REFORMA LABORAL

Sánchez salva de milagro la reforma laboral pero ve agrietada su mayoría alternativa

  • El Congreso convalida el decreto ley sin cambios, con el rechazo de ERC y PNV

  • El Gobierno y los socios inciden en que la votación no rompe para siempre el bloque de investidura, aunque abre una alternativa al PSOE útil para el 13-F

Agencia ATLAS | Foto: José Luis Roca

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—Queda derogado el real decreto ley.

Meritxell Batet, la presidenta del Congreso, mira a los letrados de la Cámara mientras pronuncia la frase letal para el Gobierno. Su reforma laboral parece decaer. La derecha prorrumpe en aplausos, en pie. Estalla de júbilo. Se suceden segundos de zozobra. De desconcierto. Pedro Sánchez a duras penas disimula el enfado, cruza unas palabras con sus dos vicepresidentas, Nadia Calviño y Yolanda Díaz, hace un llamamiento a la calma con las manos. Se da cuenta de que Batet ha trasladado mal el resultado de la votación. Se habían computado 166 votos a favor y nueve telemáticos (o sea, 175), por 169 en contra y cinco emitidos telemáticamente (174 en total) y ninguna abstención.

—Señorías, los servicios de la Cámara me informan de que queda convalidado el decreto ley —se corrige Batet.

El parlamentario del PP Alberto Casero alegó que había votado bien pero que hubo un fallo en el sistema y luego se presentó en el hemiciclo. Para Batet, no hay caso: resultado inamovible

El júbilo cambia de bando. Pasa a la izquierda. El Gobierno y los diputados del PSOE y de Unidas Podemos se levantan de sus escaños. Han ganado. De milagro. La reforma laboral queda convalidada.

Fueron unos segundos kafkianos. Nadie esperaba un desenlace así. Imposible preverlo. Todo parecía preparado para un refrendo de la reforma laboral por la mínima, por tres votos, por 176 a 173, gracias al cierre de los acuerdos con PDECat y UPN la víspera. Pero el plan se desbarató por la traición de los dos diputados navarros, Sergio Sayas y Carlos García Adanero. Ambos desobedecieron el mandato de su partido. Con su no, el decreto habría descarrilado. Pero un diputado del PP se había confundido y había salvado al Gobierno.

Fue Alberto Casero, parlamentario por Cáceres. Su error fue clave para que la rebelión de Sayas y Adanero no surtiera efecto. Los populares entonces patalearon, bramaron contra Batet, alegaron que Casero había votado "bien", pero que el resguardo que emitió el sistema electrónico lo "cambió". El diputado se presentó en el Congreso para intentar emitir su voto de manera presencial —algo prohibido una vez se ha hecho online—, pero se le impidió.

El PP puso el grito en el cielo. Denunció el "pucherazo" de Batet (también lo hizo Vox) y prometió llegar hasta el final en sus reclamaciones. Para la presidenta, y respaldada por los servicios de la Cámara, no había habido fallo en el sistema, no le pidieron reunir a la Mesa antes de la votación presencial y el resultado era inamovible. Caso cerrado. "Es la victoria de toda España", se congratuló Sánchez a la salida del hemiciclo. "La convalidación es un hecho", abundó después el portavoz socialista, Héctor Gómez.

Socialistas y morados no podían salir de su asombro a la salida del pleno. "Hemos visto pasar la muerte dos veces", confesaba una parlamentaria del PSOE. "Solo pensar en que decaía la reforma nos daba taquicardias", relataba una ministra.

El PSOE cerró el pacto con UPN el miércoles, tras días de conversaciones, y pensó que no habría sustos. Tras la traición de Sayas y Adanero, habló de "tamayazo' bis"

Enseguida prendió el sentimiento de cólera contra el PP. En boca de varios dirigentes y parlamentarios se escuchaba el mismo resumen: "Tamayazo bis". El recuerdo de lo que ocurrió en 2003 en la Asamblea de Madrid, cuando dos diputados tránsfugas socialistas hicieron descarrilar el Gobierno de PSOE e IU. El shock completo nubló operación que la Moncloa y Ferraz habían ensayado: la búsqueda de una mayoría alternativa, sin los socios habituales y con Cs. Su viabilidad quedaba en entredicho.

El marcador definitivo (provisional, para el PP), a las cinco horas de que concluyera el debate, fue 175-174. A los 120 diputados del PSOE y los 34 de Unidas Podemos se sumaron Cs (9), PDECat (4), Más País (2), Compromís (1), Teruel Existe (1), PRC (1), Coalición Canaria (1), Nueva Canarias (1) y, por error, el diputado del PP Alberto Casero. En el frente del no, PP (87), Vox (52), ERC (13), PNV (6), Bildu (5), Junts (4), CUP (2), UPN (2), BNG (1), Foro Asturias (1) y el exparlamentario de Cs Pablo Cambronero, integrado en el Mixto. De no haber sido por el error, humano o informático de Casero, la norma habría muerto, porque el bipartito cuenta con un efectivo menos: la vacante del morado Alberto Rodríguez sigue sin estar cubierta.

