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Opinión | MIEL, LIMÓN & VINAGRE

Aina Calvo, la número dos es la primera de la clase

Investida de la autosuficiencia de la alumna perfecta, a Calvo no la votan, la nombran directamente

Aina Calvo.

Aina Calvo. / EPE

En el duelo entre las mujeres mallorquinas más poderosas de la historia, Francina Armengol equivale a Rafael Nadal y Aina Calvo a Roger Federer. El ímpetu desaforado de la presidenta del Congreso, frente al trabajo impecable y decorativo de la nueva secretaria de Estado de Seguridad, un cargo que España no se toma en serio a diferencia de países nacidos de revoluciones como Estados Unidos, Francia o Rusia.

Al igual que ocurría en los enfrentamientos entre Nadal y Federer, con 24 a 16 triunfos para el mallorquín y seis a tres en Grand Slam, los cara a cara entre Armengol y Calvo son ganados sistemáticamente por la primera. El enfrentamiento se desbordó en las primarias de 2014 para optar al Gobierno regional de Baleares, que colocaron a la nueva número dos de Interior a un paso de abandonar el partido.

Armengol arrolla, Calvo medita. Al igual que sucede con Federer, la nueva secretaria de Estado de Interior supera en currículum intelectual a la presidenta del Congreso aupada por Carles Puigdemont. La tercera autoridad del Estado es una farmacéutica que jamás ha ejercido en la botica paterna. En cambio, la mujer que debe poner orden en la UCO demandada y desmandada es doctora en Pedagogía y profesora titular de la Universitat de les Illes Balears, grados que la colocan por encima de la mayoría de integrantes del Gobierno. De haberse desenganchado de la droga política, sería catedrática universitaria con toda seguridad, pero sin Seguridad.

La número dos de Interior es la primera de la clase, con la peligrosa autosuficiencia que lleva adherida esta consideración. Habita la contradicción entre la necesidad de reconocimiento y la aversión a la exposición pública de su trabajo. Acostumbrada a los sobresalientes, se desencaja ante la caprichosa crítica mediática. Su superioridad intelectual se convierte en una debilidad que explotan sus adversarios, y la principal de sus enemigos vuelve a ser Armengol.

Calvo necesita el premio de un cargo para reforzar su autoridad y su autoestima, al mismo tiempo que se cree mejor que los demás, que todos los demás. Tal vez no es extraño que se haya convertido en la mujer de máxima confianza de Pedro Sánchez, tras serle perdonado que apoyara a la rumbosa Susana Díaz en las primarias a la Secretaría General del PSOE estatal. Igual que los sabihondos Felipe González y Alfonso Guerra, pero a diferencia de Leire Díez, por citar de una vez a la causante inmediata de que la mallorquina haya sido promovida a la Secretaría de Estado.

La mayoría de mensajes que ha recibido Calvo tras su nombramiento aluden a una misión imposible. Quién querría ser la número dos de un número uno carbonizado, salvo que la decisión personalísima de Sánchez apunte a una sustitución en toda regla. Es difícil que la nueva responsable de Seguridad consiga que las intervenciones de Grande Marlaska no recuerden al Joe Biden tardío.

Las palabras del ministro en el Congreso la semana pasada exigían un traductor, pese a haberse emitido probablemente en castellano. Solo quedaron claros sus vivas a la Guardia Civil que se le ha escapado del redil, y sus mueras a la prensa por constatar que la Guardia Civil se le ha ido de las manos.

Investida de la autosuficiencia de la alumna perfecta, a Calvo no la votan, la nombran directamente. Su periplo sin controversias excesivas por la delegación del Gobierno en Baleares, el Ministerio de Exteriores o la Secretaría de Estado de Igualdad, plantea un interrogante automático. ¿Cómo puede haber transitado por cargos espinosos sin desgaste y sin que nadie supiera de su existencia?

Aunque hayan transcurrido dos décadas, hubo un pasado en que Calvo obtenía los cargos por suscripción popular. En 2007 encabezó la lista del PSOE a la Alcaldía de Palma, la séptima capital de España por exceso de población. Su predecesora del PP se quejaba de que «va a ganarme porque es tan guapa», lo cual demuestra que la jerarquía estética no es un vicio exclusivamente masculino.

Calvo no ganó estrictamente las municipales, pero la mayoría absoluta se le puso a tiro con el concurso de Unión Mallorquina, partido famoso porque prácticamente todos sus dirigentes acabaron en la cárcel. Y aquí llegó el exabrupto, la suficiencia de la primera de la clase al fanfarronear:

-No necesito leer el programa de UM.

En cuanto alcanza una decisión, Calvo no admite alternativas. Por eso duró un solo mandato en el ayuntamiento palmesano, un trauma político del que no se ha recuperado. Después vendría el duelo con Armengol, ni se hablan, un cáncer de pecho felizmente superado y el rosario actual de cargos al filo del abismo. Porque el problema de Interior no está en la número dos, sino un poco más arriba.