Opinión | LE FUMOIR

F.H.

Françoise Hardy.

Françoise Hardy.

Hay noticias que hoy le sorprenden a uno con un aviso fatídico en el teléfono, cuatro palabras lapidarias que ponen fin, de golpe y porrazo, a toda una época: "Françoise Hardy est morte". Tenía la edad de mi padre, pero como ocurre con los grandes artistas, consiguió que su música, su belleza y su influjo llegaran hasta las orillas de mi generación y más allá. Mi viejo bailaba lentos creyendo cantar en francés en los 60 yeyé mientras sonaba Tous les garçons et les filles en el tocadiscos del guateque de turno. Yo la escuché por primera vez en un álbum maduro y magnífico titulado "Tant de belles choses" (2004), que hablaba de una vida tranquila y alejada de los sinsabores de su matrimonio con Dutronc, del que nunca se divorció, y de otros avatares vitales que explicaban el aura melancólica de aquellos ojos azules y de su evanescente impavidez. Sin embargo, donde más recuerdo la presencia de la Hardy fue en una cava de Barcelona a la que me gustaba ir a menudo y que resultaba infalible en las primeras citas. Se llamaba, se llama, "Les gens que j'aime" -su cartel a la entrada tenía una falta de ortografía que lo hacía aún más entrañable- y estaba, está, en la calle Valencia, entre el Paseo de Gracia y la calle de Pau Claris. Para acceder a "Les Gens" había que bajar una escalera bastante empinada de dos tramos, en medio de una oscuridad sólo balizada por alguna lamparita agonizante, un sótano que evocaba el París de Juliette Gréco o de "Ascensor para el cadalso". Por alguna razón, siempre había una mesa libre y unas banquetas incomodísimas de un terciopelo rojo ya ajado donde sentarse. En aquella negrura se sucedían los arrumacos de parejas en ciernes o de amantes que habían pasado por el Registro Civil con terceras personas, a la salud de las cuales -hay que respetar siempre a sus cornudos- bebían para celebrar su clandestino amor de locomotora viva y vía muerta. Mientras tanto, sonaba "L'amitié" y yo fumaba unos Gauloises que allí se expendían y que me daban tanta tos como seguridad, mientras me creía el Belmondo del Ensanche y pedía otro dry martini al encargado del local. Este, de cuyo nombre no quiero acordarme, era un magnífico profesional que sabía tener callados gestos de confianza sin por ello jamás traicionarla, el equilibrio moral perfecto que uno espera de su barman de referencia. Uno sentía que nada malo podía suceder en "Les Gens", y quizá por ello las más aventuradas de aquellas parejas de fortuna se hacían leer la buenaventura por una bruja que ocupaba, cual papisa, el asiento más cómodo del local, bajo el arco de la escalera. En medio de aquel ambiente, el tarot se convertía siempre en auspicioso augurio, como no podía ser de otra manera, pues tampoco era cuestión de romper el embrujo del garito y de la noche de un jueves tonto que era viernes de promesa. Pero por lo que me gustaba especialmente aquel lugar era porque, nostálgico como soy, me hacía creer durante unas horas que vivía en una época que no era la mía, una donde los deseos y la verdad todavía se susurraban, como en las canciones de FH, donde la seducción era un pasillo oscuro hacia el misterio, no una puerta que se derribaba con un ariete, un tiempo que no me pertenecía, pero que quería heredar y donde nada era contundente como una evidencia. En él, todo se sugería en aquellas chaises-longues que eran tálamo y cabina de ardientes confesiones que se hacían a un cuello que olía a perfume robado a una madre que también pecó con Françoise Hardy de fondo. Mientras el reloj marcaba ya las horas cortas, conseguíamos sin quererlo que 2004 se pareciera a 1964, en un viaje hacia el pasado y hacia ese centro de la Tierra que era "Les Gens", al tiempo que Hardy anticipaba con "Il n'y a pas d'amour heureux" futuras rupturas y fracasos que nos eran aun dichosamente ajenos. Éramos felices, pero todavía no lo sabíamos. Éramos jóvenes, y solo hoy nos damos cuenta. DEP, Françoise Hardy.

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