LIMÓN & VINAGRE | PABLO CASADO

Un náufrago en la bañera

El único candidato de PP o PSOE que ha perdido dos elecciones sin ganar ninguna

Pablo Casado, en Limón & Vinagre

Pablo Casado, en Limón & Vinagre / EPE

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“El proyecto queda en marcha, a velocidad de crucero”. Así habló Pablo Zaratustra Casado en su despedida semanal del PP, en medio de un océano de miradas de lástima. “Cedo el timón” no es un sobreentendido ni un malentendido, dos figuras tan frecuentes de la derecha. Es la mentira semifinal de un presidente decapitado que tiene la desfachatez de equiparar su salida a la de Adolfo Suárez.

Dada la insistencia en falsificar su despido fulminante, “pongo mi mandato a vuestra disposición”, habrá que volver a recordar que a Casado lo arrojaron todos los jerarcas del PP sin excepción de la planta enésima de Génova al vacío. Rogó a los barones que le dejaran arrastrarse hasta un Congreso donde no figuraba ni como figurante.

Equivocado discurso

El PP desea olvidar lo antes posible al candidato que explotó la tercera vía entre Soraya y Cospedal. En cambio, el difunto político se empeñaba en removerse en el ataúd. Conjuga el “somos”, cuando lleva un mes expulsado por unanimidad. Y en el Congreso donde hubo que dejarle intervenir para sofocarle las lágrimas, Pablo Casado ni siquiera hacía balance. En su equivocado discurso de candidato, tuvo la osadía de hablar en nombre del futuro de los populares.

Hasta el último día se comportó como un náufrago en la bañera, que chapotea su venganza de bebé al exteriorizar el daño infligido a su familia. Citó media docena de veces a sus allegados, como si protagonizara una jubilación voluntaria premiada con un reloj. Leyó un testamento en números rojos que habían rechazado de antemano todos sus deudos. Se arrellanó como si organizara el Congreso, bajando el volumen al hablar de Núñez Feijóo, a cuya victoria exprés contraponía el torpedo de “toda la legitimidad” de sus primarias.

El rencor y resentimiento de Casado son destilados selectos de su visión española. Con Cuca Gamarra cerrando los párpados para suavizar el brillo deslumbrante de la traición, felicitó con retintín a Feijóo por haber incorporado “a mi equipo que ha sido siempre el tuyo”. Y bordeando la descortesía, utilizó el argumento de la edad para desacreditar a su sucesor, en un claro ejemplo de gerontofobia. Ensalzó “una nueva generación de líderes” ante un candidato gallego que le supera en veinte años, un cincuenta por ciento. No es raro que Feijóo se hartara del discurso interminable y dejara de aplaudir en los minutos finales.

Puestos a repasar el calendario, Casado ha sido demasiado derrotado para contar únicamente con 41 años. En un currículo político más engordado que el académico, se olvidó de citar el rosario de media docena de fracasos electorales en 2019, o la paradoja de que su partido le negara hasta la autoría de las victorias en Madrid o Castilla y León.

Casado está convencido de que sigue siendo imprescindible para su concepto de España, en lo cual le asiste la razón. También sueña cada noche con una llamada del PP para que salve al partido, lo cual nunca ocurrirá. En su fuero interno no acepta la destitución por sus errores no forzados, al declamar ante un periodista la más formidable acusación de corrupción caída sobre los populares. Y en su intento fallido de crucificar a Díaz Ayuso también manipuló a la familia, porque la mención a testaferros y tráficos de influencias se escudó en que “quiero poder mirar a mis hijos a los ojos”.

Tremendismo y desorden. Una asentada tradición exige que los presidentes del Gobierno caigan y recaigan antes de coronar el edén monclovita. Pablo Casado es el primer político español que no se colocará al frente del ejecutivo después de haber sufrido el doble batacazo protocolario, a diferencia de Felipe González, José María Aznar, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. Esta incompetencia histórica no le impide atacar con bravuconadas a quienes le aventajan en triunfos.

Tan ensimismado andaba Casado en su infortunio, que tardó doce minutos en nombrar a ETA. El verso del ‘If’ de Kipling era un intento de emparentar con el poema favorito de Aznar, uno de los primeros en desahuciarlo al comparar desfavorablemente al PP con Ucrania. En el repaso de los grandes éxitos del presidente cancelado con saña inusitada se echó de menos a las vacas, que tan atentas le escuchaban en sus mítines póstumos.

"Su pretensión de protagonizar el cónclave es otra prueba de su carácter errático"

Casado nunca debió asistir al Congreso que pretendía borrar su negligente etapa al frente del partido. Al mismo tiempo, su pretensión de protagonizar el cónclave es otra prueba de su carácter errático. Frente a su especioso “yo siempre he dicho la verdad”, ha presidido un PP que llevaba un año entero en retroceso, que solo ha restañado sus heridas estadísticas con el anuncio de la proclamación de Núñez Feijóo y que ha cambiado de enemigo principal. Ni siquiera aspira a superar a un PSOE desinflado por la inflación, se conforma con mantener una distancia honrosa de su socio obligado, Vox.

Los dirigentes del PP se han apuñalado tanto mutuamente que necesitan un mapa detallado para deslindar sus lealtades actuales, en la enésima versión del “Hemos ganado aunque no sabemos quiénes” del también gallego Pío Cabanillas. Es posible que llegue con retraso el prometedor Núñez Feijóo, uno de los grandes políticos españoles que nunca han sido ministros, pero su elevación nunca será tan tardía como la expulsión de Pablo Casado.

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