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Avatares de carne y hueso

Los avatares están evolucionando rapidísimamente y convirtiéndose en una herramienta fundamental para interactuar en espacios de realidad virtual y de realidad aumentada

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Avatares de carne y hueso

Avatares de carne y hueso / EFE

En el futuro todos tendremos un avatar digital de uso corriente, de la misma manera que hoy vivimos todos con un dispositivo móvil permanentemente en la mano. Habrá personas caprichosas que posean varios modelos con todos los accesorios a la última, y habrá excéntricos o gruñones que presuman de no utilizarlos jamás, como resistencia o distinción, al estilo Boyero. En cualquier caso, será imprescindible para la vida. Como con otras novedades, empezará siendo una herramienta de uso minoritario, sólo early adopters, y terminará generalizándose, por su funcionalidad y posibilidades, provocando una profunda transformación social.

El episodio 1 de la sexta temporada de The Good Fight -serie que aborda magistralmente muchos de los dilemas jurídicos que plantea el desarrollo tecnológico, además de hacer una aterradora reflexión sobre el deterioro de la democracia liberal-, expone el caso de una supuesta violación a una mujer en un espacio virtual, avatar mediante. El dilema se puede analizar desde diferentes puntos de vista, pero el elemento nuclear, el epicentro de la reflexión, es si somos o no nuestros avatares. Es magnífico; hay que verlo y discutirlo con las amigas. Las implicaciones son importantes.

Un avatar es una representación de uno mismo. Es una imagen asociada a una identidad. En su forma más básica y común es una foto o un dibujo que escogemos para identificarnos en las redes sociales, en videojuegos o en espacios virtuales. Puede ser realista, inspirada en nuestra propia fisonomía, o puede ser alternativa, una versión escogida para la ocasión, destinada al juego o al despiste. Como todo en la realidad digital, los avatares están evolucionando rapidísimamente y convirtiéndose en una herramienta fundamental para interactuar en espacios de realidad virtual y de realidad aumentada. Hoy ya hablamos de avatares 3D, 3.0 y avatares inteligentes.

Las compañías y administraciones públicas que tienen o trabajan en sus metaversos proponen y definen diferentes avatares para sus propios espacios. Sin embargo, es lógico pensar que en algún momento sea posible la integración de espacios virtuales conectados que permitan una única identidad digital, contrastada y autorizada, legal, que nos permita trabajar, viajar y jugar en la realidad virtual con un único avatar, de manera fácil y segura.

Podríamos decir que un avatar es un disfraz, una impostura, o tal vez más bien un intermediario de la propia identidad. En realidad, y una vez más, nada nuevo para la filosofía. ¿Acaso en nuestras interacciones con el mundo físico no somos siempre en realidad una representación, una versión mejorada, incluso una ficción de nosotros mismos? Nuestra forma de vestir, de movernos, de expresarnos, incluso de posicionarnos ideológicamente, implican una elección, una selección de ropa, estilo, palabras e ideas que nos damos para concedernos una identidad y definirnos ante los demás y en la sociedad. ¿No somos muchas veces o todo el tiempo avatares de carne y hueso? A ese que ya llevamos puesto, le añadiremos uno digital y nos seguiremos haciendo la eterna pregunta: quiénes somos. ¿Quiénes somos realmente?

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