OPINIÓN

Cómo amar la democracia. Lecciones básicas

Cuidado con los interesados discursos que tratan de desligar legalidad y legitimación para poner en duda algunos resultados electorales o ciertas decisiones políticas porque las democracias liberales se sustentan en la que el sociólogo Max Weber definió como legitimidad legal o racional

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Manifestantes invaden el Congreso Nacional de Brasil, en Brasilia.

Manifestantes invaden el Congreso Nacional de Brasil, en Brasilia. / EFE/Andre Borges

Las definiciones de democracia que se centran en los procedimientos y no en los rendimientos o en los valores que encarna son las denominadas en Ciencia Política como minimalistas. Probablemente, una de las más minimalistas es la aportada por el politólogo polaco Adam Przeworski para quien un país puede considerarse democrático si el partido o los partidos que están en el poder (o el cabeza del Ejecutivo) pierden -o pueden perder- unas elecciones. Bajo este, en apariencia, sencillo axioma subyace una serie de elementos que el autor considera necesarios para poder hablar de democracia. Por ejemplo, el hecho de que quienes están al frente del país puedan perderlas implica que se celebran elecciones en las que los ciudadanos eligen al poder Ejecutivo y/o al legislativo (según el sistema). Además, si se produce un cambio es porque existe cierta pluralidad y competencia electoral, es decir, existe al menos una opción política alternativa con capacidad y posibilidad de acceder al Gobierno. En otras palabras, se celebran elecciones competidas que deben reunir tres requisitos necesarios.

El primero es la incertidumbre ex ante. Se refiere a que el resultado no está predeterminado, esto es, no se sabe quién va a ganar las elecciones. Por supuesto, como en todas las democracias actuales, existen encuestas que estiman un resultado electoral con mayor o menor competencia electoral. Que el resultado sea incierto no significa que sea impredecible. Lo que este requisito plantea es que, incluso en los casos en los que las encuestas prevén un ganador anticipado (y este coincide con el partido gobernante), siempre existe la posibilidad de que se produzca un vuelco electoral y que, en definitiva, quien está en el Gobierno acabe perdiendo las elecciones. “Ama la incertidumbre y serás democrático”, que decía el propio Przeworski.

La segunda exigencia de las elecciones competidas es la irreversibilidad ex post que significa que existe la seguridad de que el partido o candidato que gana las elecciones puede acceder al Gobierno porque el partido o candidato que lo estaba ocupando hasta ese momento lo abandona cuando pierde los comicios.

Esta asunción de la derrota sucede porque existe la expectativa de poder volver a ganar en las siguientes elecciones. Es decir, se da el tercer requisito que es el de la reproducibilidad: las elecciones no se suprimen cuando alguien accede al poder. Se celebran elecciones recurrentes, de manera periódica. Los resultados políticos son temporales: hoy pierdo, pero mañana puedo volver a ganar.

El pasado fin de semana en Brasil miles de seguidores del expresidente Jair Bolsonaro asaltaron las sedes de los tres poderes del Estado ¬-el Congreso, el Tribunal Supremo y la sede del ejecutivo- en un intento fallido de revertir la victoria electoral lograda por Luiz Inácio Lula da Silva el pasado 30 de octubre en la segunda vuelta de los comicios presidenciales. Las imágenes de esa jornada y el hecho en sí nos retrotraen a lo acaecido hace dos años en Estados Unidos cuando seguidores del expresidente Donald Trump asaltaron el Capitolio reivindicando una victoria que no se había producido en las urnas.

Tanto en EE.UU. como en Brasil se cuestionaron dos de los requisitos expresados por Przeworski para caracterizar unas elecciones democráticas competidas. Durante un tiempo demasiado largo, tanto Trump como Bolsonaro jugaron con la irreversibilidad ex post: Se negaron a aceptar el resultado y sembraron dudas sobre si abandonarían el cargo como habían dictaminado los electores. Un primer paso hacia la cancelación de los procesos electorales: el preámbulo de las dictaduras.

En ambos casos la lógica ha sido la misma: dos candidatos que se presentan a la reelección y que desde antes de los comicios empiezan a sembrar dudas sobre la limpieza de los comicios. Crean peligrosos e irresponsables climas de opinión anticipando su posible derrota: si ganan, lo habrán hecho a pesar de los intentos que ha habido de evitar su victoria; si pierden, será como consecuencia de un fraude electoral insistentemente denunciado. En ambos casos, se degrada la confianza en las instituciones. Se socava la democracia.

La banalización de los extremismos intransigentes y polarizadores y la deslegitimación de las instituciones han supuesto una verdadera prueba de estrés para estas dos democracias y un aviso a navegantes para el resto de las democracias. Cuidado con los interesados discursos que tratan de desligar legalidad y legitimación para poner en duda algunos resultados electorales o ciertas decisiones políticas porque las democracias liberales se sustentan en la que el sociólogo Max Weber definió como legitimidad legal o racional: aquella que solo reconoce como fuente de poder la que emana de las leyes y los procesos democráticos.

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A finales de año se celebrarán en nuestro país elecciones generales. Considerando los actuales datos de encuestas y su evolución en los tres últimos años, no es descartable que ocurra un hecho inédito en nuestro país: que el partido que acabe siendo la primera fuerza política en votos y escaños en el conjunto de España no sea la que acabe gobernando. Algo totalmente legal y, por tanto, legítimo en un sistema parlamentario como el nuestro. De hecho, esta es una lógica que se ha dado de manera habitual en la conformación de los gobiernos de muchas Comunidades Autónomas y ayuntamientos de nuestro país.

Evitemos discursos apocalípticos y, sobre todo, deslegitimadores y mejoremos entre todos la cultura política de nuestro país. Los dos acontecimientos relatados al comienzo de este artículo han demostrado que las democracias pueden acabar siendo devoradas si algunos líderes quieren avanzar electoralmente más rápido montados a lomos de un tigre del que luego pretenden bajarse. El mismo final que, por cierto, también suele acabar siendo el de los jinetes.