LIMÓN & VINAGRE

Ángel Carromero, famoso en el mundo entero

Carromero se dio a conocer en un viaje a Cuba cuando era un desconocido líder de Nuevas Generaciones, es decir, cuando era un niño pijo destinado a medrar en el PP, así le ha ido al partido con los niños pijos al mando

Ángel Carromero en LIMÓN & VINAGRE

Ángel Carromero en LIMÓN & VINAGRE / EPE

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Cuando me enteré de que el responsable del espionaje a Díaz Ayuso era Ángel Carromero, supe que Pablo Casado estaba acabado. Lo estaba Casado, lo estaba García Egea y lo estaba todo aquel que se hubiera aproximado a Carromero, más vale que Almeida ponga sus barbas a remojar. Eran todos ellos cadáveres políticos, aunque hace un mes todavía no lo supieran y haya tenido que certificarse su muerte en un congreso extraordinario que ha hecho las veces de forense. Pueden darse por afortunados de que su muerte haya sido solamente política y no además biológica. Con Carromero cerca, cualquier cosa era posible.

Carromero se dio a conocer en un viaje a Cuba cuando era un desconocido líder de Nuevas Generaciones, es decir, cuando era un niño pijo destinado a medrar en el PP, así le ha ido al partido con los niños pijos al mando. Tan hábil era ya en su tierna juventud, que se propuso ayudar al disidente cubano Oswaldo Payà, y al poco de conocerle lo liquidó en un accidente de coche. Visto y no visto. Ni los servicios secretos cubanos habrían sido capaces de efectuar un trabajo tan limpio.

Fidel Castro debió de quedar asombrado del enviado de Aznar, él que en los muchos años que llevaba soportando a Payà, había sido incapaz de atentar contra su vida. El bueno de Fidel dudaría entre encerrar en la cárcel al -como dicen allá- comemielda español o premiarle con una semana en Varadero, todo incluido, también las mulatas. Optó por lo más barato y lo encerró, sabiendo que gestiones diplomáticas lo retornarían a España en pocos días. Quedarse con Carromero en Cuba era un riesgo que el viejo caimán no estaba dispuesto a correr, que en una isla apenas hay escapatoria. Uno no se escurre de decenas de atentados, para tentar a la suerte manteniendo cerca a Carromero.


/ EP

Poco podía esperar Oswaldo Payà que el chico que llegó con la promesa de conseguirle un pasaporte, en realidad iba a darle pasaporte. Imagino al viejo disidente, contento en cuanto supo que llegaba a Cuba un político español dispuesto a escucharle. La ilusión le duraría hasta el momento en que entró Carromero por la puerta, porque si una virtud tiene nuestro hombre es que no engaña: cualquiera deduce de su aspecto que no se halla ante alguien con demasiadas luces, impresión que se confirma en cuanto abre la boca. Ignoro qué impulsaría a Payá a no despacharlo con cualquier excusa, y menos aún qué le llevaría a montar en un automóvil conducido por él. Quizás fue el desprecio por la propia vida, quizás pensó que años de castrismo le convertían en invulnerable. Tal vez, simplemente, estaba harto de vivir.

Hubo un tiempo en que viajar a Cuba era un ritual de iniciación que debía llevar a cabo todo aspirante a vivir de la política. De la política de derechas, se entiende. La mayoría se contentaba con viajar hasta la isla caribeña, disfrutar del ron, la música y el sexo, y el último día, justo antes del viaje de vuelta, desplegar en algún lugar concurrido por la policía una pancarta contra el régimen, cosa que les servía para ser detenidos unos minutos y contarlo después en la prensa española. Era una medalla que colar en el currículum del buen neoconservador, una garantía de por vida, una foto que enseñar a las visitas. Los más afortunados eran expulsados de Cuba, lo que suponía un plus a la hora de pillar sitio en una lista electoral. Carromero quiso ir más allá entrevistándose con un disidente, con tan mala fortuna que el único que acabó en el más allá fue precisamente el disidente. Y digo mala fortuna porque se quedó sin foto que enseñar a las visitas. O eso quiero suponer.

Escuela de verano del PP, con Esperanza Aguirre, Pablo Casado y Ángel Carromero.

/ WIKIMEDIA

Su versión de los hechos fue que el vehículo fue embestido por la policía secreta cubana, para asesinar al histórico disidente. Una jamesbondiana versión que, traducida, significa que a pesar de tener a tiro a Oswaldo Payà cada día durante años, la inteligencia cubana había esperado a que Carromero lo llevara en coche, para darle matarile con testigos delante. Creo haber dicho ya que su aspecto casa con su inteligencia.

A pesar de todo, a pesar de que después se supo que en España le había sido retirado con anterioridad a los hechos el carné de conducir, a pesar del conflicto diplomático provocado, y a pesar de las dificultades que hubo que salvar para que no permaneciera años en una cárcel cubana por homicidio imprudente, en cuanto terminó de cumplir una parte de la condena en España, se reincorporó a su trabajo en el Ayuntamiento de Madrid, donde acabó ejerciendo de director general de Alcaldía. Lo cual culminó de la única manera que podía culminar: con la muerte política de toda la dirección del PP y casi del propio partido, esta vez sin siquiera ponerse a volante. ¿A quién se le ocurrió darle trabajo, como no fuera de chófer de la oposición?

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