ECONOMÍA

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Vista del puerto para contenedores Yangluo en el río Yangtze, en la ciudad de Wuhan, en la provincia china de Hubei.

Vista del puerto para contenedores Yangluo en el río Yangtze, en la ciudad de Wuhan, en la provincia china de Hubei. / EFE/Zhou Chao

El 11 de diciembre de 2001, China entró en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y nos cambió a todos. Con la perspectiva de los 20 años transcurridos, la decisión de admitir a la República Popular se interpreta hoy como una ingenuidad, una arrogancia o un error estratégico de libro. Los análisis varían según el experto y su procedencia geográfica, pero todos vienen a concluir que ninguna política multilateral ha trastornado tanto el mundo como la adhesión de China a la institución que establece y regula las normas comerciales. Y ello por obra y gracia de Estados Unidos.

Pekín nunca podrá agradecer suficientemente a Washington su respaldo durante los 15 años que duraron las negociaciones. Tanto George H. W. Bush como Bill Clinton entendían que el fortalecimiento de comercio alrededor de la OMC era la vía para asegurar la prosperidad económica de EEUU y su liderazgo político. Nada de esto podría lograrse dejando fuera al país que ya en la década de los noventa era el mercado más grande del mundo. Republicanos y demócratas compartían entonces el propósito de facilitar a China su apertura. Hoy comparten el afán por detener –o al menos dificultar– el imparable ascenso de Pekín.

La idea de fondo en el momento unipolar de finales del siglo XX era que el comercio impregnaba valores y, por tanto, era un instrumento de cambio político. “Ninguna nación en la Tierra ha descubierto el modo de importar bienes y servicios mientras detiene las ideas en la frontera”, aseguraba Bush padre. Pero fue Clinton quien más apostó por China en la recta final de su presidencia.

En un inquebrantable respaldo a Pekín para su entrada en la OMC, Clinton aseguraba en mayo de 2000 que la ley que establecía plenas relaciones comerciales entre EEUU y China era “un paso histórico hacia la prosperidad en América, la reforma en China y la paz en el mundo”. Las palabras del presidente demócrata se revelan hoy más trascendentales por su carga retrospectiva de ingenuidad, arrogancia y error de cálculo. “Exportaremos algo más que nuestros productos (…) exportaremos uno de nuestros valores más preciados, la libertad económica (…) Dentro de 10 años, miraremos atrás y nos alegraremos de haberlo hecho (…) Hemos concedido la plena adhesión de China a la OMC, incorporando ese país a un sistema internacional basado en normas (…) Nos hemos dado a nosotros mismos y a los chinos una oportunidad, no una garantía, pero sí una oportunidad de construir un futuro en la región de Asia-Pacífico para los próximos 50 años muy diferente de los últimos 50”.

No han pasado aún las cinco décadas de las que hablaba Clinton pero, en las dos que llevamos, pocas veces unas previsiones fueron tan desacertadas.

Sin el apoyo de EEUU, China no habría entrado en la OMC. Pero también los europeos y la mayoría de miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) defendían la adhesión. Si hubo error de cálculo, este fue compartido en un Occidente convencido de tener un modelo económico y político imbatible. Que no se dimensionara el alcance chino ni el posible desarrollo de su modelo autoritario es una incógnita que podemos resolver superficialmente al hablar de la arrogancia occidental.

La entrada de China en la OMC tenía ventajas para todos y era coherente con el objetivo de un multilateralismo efectivo. Por un lado, estaban las posibilidades que abría el enorme mercado chino. Por otro, el fortalecimiento de la OMC al contar con Pekín como miembro, lo que legitimaba su papel como institución comercial clave. EEUU y los europeos dieron por hecho, además, que China adoptaría las normas laborales, medioambientales y de propiedad intelectual establecidas por la OMC. Todo parecía bajo control. Ante el temor a una inundación de productos chinos y el impacto en el sector manufacturero, se firmaron disposiciones transitorias en algunos sectores, como el textil.

Nada impidió, sin embargo, que desde la entrada de China en la OMC nunca fuera tan barato comprar muebles, ropa o juguetes, pero también teléfonos móviles y otros productos tecnológicos cuya cadena de fabricación última está en China. Tampoco pudo impedirse el impacto en la industria manufacturera en todo el mundo, y no se ha logrado que Pekín implemente la mayoría de los cambios regulatorios que la OMC exige sus miembros. Dos décadas después de la entrada de China, la organización está fuera de juego como actor comercial clave.

La gran transformación de estos 20 años está en China. La sexta economía mundial en 2001 es hoy la segunda y ha adelantado a Alemania como primer exportador. Más de 400 millones de chinos han abandonado la extrema pobreza y la población es testigo del ciclo de mayor prosperidad en el país. En política, el éxito de la entrada en la OMC no se mide en grados de libertad; por el contrario, se ha traducido en un Partido Comunista legitimado por su rendimiento económico, un mayor nacionalismo entre los ciudadanos y la conciencia de que China está en condiciones de diseñar un multilateralismo a su medida.

El politólogo estadounidense John Mearsheimer afirma en Foreign Affairs que “no hay ningún ejemplo comparable de una gran potencia que fomente activamente el ascenso de un competidor de su misma categoría. Y ahora es demasiado tarde para hacer algo al respecto”. Es cierto que nada salió como estaba previsto. Pero ¿había alternativa? ¿de verdad es demasiado tarde?

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