de esa alianza descrita antes. Ubicaban la ruptura en la antesala de las elecciones municipales de mayo de 2023, en donde la formación de Oriol Junqueras y Pere Aragonès se lanzaría con todo a por el máximo poder municipal posible. Que Esquerra tenga en mente trasladar a Gabriel Rufián a esta batalla no es una decisión arbitraria o banal. No se trata de dar una patada al actual portavoz en el Congreso, sino más bien de arañar las bases del PSC todo lo que se pueda.

La explosión "Pegasus" ha tensado la cuerda demasiado. La primera parte de la digestión fue más ligera y en la dirección del partido independentista, hace un par de semanas, ganó enteros la siguiente opción: blindar el decreto de las medidas provocadas por la guerra de Ucrania y endurecer el tono y las exigencias después. Al mismo tiempo, determinaron que había que forzar al Gobierno de Pedro Sánchez a hacer algún movimiento de cesión a sus demandas. Sin embargo, al comprobar que los movimientos no se producían, movimientos muy bruscos, por otra parte, incluso dimisiones y ceses, ERC tomó la decisión de votar en contra del decreto anticrisis.

"En Esquerra van muy en serio", reconocían en la dirección socialista a principios de esta semana, conscientes del giro táctico. Había cierta perplejidad en los despachos de Félix Bolaños, Rafael Simancas y Héctor Gómez porque lo que creían amarrado, se deshizo. Se asomó por las dependencias socialistas una nube de miedo porque sus cargos tenían claro que no podían hacer mucho con el PP. Este medio publicó a mediados de abril que la izquierda parlamentaria se movilizaría en el Congreso para cortar cualquier vía de comunicación de los socialistas con los populares. De momento, el dique está.

Cabe interpretar que la legislatura acaba de vivir una fase de inflexión. Pudo colegirse esto mismo tras la votación del decreto de la reforma laboral. Desde primeros de febrero hasta el jueves pasado, tres meses enteros, el Congreso ha seguido sacando leyes adelante, en la mayoría de las ocasiones con amplios márgenes de apoyo. Esta semana, sin ir más lejos, el PSOE ha visto cómo la nueva ley de igualdad de trato y no discriminación fue aprobada en comisión y cómo ha prosperado la reforma de la ley de telecomunicaciones. Son dos normas de calado, no mediáticas, pero de calado. La primera la ha apoyado ERC; la segunda, el PP.

Estrés en la izquierda

Los 180 diputados, escaño arriba, escaño abajo, que conforman la mayoría progresista del Congreso saben que en cualquier negociación parlamentaria puede estar su oportunidad. Hace unos días, una fuente de un partido considerado de los pequeños indicaba a este medio que la dirección guardaba un par de peticiones potentes para sacarlas cuando prevean que el momento es el idóneo, esto es, cuando prevean que sus votos pueden ser decisivos.

La aritmética parlamentaria depara un equilibrio tan difícil que determinadas leyes al final se resuelven por poco. La investidura de Sánchez salió por dos votos; la reforma laboral salió por uno; el decreto anticrisis, por cuatro. El decreto del plan de recuperación y resiliencia de los fondos europeos, por la abstención de Vox, que actuó con impericia aquí... En fin, que ejemplos hay. Por haber, hasta hay un decreto derogado, el de los remanentes de tesorería de los ayuntamientos, y procesos bloqueados porque este mismo sector de izquierdas no termina de despejar el panorama: son los casos de la derogación de la ley mordaza, paralizada, y el impulso de la ley de memoria democrática, bloqueada también.

Queda más de un año y medio para que acabe la legislatura, si es que Pedro Sánchez cumple sus planes (todo apunta a eso). Este periodo de sesiones, hasta junio, se encuentra plagado de trámites y leyes. Se avecinan, a corto plazo, la de creación de empresas y audiovisual, en la Comisión de Asuntos Económicos; la de garantía integral de la libertad sexual, en la Comisión de Igualdad; o la concursal, en la Comisión de Justicia. Más adelante, la de vivienda, que es clave, etcétera.

En el PSOE no ven el panorama tan negro. Complicado, sí; quemado, no. Porque cuando toque negociar, los grupos negociarán. Incluso el PP negociará. El grupo socialista verá las reclamaciones de uno y las solicitudes de otro, y a dialogar y a pactar. Para entonces, sobre todo ante decretos y leyes clave que sigan llegando (la guerra de Ucrania no va a acabar de un día para otro), los grupos de la izquierda estatal y plurinacional, como la llama la portavoz de EH Bildu, Mertxe Aizpurua, confían en que el Gobierno trabaje con antelación, lealtad y ambición progresista. Así se restaurará la confianza, arguyen, que no está precisamente en su apogeo.

Y si el PSOE hace algún gesto mientras tanto, mejor. Un ejemplo puede proceder de la ponencia que intenta derogar la ley mordaza.

La legislatura ha caído en la inestabilidad, sin duda, y seguramente vivirá ahí hasta las elecciones. El carácter huidizo de ERC y la mayor fuerza negociadora de los aliados abocan a negociaciones estresantes y variables, y a votaciones de infarto y quizá a derrotas políticas del Ejecutivo. La táctica y la desconfianza lo han provocado.

Pese a todo, no parece que nada vaya a destruirse.

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