Opinión | DE PASO

Jornada de reflexión

Una mala jornada electoral es como un incendio en verano. Obliga a recordar aquello de que los fuegos se apagan en invierno. Las catástrofes no ocurren en las elecciones

Jornada de reflexión. Ilustración.

Jornada de reflexión. Ilustración. / Pablo García

La verdadera jornada de reflexión sigue a las elecciones. Por eso no hay que convertirla en una inducción a la catástrofe. Una mala jornada electoral es como un incendio en verano. Obliga a recordar aquello de que los fuegos se apagan en invierno. Las catástrofes no ocurren en las elecciones. Siempre ocurren antes. Sólo un carácter más bien obtuso puede pretender que la vida cotidiana de la política sea un infierno y el día electoral traiga la noticia de una jornada gloriosa. Este argumento vale para todos los actores. Ninguno ha salido bien parado del domingo europeo.

Por ir a lo menor. Tener con qué darle de comer a la familia produce una gran alegría y comprendemos muy bien la de Irene Montero. Pero elevar a victoria política su recién estrenado puesto de trabajo parece una exageración. El planteamiento desesperado con que la familia de Podemos vivió estas elecciones hizo que sus seguidores vivieran esta jornada con dramatismo. La prima de situación movilizó el domingo a todos sus votantes, como la prima de situación del 23 de junio pasado movilizó a los votantes de izquierdas.

Pero las primas de situación no se dan en las elecciones regionales. Sumar no podía revivir en ellas la épica del 23 de junio, y por eso lo mejor hubiera sido potenciar a los grupos enraizados en los territorios para no exponerse a fracasos que pudieran lastrar un proyecto inseparable de la circunstancia que lo vio nacer. La épica consiste en evitar un gobierno PP-VOX, y ahí es donde Sumar debe concentrarse con todas sus fuerzas.

Para ello, debe apuntalar el Gobierno con una cooperación virtuosa, como hasta ahora, pero también debe intensificar desde el grupo parlamentario dos cosas. Una, la capacidad de llevar la iniciativa en la agenda. Dos, intensificar una federación más operativa de las fuerzas de la mayoría progresista, de tal manera que pueda ser renovada. La retirada de las tareas organizativas de Yolanda Díaz es el mejor paso, inteligente y adecuado, para centrarse en lo que le da legitimidad, la buena política. Lo mismo debe pasar con los demás ministerios. La decisión de ofrecer una dirección colegiada es sabia porque no quema a nadie.

Con el mismo acierto deberían reflexionar los talentos del PP, que van de victoria en victoria hasta la derrota final. De nada les sirve lo que ganan para llegar al gobierno de España, pues lo que ganan VOX y Alvise es más de lo que ganan ellos. El PP se ha introducido en un círculo vicioso regido por cierta astucia de la razón. Puede dominar todo el mapa de las autonomías, e incluso asentarse con la fuerza de la normalidad institucional en Andalucía, pero se aleja de llegar al Gobierno, la verdadera pieza.

En efecto, el PP central no controla la situación, dominado por un miedo que no puede dejar de tener. La razón de que suba VOX y Alvise reside en que el puzle de la política estatal es tan complicado, que una parte de la ciudadanía, la impaciente y autoritaria, se levanta de la mesa desesperada para entregarse a quien prometa pegar la patada a la mesa y tirar las piezas al suelo. A los ojos de estos impacientes, el PP forma parte de los que complican el puzle. Y llevan razón. Propiciar el desorden y el desprestigio de las instituciones españolas, destruir los bordes de las piezas para que ninguna figura cuadre, sirve a las gentes que crecen a su extrema derecha. Imitar a VOX lleva a sus votantes a sus brazos. Al no cooperar en renovar las instituciones, engorda la desesperación y el número de los que quieren acabar con un juego que es demasiado enojoso para su paciencia.

Lo mismo pasará pronto con VOX. Como sus amenazas de patada a la mesa no se van a verificar y como solo lograrán que el puzle sea cada vez más complicado, generará a sus propios desesperados, en un juego gamberro de irresponsabilidad y de locura. Todo ello no hará sino crear una prima de situación en las próximas elecciones generales, en las que la izquierda volverá a la epicidad ante tanta incoherencia. El consuelo de que una victoria en Francia de Le Pen pueda marcar tendencia es tonto. Le Pen pone en juego en Francia elementos muy tradicionales, un republicanismo extremadamente conservador y antieuropeo, sin traducción en España.

Lo mejor es que las realidades objetivas de la vida social en Europa dejan muy poco margen para locuras. Tienen fuerza pedagógica. Lo peor es que, para destruir esas realidades rocosas, se requieren locuras extremas. Al entrar en una senda febril, el peligro es que podamos ir acostumbrándonos a ellas. Pero no estamos ante la situación de los años 30, porque no hay ideas absolutas en el tablero político, ni ideas universales por las que morir y exigir sacrificios.

No tenemos en Europa el hábito de morir y matar, que era general tras la Primera Guerra Mundial, y no creo que lo forjemos. Los demócratas tenemos la realidad a nuestro favor y juzgo exagerado el pesimismo que hay detrás de muchas exclamaciones sobre la extrema derecha. El problema es la derecha. La mayor oportunidad de la extrema derecha siempre fue el miedo histérico de la derecha convencional a una posición madura. Ese miedo no le concedió jamás una oportunidad histórica. Un mundo institucionalmente fuerte, firme y prestigioso se le ofrecerá siempre. Mientras tanto, la izquierda debe producir normalidad. Ya llegará el tiempo de volver a la épica.