Opinión | ÁGORA

Vox ante la historia

Aquí solo cabe tener la esperanza de que, entre nuestra ciudadanía, la brutalidad, el cinismo salvaje, la carencia absoluta de escrúpulos, la crueldad inhumana y el frío cálculo sobre el sufrimiento humano, no tengan muchos partidarios

Abascal,  junto a Netanyahu.

Abascal, junto a Netanyahu. / Vox

No hay síntoma más revelador de la variación histórica del pueblo de Israel dirigido por Netanyahu que olvidar quién es quién en España. Eso prueba ese comunicado del ministro Katz en el que acusa al Gobierno de España de montar una nueva Inquisición por reconocer al Estado Palestino. Katz debe recordar que los que organizaron el odio judeo-masónico fueron los padres espirituales y sociales de Abascal, al que reciben con euforia en Jerusalén. Fueron los ancestros del señor Abascal los que defienden, justifican, blanquean y normalizan la Inquisición que acabó con el pueblo sefardita.

Por el contrario, las fuerzas españolas que denunciaron la Inquisición como una catástrofe histórica, las que defendieron el carácter hispánico del pueblo sefardita, las que recordaron a menudo los deberes de la humanidad europea para con el pueblo judío, esos actores, que volverían a ser los defensores del pueblo de Israel en caso de que el antisemitismo proliferase de nuevo en los mismos ambientes reaccionarios, esos actores no pueden dejar de defender ahora al pueblo palestino.

Lo hacen por las mismas razones que antes defendieron al pueblo judío. Pues no hicieron esto por un sentido especial de pertenencia, ni por compartir su Dios, ni por simpatía con los que desde la Guerra de los Seis Días aparecieron como vencedores, ni por obediencia a la línea marcada por el poder hegemónico de los Estados Unidos, su aliado incondicional. Quizá estas últimas sean las razones circunstanciales por las que Abascal apoya a Netanyahu. Esas no son las razones del buen sentido. Los actores que defendieron la causa del pueblo judío lo hicieron por un sentimiento moral de vergüenza ante las actuaciones del poder público hispano en el pasado, o ante lo que hicieron los poderes europeos, y por una firme voluntad de que la justicia se abra paso en la Tierra. Y fue eso lo que produjo la emocionante alegría de que se ofreciera la nacionalidad española a los descendientes de los dispersos sefarditas.

Pero por los mismos motivos, por el mismo sentido de las cosas, esos actores no pueden callar ante lo que Netanhayu está llevando a cabo en Gaza. La misma humanidad que no puede olvidar el Holocausto, no olvidará los sucesos de Gaza. La manera en que el gobierno de Israel está tratando al sencillo pueblo palestino es ignominiosa. Sólo el supuesto completamente infundado de que todos los palestinos sean milicianos de Hamás, y por eso culpables del ataque criminal de octubre, permitiría justificar ese trato. Pero eso implicaría algo terrible: que el pueblo judío sin distinción sería el culpable por los crímenes del gobierno de Netanyahu. Ni podemos aceptar aquella brutal carencia de distinción moral a la que nos induce el gobierno de Israel, ni caeremos nunca en ella respecto del pueblo judío.

No tenemos la evidencia de que Netanyahu aspire al exterminio del pueblo palestino, al estilo de Himmler y Hitler. Pero tenemos suficientes evidencias para afirmar que quiere que abandonen por completo su tierra de Gaza, y que ha puesto en marcha un sistema calculado de presión, con un reguero de muertes creciente, y con la excusa interminable de acabar con Hamás, para que de nuevo se produzca lo que en el pasado, que los países árabes cercanos abran la puerta para una diáspora de millones de palestinos que viven en lo que desde hace tiempo es un inmenso campo de concentración.

Ese cálculo es cercano a la producción consciente de un infierno, lo que implica una indiferencia perversa ante el sufrimiento y el destino de millones de seres humanos. En realidad, el reciente aviso de Netanyahu de que la guerra puede durar otros siete meses no hace sino cargar la responsabilidad por la duración del conflicto sobre las espaldas de los que apoyan a los millones de civiles, mujeres y niños gazatíes. Eso es lo más parecido al gesto cínico de pedir manos libres con plena impunidad.

Sea lo eficaz que sea reconocer al Estado Palestino para impedir ese infierno calculado y programado, los países, escandalizados ante las sistemáticas violaciones de toda la legislación humanitaria e internacional, no tienen otra arma en su mano para expresar su decisión más relevante, la de no ser cómplices de ese funesto plan. Es un acto debido que marcará el lugar de cada uno en la historia. El pueblo que cree en el Dios que mide el tiempo no debería echar en saco roto esa invocación al largo plazo de la historia. El tiempo es un abismo de sorpresas y el ser humano, veleidoso y cambiante, siempre queda fijado a sus odios.

Por último, esperamos que la ciudadanía española rechace la complicidad que Vox presta a este plan diabólico y criminal de Netanyahu. Aquí solo cabe tener la esperanza de que, entre nuestra ciudadanía, la brutalidad, el cinismo salvaje, la carencia absoluta de escrúpulos, la crueldad inhumana y el frío cálculo sobre el sufrimiento humano, no tengan muchos partidarios. En todo caso, quienes voten a Vox deben saber que votarán a los cómplices de una masacre inhumana y deberían preguntarse si actores así son de fiar, porque de llegar el caso no dudarán en actuar de forma parecida en otros sitios.

Las declaraciones, completamente detestables, de la portavoz de Vox en el sentido de que Abascal nos protege del terrorismo visitando a Netanyahu inducen una pregunta. ¿Acaso tiene Israel en sus manos la evitación del terrorismo? En todo caso, no queremos la protección mafiosa que reclama el silencio ante el crimen. Sabemos de sobra que esa protección tarde o temprano nos dejará vendidos.