Opinión | ÁGORA

Un país alucinado

Hay que estar ridículamente loco, desde luego, para lanzarse a un rosario contra la Amnistía y contra el Gobierno la jornada de reflexión y el mismo día de las elecciones

Iustración con el Quijote como protagonista.

Iustración con el Quijote como protagonista. / Museo Iconográfico de Quijote en Guanajato (México)

Volverse loco es siempre una desgracia. Pero hay locuras grandiosas y otras ridículas, grotescas, furiosas y sañudas. Luego, están los locos desesperados. Todas esas son desgracias dobles, porque son locuras improductivas. Las locuras generosas siempre dejan algo bueno a su paso. Sin embargo, me temo que hemos olvidado a nuestro patrón nacional, don Quijote, y nos hemos convertido en ese tipo de locos como el licenciado Vidriera. El catálogo de locos excéntricos y ridículos que recoge nuestro Siglo de Oro, y que se puede ver en los tratados médicos sobre la melancolía, como el famoso de Alfonso de Santa Cruz, nos ofrece un muestrario que, de recordarlo, nos asombraría en su parecido con lo que estamos viendo en nuestro presente. El caso es que llevamos camino de convertirnos en aquello que Martín González de Cellórigo, un agudo observador de aquel siglo, llamaba un país alucinado.

Que nuestros poderosos han perdido el juicio se aprecia en un detalle. Ya no están dispuestos a identificar los defectos del sistema institucional -que ellos mismos crearon y dominan- para mejorarlos, sino para utilizarlos de forma tal que estalle. Así dejan sueltos a los poseídos por la saña furiosa para que hagan el destrozo, contando con que los licenciados Vidriera se resquebrajarán. Hay que estar ridículamente loco, desde luego, para lanzarse a un rosario contra la Amnistía y contra el Gobierno la jornada de reflexión y el mismo día de las elecciones. Pero que esto lo apruebe no una persona, sino un colectivo de jueces sesudos, sólo tiene una explicación razonable. Nos gusta ver a los locos haciendo sus locuras.

La saña es otra cosa y constituye el estilo del poder castellano desde que Fernando III, en el libro de los nueve consejeros, la llamó una virtud propia del rey. Alfonso X usó de ella con fervor furioso, por no hablar de su hijo Sancho y de su descendiente Pedro I, que mostró sus consecuencias últimas. La saña es la fuente de energía interminable de perseguir al enemigo sin cuartel. En Las Partidas, Alfonso recomienda la caza del jabalí para ejercitar la saña, algo muy necesario al rey. Combatir al enemigo como al jabalí, ponerlo furioso, no darle tregua, hasta la lanzada final. Que está grave en el hospital, nada, a declarar. Que está de campaña electoral, sin tregua, a declarar. La defensa es que no hay una cláusula en la ley de instrucción del proceso que impida actuaciones en tiempos de campaña electoral. Eso es evidente porque la norma es del 14 de septiembre de 1882, fecha en la que las campañas electorales, como todo el mundo sabe, eran ejemplares.

Que el Consejo General del Poder Judicial no solo mire hacia otro lado en todo esto sino que salga en defensa de estas actuaciones, explica la funcionalidad de su bloqueo. Es como si en un manicomio se mantuviera la autoridad que se forjó el día de carnaval. La consecuencia en este caso sería dejar a los locos sueltos. Nos dirigimos hacia un país así. Sólo que este manicomio tiene sus hojas parroquiales con las que mantener el carnaval indefinidamente, hojas que aumentan el número de locos de forma permanente, para invadir todas las instituciones hasta hacerlas enloquecer. Ahora, por lo visto, van a por la Universidad Complutense, que ya es lo que le faltaba a la pobre.

Y todo esto en la campaña electoral sobre el futuro de Europa, lo que testimonia lo poco relevantes que somos en esa liga. Aquí conviene deshacer toda falsa apariencia. Las grandes naciones europeas, que son solo tres, también hacen campaña en clave nacional. Pero su campaña tiene relevancia europea, porque la batalla nacional decidirá quién presidirá la Comisión. Meloni lucha por mantener una posición plebiscitaria, pero su finalidad es hacer a Draghi presidente de la Comisión. Los alemanes tienen dos candidatos al cargo, uno escorado a la derecha, y otra que espera la alianza con los socialdemócratas. Los franceses decidirán y para eso se han distanciado de Alternativa por Alemania, para que Berlín vea aceptable su decisión. Los españoles van de comparsas en uno y otro caso, y por eso se entregan a sus locuras.

Los locos son graciosos cuando son minoría, pero cuando sean mayoría, mandarán. Debemos recordar los destrozos que hizo el último de ellos. Sumar, que hizo campaña a favor de la salud mental, debería priorizar a nuestras elites de poder entre los que hay que curar. El mundo de los locos es inestable y produce inestabilidad, y para eso quieren que se los deje solos. Cuando lo estén, sabremos lo que entienden por libertad, por su libertad, y no será tomarse unas cañas. Por eso su aspiración es separarse de las gentes de buen sentido, reducirlas al máximo, hacerlas desaparecer. Meterse en una pelea de locos es peligroso, pero no hacerlo es dejarles todo el campo a su merced. Y así estamos los españoles. Viendo como esta gente invade nuestras instituciones, las usa, las distorsiona, las rompe, las estrangula.

Y de camino nos estrangula a nosotros como ciudadanía. Alguien debería comenzar a mirar en el medio plazo y no dejarse coger en este carnaval, pues la intensificación que viene será peor. Porque lo más llamativo es que todos estos locos ridículos cortejan al peor de lo locos, al loco desesperado, al que se ha echado al pico del monte y con no menor saña está dispuesto a arrastrar con su baile frenético al PP y al PSOE para no dejar que crezca una brizna de política seria. Urge separarse de este baile enloquecido, ya que no se puede acabar con él.