UPN exige a sus diputados el acta

La jornada había comenzado tensa. Al llegar al pleno del Congreso, a primera hora, Sayas y Adanero mostraron su desacuerdo con la directriz de UPN, y después dieron a entender que iban a cumplirla. El PSOE respiraba tranquilo. Creía tener la certeza de que no habría contratiempos. El navarro Santos Cerdán, el secretario de Organización, que había cerrado la víspera el acuerdo con el presidente de UPN, Javier Esparza, habló por la mañana con él. Esparza le tranquilizó. También conversó con Sayas —rival de Esparza en las primarias internas de 2020— y le "aseguró que votaría que sí", según relataban en Ferraz. No solo se lo confirmaron a Cerdán: los dos parlamentarios dijeron a los medios que acatarían la orden de Pamplona. Ambos, eso sí, evitaron intervenir en el pleno para fijar su posición.

"No se acaba el mundo, mañana tendremos que seguir hablando porque somos muy conscientes de la alternativa", había afirmado Rufián en el pleno

Cerdán mantiene una "buena relación" con Esparza labrada tiempo atrás. Cuando los socialistas constataron hace semanas que ERC "no se movería" —"hay que conocer a los negociadores"—, se afanaron en la vía alternativa. El número tres del PSOE y el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, cenaron con el líder de UPN en Madrid. Las conversaciones siguieron.

El pacto se cerró el miércoles a las 19.30. UPN votaría sí a cambio de que el PSOE retirara su reprobación al alcalde de Pamplona, el regionalista Enrique Maya, y le aprobara modificaciones presupuestarias por valor de 27 millones de euros. Esparza no podía esperar con la traición de sus dos diputados, con los que no contó para tomar la decisión. Tras el pleno, la dirección les exigió que entreguen sus actas. Al menos Sayas no prevé hacerlo.

"Recomponer" el bloque

Los socialistas ya recelaban de UPN hace días, y por eso buscaron el colchón del PNV o de ERC, sin éxito. Se exponían a una jugada arriesgada, que parecía funcionar: un triunfo por la mínima, 176-173, y sin el bloque de investidura. No obstante, Gobierno y socios se cuidaron para no dinamitar todos los puentes. La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, se dolió de que no hubiera discutido de "contenidos" con los republicanos (a diferencia de lo que ocurrió con el PNV, opuso), de que la "norma más importante de la legislatura se sustancie en debates superficiales", en el "campo de las rivalidades partidistas".

Para el PSOE, sí existe una mayoría alternativa "sin tránsfugas", pero para UP lo sucedido demuestra que no es posible la geometría variable que quiere Sánchez

Pero Díaz no se cebó con ERC. De hecho, ni mencionó al partido explícitamente. Ni salió a rebatir a Rufián, como sí hizo con la representante del PP, Cuca Gamarra, y los socialistas por su parte se emplearon también con los populares. ERC aclaró desde el principio que el 3-F no marcará un antes y un después definitivo. La formación independentista es un "partido serio" y seguirá hablando con el Ejecutivo lo que reste de legislatura: "No se acaba el mundo, mañana tendremos que seguir hablando porque somos muy conscientes de la alternativa", resumió Rufián.

El PNV también mantiene abierta la vía del diálogo. Igual que Bildu, pese a que se descolgó de las conversaciones mucho antes y el Ejecutivo sabía que no encontraría su complicidad. Su no, dijo Oskar Matute, no persigue debilitar al "bloque de izquierdas" y enseguida "trabajarán para rehacerlo". Desde Más País, que sí apoyó al bipartito, su diputada Inés Sabanés también llamaba a "recomponer" el bloque, para no interrumpir "una época de cambios".

Los socialistas asumían que la de este jueves era una "votación singular", sin "más consecuencias", que no erosionaba el bloque de progreso. Pero también reconocían que se abría una vía distinta —"ojalá" haya más entendimiento con Cs, decían en la cúpula— y que "por supuesto" que les convenía de cara al nuevo ciclo electoral, que arranca el 13 de febrero en Castilla y León. La reflexión era obvia: la suma con Cs ayudaba a centrar a Sánchez, al partido: se trataba de vender una ley medular pactada con patronal y sindicatos y refrendada con fuerzas de izquierda y derecha, con una mayoría transversal.

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Pero el patinazo imprevisto de este 3-F cuestiona la estrategia antes de nacer. Porque sin los dos diputados navarros no dan los números. "Sí hay una mayoría alternativa. Claro que la hay, pero sin tránsfugas", respondía un ministro de peso. Un dirigente apuntaba en la misma línea: "Sí existe, y sería con el PNV. Su desacuerdo es puntual, pero sí calculamos que Esquerra se va a ir distanciando mas". "Ya lo dijimos, la geometría variable no funciona", oponían desde el entorno de Díaz, donde no podían ocultar a la vez su enfado con ERC. "Fueron a por Yolanda por competición electoral. Las caras que tenían sus diputados cuando casi cae la reforma eran tremendas", denunciaban.

Lo que está claro es que la pugna por la reforma laboral no ha cesado. Ahora se abre un nuevo frente, totalmente insospechado y abierto por la derecha: en la Mesa del Congreso primero y luego, anuncia, en los tribunales. Hasta el Constitucional.