ANÁLISIS

La estrategia y la táctica de Putin

Con su decisión de invadir Ucrania, Putin ha echado por tierra una estrategia de décadas, cometiendo además errores tácticos de primera magnitud. Al final, está mostrando ser un mal estratega y un peor táctico

El presidente de Rusia, Vladimir Putin.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin. / EP

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Hace pocos días, mi admirada colega Ana Palacio decía en una entrevista que Vladímir Putin era un buen estratega y un mejor táctico. Probablemente, es lo que pensábamos muchos hasta hace poco.

Desde un punto de vista estratégico, Putin explicó con claridad su planteamiento en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007. Quien suscribe tuvo ocasión de escuchárselo personalmente en el lejano 2002. Su objetivo era la recuperación de la autoestima del pueblo ruso después de la derrota en la guerra fría y el colapso de la Unión Soviética. Para ello, era fundamental recuperar su área de influencia, garantizando un perímetro de seguridad, alejando cualquier riesgo para Moscú o San Petersburgo. Los instrumentos a utilizar serían la energía y la fuerza militar.

Churchill ya advirtió de que, si Rusia era un acertijo rodeado de un enigma y envuelto en un misterio, la clave para interpretarla era en exclusiva su interés nacional. Y la estrategia seguida por Putin ha sido coherente en ese sentido. Si consiguiera el objetivo de someter Ucrania, habría recuperado el espacio europeo soviético, con la única excepción de las repúblicas bálticas.

La táctica, por su parte, ha sido doble: el uso desacomplejado de la fuerza militar –en Chechenia, Transnistria, Osetia del Sur y Abjasia, Nagorko Karabaj, Crimea, Donetsk y Lugansk, Siria, Libia o el Sahel– y la búsqueda de la vulnerabilidad de Europa y de la OTAN, agudizando sus diferentes intereses y debilitando a sus Estados miembros con actuaciones desestabilizadoras y el uso creciente de la desinformación. Hasta ahora, le ha salido relativamente bien. La respuesta occidental a sus acciones ha sido timorata y no siempre resultado del consenso entre aliados. Eso le ha animado a dar pasos adicionales, a medida que comprobaba que no se trazaban con nitidez y de forma convincente “líneas rojas”.

Quienes se creen infalibles es porque pierden el sentido de la realidad y caen en el primer pecado capital: la soberbia"

Pero todos los grandes estrategas, sobre todo si no están sometidos al control democrático, acaban sobrevalorando su capacidad de acierto y son víctimas de su propia ambición. Quienes se creen infalibles es porque pierden el sentido de la realidad y caen en el primer pecado capital: la soberbia. Con la agresión a Ucrania, Putin ha echado a perder sus objetivos estratégicos y ha cometido errores tácticos clamorosos.

En lo estratégico, su voluntad de construir la “gran Rusia eslava” ha devenido en la consolidación de la identidad nacional ucraniana y, al margen del resultado militar de la guerra, se ha enajenado a los ucranianos para siempre. A la menor oportunidad, renovarán su clara apuesta europea y occidental.

OTAN

En cuanto al objetivo de debilitar a la OTAN y el vínculo atlántico, el efecto ha sido justo el contrario. La Alianza Atlántica ha “recuperado su objeto social”, diluido y cuestionado tras la guerra fría. En apenas unos días, hemos pasado de su “muerte cerebral” a una vitalidad y vigencia extraordinarias.

Si hablamos de la Unión Europea, “ninguneada” durante la crisis, en lugar de agudizar sus divisiones internas, Putin ha conseguido que la UE entienda que, para sobrevivir, debe profundizar en una política común exterior, de seguridad y defensa y, no menos importante, en una política energética común que reduzca la dependencia de Moscú, lo que deja a Rusia en situación de máxima debilidad. Putin ha conseguido, además, que Turquía abandone sus “veleidades” y se alinee claramente con la OTAN.

Finalmente, el presidente ruso ha perdido la batalla de la propaganda –el relato– y ha conseguido ser, en palabras de Joe Biden, un auténtico “paria internacional”. Ni tan siquiera China ha endosado la invasión, mostrando su incomodidad y ambigüedad y ofreciéndose como mediador. Es tal el rechazo que, cuando sea posible, el destino de Putin y su entorno es enfrentarse –si siguen vivos– a la justicia internacional para responder por crímenes de guerra.

Más allá del desmoronamiento de su estrategia, los errores tácticos han sido también clamorosos. Baste como ejemplo la infravaloración de la capacidad de resistencia de Ucrania, liderada por el presidente, Volodomir Zelenski, quien ha sabido interpretar a su pueblo incluso a riesgo de su propia vida. El ejército ucraniano está respondiendo de una manera mucho más eficaz que la prevista, y con la moral propia de quien sabe que está combatiendo por su país, por su libertad y por su vida.

La subestimación de las capacidades ucranianas ha venido acompañada de una sobrevaloración de las propias fuerzas. El mediocre balance de la superioridad aérea rusa, los errores logísticos, así como la deficiente preparación de los planes de invasión, el uso de armamento obsoleto, la intercepción de sus comunicaciones y la moral baja de unas tropas de leva que no saben por qué luchan son algunas muestras evidentes.

Y last but not least, Putin ha despreciado la efectividad real de las sanciones aplicadas por Occidente para castigar la capacidad de la débil y atrasada economía rusa. Los ciudadanos rusos van a pasarlo muy mal, y en algún momento reaccionarán contra el responsable de la catástrofe. Putin está hoy en un auténtico callejón sin salida. De ahí su amenaza nuclear.

En definitiva, con su decisión de invadir criminal e ilegalmente Ucrania, Putin ha echado a perder por completo su estrategia desarrollada en dos décadas, cometiendo errores tácticos de primera magnitud. Al final, ha mostrado ser un mal estratega y un peor táctico.

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