ESPEJO DE PAPEL

El pájaro, el rinoceronte y la intuición de Lanzarote

La isla tiene dos tesoros a los que no prestan atención ni el Estado, ni la isla, ni la Comunidad: César Manrique y José Saramago

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Imagen de archivo (2009) del escritor portugués José Saramago en la biblioteca del que fue su domicilio en Lanzarote.

Imagen de archivo (2009) del escritor portugués José Saramago en la biblioteca del que fue su domicilio en Lanzarote. / EFE/Martínez de Cripán

A escasos kilómetros uno de otro, Lanzarote tiene dos tesoros a los que no prestan atención ni el Estado, ni la isla, ni la Comunidad, ni esas instituciones cuyos representantes se ponen en primera fila en las celebraciones o en los entierros, para darse golpes de pecho culturales. Esto de los golpes de pecho culturales es más viejo que el fuego, o que los volcanes, y en Lanzarote se producen para vergüenza de una sociedad y de un Estado que insisten en la apariencia por encima de cualquier compromiso real con aquellas cosas que acarician gratis. 

Esos tesoros desatendidos tienen nombres propios, los de César Manrique y José Saramago, que por esas casualidades que el destino le presta a Lanzarote fueron sucesivamente focos de atención sobre una isla que en un tiempo fue un erial, un campo sin labrar, y que en concreto César rescató para hacer de ella una de las maravillas del mundo, resaltando simplemente los valores que ya tenía la naturaleza de lava y arena y montañas y fuego en la isla que reinventó queriéndola. 

Saramago llegó muy poco después de la muerte de César, en 1993, atraído por su mujer, Pilar del Río, escritora, periodista, después del enorme desengaño que supuso para él el desdén que el Gobierno de su país, presidido entonces por Cavaco Silva, había perpetrado contra su libro El Evangelio según Jesucristo, vetado en un certamen europeo de excelencia literaria. No le gustó la novela a Cavaco pensando que quizá no le gustara a Dios.

Saramago y César habían quedado para verse en octubre de 1992, cuando el portugués y la andaluza, pues Pilar es andaluza y ahora también es portuguesa, pero un accidente sajó la vida del artista que rehízo Lanzarote para la historia impidió ese encuentro que de todos modos se produjo en el aire y en el compromiso lanzaroteño del poeta de Azinhaga. César murió poco antes, el 25 de septiembre, de que se cumpliera una cita que ya solo sería metafórica. 

Manrique había redescubierto para la isla las cuevas y los paisajes, les había dado regalado pasión y alegría a lo que otros creyeron que eran rastrojos o nada, y poco a poco, luchando contra los elementos retardatarios de la sociedad, con el apoyo de un solo hombre, el presidente del Cabildo de entonces, colocó en toda la isla avisos sobre la calidad de sus tesoros. Así nacieron para la historia la Cueva de los Verdes, los tesoros de Timanfaya, todos los valores subterráneos de la isla de la lajiales, el Mirador del Río, le sacó brillo a Famara, donde de chico corría “como una cabra loca”, y creó, entre otras maravillas de su imaginación y de su tiempo, esa casa en la lava que ahora es el centro de mayor interés, artístico y turístico, de su intuición de la isla. Andar por esa casa es un milagro que tiene que ver con el entusiasmo que produce estar o vivir en Lanzarote.

Esa intuición de la isla que tuvo César un día, sentado sobre una de esas cuevas con su amigo Pepín Ramírez, que entonces era el presidente del Cabildo de Lanzarote (el padre de Pepe Juan, el presidente de la Fundación César Manrique), creó la maravilla del Lanzarote de hoy, siempre amenazado por el gigantismo de las ambiciones políticas o empresariales, incapaces todavía de desafiar a la naturaleza de cuyo respeto ha dependido el tesoro que aun supone. Y una intuición igual tuvieron Saramago y su mujer cuando prefirieron la isla a cualquier otro destino cuando buscaban aquí el refugio y el reino. Así que aquel encuentro que quisieron César y José luego se produjo como un abrazo que el portugués convirtió en literatura. 

Aquí el que sería Nobel prolongó en literatura su visión de la isla, añadió su personalidad a la de la isla recreada por César y ahora conviven en la isla la escritura (sobre Lanzarote o sobre la vida) en los dieciocho libros que aquí escribió, sentado tras un escritorio que ahora se mantiene intacto en la casa (A Casa, como la bautizó) que compartió con Pilar del Río hasta el último suspiro, en 2010. 

Esa A Casa y sus circunstancias, la vida de Saramago por las veredas secas de la isla de César, son la materia del libro La intuición de la isla, publicado por Pilar del Río en la editorial itineraria sobre “los días de José Saramago en Lanzarote”. Es un libro en el que Pilar alterna la atención a lo que escribió su marido con las circunstancias que llevaron al escritor a plasmar ahí, en sus apetencias y en su literatura, aquello que mantuvo feliz y aquí al autor de El ensayo sobre la ceguera: el aire de Lanzarote, el que no le podía robar, como dijo un día, la satrapía que le censuró uno de sus libros más potentes y decisivos. 

Y a la vez que ese libro ha salido a la calle y a la lava, y con la lava y con la calle convive ya otro libro nacido en Lanzarote y del que es autor el escritor y poeta, y director de la Fundación César Manrique, Fernando Gómez Aguilera, José Saramago. El pájaro que pía posado en el horizonte (La umbría y la solana), sobre los libros que el Nobel concibió, entre ellos los que concibió en los años en que estuvo en este territorio que lo prolongó como artista y como ciudadano. Del mismo modo que en el libro de Pilar está la mirada civil, ese hombre aspirando el aire de la isla que intuyó, en este de Fernando está el Saramago sentado tras ese escritorio del que partió una manera más luminosa, más feliz, de concebir la literatura como la respiración de la gente. 

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Tras las huellas de esas maneras de recontar la isla, o de imaginarla, según César, según José, fuimos a ver las fundaciones vecinas, aquella que hace inmortal al artista de la isla, y la que subraya los libros del escritor portugués que quiso ser también lanzaroteño, la casa y la biblioteca. Ninguna de las dos es sostenida por institución pública alguna, viven de lo que les llega de aquellos que las visitan, nadie de los que luego aquí se hacen fotografías para unir su historia a las de los dos ilustres antepasados mueve un dedo para que las administraciones que ellos presiden presten ayuda a la continuidad de estas dos manifestaciones de gratitud al pintor y al poeta, la Fundación César Manrique, la Fundación José Saramago, garantizado sus lugares y su futuro sobre la tierra. 

Como decía hablando de otras cosas el poeta canario Alfonso O´Shanahan, “lo dijo para execrable memoria de nuestro tiempo”.