Harto del Poder Judicial

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Harto del Poder Judicial

Me levanto y casi en duermevela veo un cohete despegar hacia el nunca jamás. Explorará la posibilidad de instalarse en la Luna y de un primer viaje con humanos a Marte. Uno nunca sabe cuándo empieza un tiempo nuevo y quizá hoy se inaugura una nueva fase en la breve historia de la humanidad. Como uno nunca sabe cuándo se ha quedado varado en el pasado. Como hay palabras que se encierran en el olvido y que un día, de pronto y por sorpresa, estallan en el presente. Me pasó hace poco con ‘soplamocos’, una de esas palabras compañeras de la infancia que a saber en qué cajón blindado quedó después. ¿Cuándo desaparecen las palabras? ¿Cuántas estarán en ese baúl a la espera de asaltar un día el presente? Seguro que forman una historia sentimental de nuestras vidas.

Los días (estos) son más de preguntas que de grandes frases. ¿Desde cuándo los tribunales colonizaron la vida de este país? Cojo el móvil y lanzó la pregunta a un par de viejos amigos. Tiene una explicación. Abres este jueves, por ejemplo, el periódico nacional de más nombradía, esencial en el desarrollo de este país desde la Transición hasta aquí, y todas las páginas de su sección de España rebosan de información judicial: por supuesto, el ‘solo sí es sí’ y la excarcelación de agresores sexuales (pocos), pero también la ley de Memoria Democrática (antes Histórica), los cambios legales en la sedición y quién sabe si en la malversación, el caso Púnica madrileño, los ERE, claro, también, y la infinita e insoportable pelea en el Consejo General del Poder Judicial entre conservadores y progresistas (¿vale de algo un órgano tan importante si no hay nadie independiente?, ¿soy un iluso al pensar que existe alguien independiente, incluso yo mismo?). Me declaro harto del poder judicial y asumo mi parte, a escote, de culpa. Harto no del órgano de gobierno, ni de los jueces como profesionales individuales, sino de nuestra dimisión colectiva (y no solo es un caso español) en favor de ese otro poder.

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¿Hay vida más allá de la justicia en este país? ¿Existe la ciudadanía más allá que como ente potencialmente sujeto a una ley? Me parece que si estamos así es porque todos empezamos a convenir que era más cómodo. Los partidos y los políticos (unos más que otros, sí, pero al final a todos les ha sido aceptable) lo hicieron en el momento que aparcaron los conceptos de moral y responsabilidad política y ligaron su estancia en el puesto a que lo decidiera un juez. Y los demás lo hicimos porque se vive más tranquilo cuando se delega la toma de decisiones en otra instancia, aparentemente fría y pulcra. Si algo no va, que venga un juez y lo arregle antes que buscar soluciones compartidas. Acuerdos. Y así hemos ido dejando en cueros la confianza en las instituciones, a la espera de que llegue un salvador, dígase Donald Trump o similar, y nos convenza de que es mejor la fe en él que en esas carcomidas instituciones que solo amamantan a una legión de apesebrados dispuestos a hundirnos la vida para mantener sus privilegios.

Entre creer en el sistema, con sus errores, y creer en nuevos emperadores populistas, me quedo con el sistema. Creí que nunca diría algo así, pero me declaro (también) el más prosistema del planeta. Solo hay que observar los hechos de esta misma semana. Entre quien tras caer unos misiles en territorio OTAN sale rápido a decir que es altamente improbable que los proyectiles sean de Rusia y quien sale a la tribuna para decir que modificará las leyes electorales de EEUU para que el país recupere confianza en las urnas porque él no ha ganado, tengo claro con qué me quedo. Entre Joe Biden y Trump, entre la confianza en las instituciones y quien pide confiar solo en él, el nuevo mesías, sé con qué me quedo. Puede que no sea desear la revolución, pero incluso la nueva izquierda hispanoamericana decía hace poco que rechazar la democracia liberal, con sus defectos, suele acabar conduciendo a la dictadura. Lo afirmaba Gustavo Petro, nuevo presidente de Colombia, al tiempo que su colega chileno, Gabriel Boric, condenaba el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua. Puede que no sea desear la revolución, pero hace mucho que se me pierden palabras en el olvido.