LIMÓN & VINAGRE

Josep Borrell, ardor guerrero

Tiene 74 años pero a esa edad en la que muchos ya no están para estos trotes él sí está para esta guerra. Si no ha llenado el cargo de contenido, sí lo está llenando de autoridad

Josep Borrell en Limón y Vinagre

Josep Borrell en Limón y Vinagre / EPE

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Borrell renacido. Combativo contra la guerra, guerrero contra Rusia. Sin pelos en la dialéctica. Hace un rato, como aquel que dice, el catalán más europeísta de este siglo le está dando un repaso a un adicto al cliché que en el Parlamento europeo ha condenado el envío de armas a Ucrania. Parar la guerra es fácil, le ha dicho el de la Pola de Segur. Segur de seguridad en sí mismo. Parar se para ahora mismo, a qué precio, con qué concesiones. Dejando a Ucrania, y a una democracia, destruida. Sin embargo, prolongando la guerra pueden conseguirse otros fines más efectivos y duraderos para la paz y el progreso mundial. Palabra de Borrell.

El Alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad tiene 74 años pero a esa edad en la que muchos ya no están para estos trotes él sí está para esta guerra. Si no ha llenado el cargo de contenido, sí lo está llenando de autoridad. Y de palabras. Estudió ingeniería aeronáutica para ser político de altos vuelos. Completó su formación haciéndose economista y, de familia de panaderos, supo dotarse de una carrera con mucha miga. Borrell ha demostrado que el ascensor social funciona. Está en el ático. Y siempre en la pomada, aunque en ocasiones no le sirva para curarse las heridas.

Nadie lo recuerda, probablemente él sí, pero empezó su carrera pública desde abajo: concejal de pueblo. De Majadahonda en concreto. Primeros rozamientos con la élite. En 1979. Desde entonces no ha dejado de correr, también en chándal alguna mañana, antes en Madrid, a veces en su Lleida natal, -cuando al footing se le llamaba joggin- y quizás ahora por Bruselas. Mantiene buena forma física y le cuesta disimular ese cóctel de arrogancia y superioridad intelectual (curricular) con que se adorna.

Y se desdobla: siendo parte indudable del establishment, sabe transmutarse en candidato popular y de las bases. Así se presentó en las primarias socialistas para la presidencia del Gobierno en 1998. Ganó al aparategui y secretario general, Joaquín Almunia, entonces candidato oficialista y ahora candidato a inaugurar una serie periodística: ‘Qué fue de…’ Pero en vísperas de los comicios, que serían en el 2000, conjugó ese verbo de difícil asimilación en España: dimitir. Asumiendo la responsabilidad del encausamiento de un subordinado cuando él era secretario de Estado de Hacienda.

Ministro con González y también con Sánchez, Borrell pasó en su vida política de ser el gran recaudador, Hacienda somos casi todos, al gran regador de dinero público: autovías para casi todos. Fomento. Fomento del gasto público. Estuvo en Exteriores. A los ministros de esa cartera se les acaba poniendo cara de vaticanistas y se les atribuyen maniobras de Fouché. Él lo que hacía era darle nivel a ese Consejo de Ministros. Duró poco.

Ha sido en muchas ocasiones el azote de los trabucaires, supremacistas, indepes y procesistas en general. No solo catalanes. Jacobino es el adjetivo con el que muchas veces se la ha despachado a quien le faltaría un cargo en la ONU para confirmar su espíritu universalista. Triunfar en la vida es que Junqueras te tema. Hubo un tiempo en que Rufián soñaba con él. Al castellano le falta el verbo pesadillear.

Borrell es un hombre elegante con gafas de John Lennon que ha ido transmutando cierto aire distraído por el de lector miope que está a punto de preguntar dónde está la biblioteca. Así como hay gente que nunca rechaza una copa, Borrell nunca rechaza un debate. “Sus conocimientos del agua se limitan al agua bendita”, le dijo una vez a la diputada del Partido Popular Loyola de Palacio.

No a la última ronda. De debates. Ni siquiera sobre Abengoa, un caso tal vez no caso que pudo ser su ocaso y que se va desinflando pero que le persigue de cuando en cuando por las redes cuando saltan sus palabras a los titulares por cualquier cuestión. Es políglota: se entiende bien con soberbios y croatas. Porque a veces habla en ese idioma de pecado capital y en ocasiones exhibe éxoticos saberes. Borrell nos debe un libro escrito a cuatro manos y dos cabezas junto a Javier Solana. Españoles por el mundo.

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