ESPEJO DE PAPEL

El segundo exilio de Sergio Ramírez

La nostalgia es parte de sus ojos, excepto cuando hablaba de los ventanales; esa manera de mirar es como su estilo literario, despacioso, convincente

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El escritor Sergio Ramírez en su casa de Madrid.

El escritor Sergio Ramírez en su casa de Madrid. / José Luis Roca

Ya se habían acabado los platos sobrios que los académicos comen en los descansos del mediodía en el comedor de profesores de la Universidad de Princeton, donde él da clases de literatura, cuando alguien le preguntó a Sergio Ramírez:

—¿Y cómo estás?

Mirando al vacío, con sus ojos tristes que interrogan al suelo, el autor de Margarita, está triste la mar, este hombre fundamental en la historia revolucionaria de Nicaragua y que ahora vive exiliado de su tierra, respondió con estas cinco palabras:

Ahora tengo nostalgia de España.

Cuando se le escuchó declarar esa melancolía, Sergio Ramírez estaba con su mujer, Tulita. Era a principios de este último octubre. Llevaban un mes en la universidad donde estudiaron, entre otros, Scott Fitzgerald y William Faulkner. Por las tardes él daba clases, por la mañana escribía ante los ventanales ya nublados de la ciudad otoñal, de vez en cuando se veía con su anfitrión, el profesor y escritor mexicano Rubén Gallo, y se recogía tan temprano como mandan los cánones del tiempo universitario. A leer, a preparar la vida del día siguiente, a ser Sergio Ramírez, trasterrado otra vez de la patria que ayudó a liberar.

Es el segundo exilio. Sufrió uno, el que impuso el dictador Somoza, desbancado por un grupo de jóvenes que lo hicieron caer para imponer en la Nicaragua libre una utopía democrática interrumpida por Daniel Ortega, ahora otro dictador al frente de otra dictadura. Ortega, del que fue vicpresidente, es el que lo ha mandado otra vez al exilio, como a Gioconda Belli (también exiliada en España), y a muchos otros ciudadanos, artistas, trabajadores, conocidos, desconocidos, todos ellos obligados a una emigración indeseada de la que se defienden en países vecinos o lejanos, para rehacer su vida y, acaso, a buscarse en otra patria.

Cuando dijo aquello, “ahora tengo nostalgia de España” en la sobremesa de Princeton, Sergio Ramírez no puso énfasis alguno, no estaba haciendo una proclama, no estaba rompiendo una baraja del pasado, estaba diciendo hasta qué punto este segundo exilio le estaba provocando la necesidad de una patria, un territorio del corazón, un sitio en el que habitar de nuevo, como en un tiempo habitó, exiliado, en Costa Rica, con la esperanza de una Nicaragua distinta.

¿Ahora qué Nicaragua le espera? Quizá, si no lo remedian el tiempo y la realidad que a veces le hace caso al deseo, esa Nicaragua sea otra vez suya y de los que se han tenido que ir, empujados por Ortega, pero en todo caso el autor de Ese día cayó en domingo (Alfaguara, su último libro, son cuentos) ya tiene al menos nostalgia de un sitio real, posible, y ese sitio, el de su segundo exilio, es España. Tierra que fue de exiliados, los exiliados republicanos, territorio ahora de otros trasterrados (la expresión es de José Gaos, un intelectual expulsado por la guerra civil) que encuentran aquí la misma lengua, otro porvenir, una manera de remediar el destino de irse.

“Ahora tengo nostalgia de España”. En Sergio Ramírez la nostalgia es parte de sus ojos; excepto cuando hablaba de los ventanales (hasta hace poco, los de su casa en Managua, ante los que escribía sus libros), esa manera de mirar es como su estilo literario, despacioso, convincente. Como si en su mirada habitaran un país y un modo de concebir su modo de describirlo. Ahora, sin país, encuentra otro y mantiene su estilo, que es lo que tiene de esperanza la vida de un escritor de su estirpe, una especie que conoce el reino, el despojo del reino, el exilio, la patria y otra vez el exilio, esa manera que tienen las dictaduras de condenar al insomnio a aquellos a los que les quitan hasta el espejo de mirarse.

Cuando empezaron las amenazas de este segundo exilio, Sergio estuvo enfermo en Madrid, como si el presentimiento de la expulsión y la realidad que le siguió hubieran hecho mella en su cuerpo, y acaso también en el Tulita. Cuando te quitan la patria te hacen un hueco mayor en la vida, y la consecuencia la emite el cuerpo como un modo de rabia o de llanto. En ese periodo de tiempo en que se fue acomodando al futuro el periodista mexicano (y ahora también español) Víctor Jaime le hizo una larga entrevista de la que surgió el perfil (El segundo exilio de Sergio Ramírez), que publicó el diario mexicano Milenio y que acaba de ganar la segunda edición, de 2022, del Premio Internacional de Periodismo Mario Vargas Llosa, otorgado por la cátedra que tiene el nombre del Nobel y por la institución Atlas Network, "unidas para reconocer y promover los valores del periodismo iberoamericano".

El jurado destacó del autor del trabajo "el rigor periodístico, la consistencia ética y la defensa de la libertad en el ejercicio de su profesión"; en cuanto al texto mismo, decía el jurado, “es un amplio perfil construido con eficacia narrativa en torno a una de las consecuencias del 'despotismo tropical' que Daniel Ortega ejerce en Nicaragua: el exilio de personas que luchan por fortalecer la democracia, como es el caso del primer escritor centroamericano en recibir el Premio Cervantes”. El presidente del jurado, Carlos Alberto Montaner, escritor cubano, destacó “la sensibilidad y el rigor en la reportería y escritura con la que Víctor Jaime ha realizado su trabajo”.

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En el reportaje, el hombre que en 1978 acompañó a Ortega en el regreso de la libertad a Nicaragua, contó la almendra central de la paradoja. “En esa época regresé porque sabía que mi resistencia estaba contribuyendo a remover los cimientos de la dictadura. Hoy mi papel no es activo, yo ahora sólo tengo la palabra, y no he vuelto ni pienso volver porque sé que Ortega sí es capaz de meterme preso o, en el mejor de los casos, encerrarme en mi casa. Sé de muchos de mi edad que tienen su casa por cárcel. Y, entre el papel de preso y el de exiliado, he elegido el de exiliado. Además, con Somoza tenía la vida por delante. Ahora, con Ortega, tengo la vida por detrás”.

Ahora, en Princeton, entre clase y clase, bajo el cielo plomizo de esa frontera apagada de Nueva York, decía en la sobremesa que su morriña, la patria que le espera, es España, y ya no dijo más, se puso a mirar los amplios ventanales desde los que se veía deambular a estudiantes de todas partes, algunos alumnos suyos, gente que no sabe del drama de Nicaragua, una dictadura que no está en los titulares contemporáneos y que ha hecho que la mirada de Sergio Ramírez sea otra vez un poema escrito en otra parte.