ANÁLISIS

El derrumbe de Vox, la baza de oro de Feijóo

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Santiago Abascal y Macarena Olona

Santiago Abascal y Macarena Olona / EFE

Vox está claramente de capa caída en estos últimos meses, como acreditan todas las encuestas (la última del CIS, que deja al partido con el 10,3% de los votos, el mínimo desde 2019, no hace más que remachar una tendencia ya marcada por la demoscopia privada). Las huestes de Santiago Abascal consiguieron su objetivo de ingresar en febrero el gobierno de Castilla-León con el 17,6% de los votos, lo que les proporcionó la vicepresidencia de Juan García-Gallardo y tres consejerías fruto del pacto de investidura con el PP, pero no han sido capaces de remontar el shock que les ha producido su contratiempo en Andalucía, donde fueron decisivos en la legislatura anterior y tras las elecciones de junio han pasado a la irrelevancia más absoluta, al obtener el PP la mayoría absoluta de los escaños.

Hasta la caída de Pablo Casado en abril, Vox mantuvo una presencia activa en las instituciones y en la calle, espoleado en cierto modo por el rechazo del PP que, a semejanza de lo que ha sido habitual en Europa, mostraba reservas explícitas a la hora de pactar con la extrema derecha. Sin embargo, Feijóo, quien llegó a tiempo de asistir sin rechistar a la formación del gobierno híbrido castellano leonés, no se ha opuesto claramente a la colaboración entre PP y Vox, que ya es un hecho en esas tierras.

Un fenómeno complejo

El derrumbe de Vox es, como todo en política, un fenómeno complejo, en el que intervienen diversos factores. El más general es el declive de los partidos secundarios, Unidas Podemos y Ciudadanos, a causa del fortalecimiento espontáneo de los actores del bipartidismo imperfecto. El declive de PP y PSOE fue la consecuencia de la gran crisis de 2008, que incluyó el estallido de la burbuja inmobiliaria, y que ni PP ni PSOE (ni la UE, en aquella ocasión) supieron prevenir, adivinar ni mucho menos afrontar y resolver, lo que nos sumió en una dolorosa recesión. Aquello coincidió con el descubrimiento de numerosos casos de corrupción, lo que acentuó en descrédito de la política, y todo aquello llevó al electorado a explorar las terceras vías. A ello se debió el auge de UP, Vox y Cs (que se hundió en picado por el error de Rivera). Pero poco a poco, tanto el PP como el PSOE volvieron a asumir el principal protagonismo en las sucesivas crisis posteriores: la gran pandemia, la erupción de La Palma, la guerra de Ucrania… No hemos regresado, ni mucho menos, a los equilibrios anteriores a las elecciones de 2015 pero los dos grandes partidos del centro-derecha y del centro-izquierda han recuperado presencia y protagonismo.

Otro elemento de la crisis ha sido la deserción, todavía inconcreta, de Macarena Olona, quien desarrolló una extraña campaña electoral como jefa de filas en Andalucía y amagó después con retirarse de la política a causa de una enfermedad. Ahora ha realizado una vasta gira por libre por toda España, exhibiéndose mesiánicamente en el camino de Santiago, provocando incidentes en Granada, entrevistándose con personajes como Mario Conde e insinuando la formación de un nuevo partido (es claro que se contempla en el espejo italiano, donde Giorgia Melloni es una promesa para la extrema derecha). Ha emplazado además a Santiago Abascal para mantener una reunión en que ambos aclaren si ella sigue o no integrada en Vox. Suceda lo que suceda, es evidente que el riesgo de escisión es real y que la ruptura no se resolverá con simples gestos.

"Los experimentos y las terceras vías tienen escaso margen de lucimiento"

La concatenación de crisis en España, que han requerido y requieren la intervención del Estado para repartir con equidad las cargas y socorrer a los damnificados, ha forzado la presencia activa del Gobierno de coalición, tanto en el caso de la pandemia —en la lucha contra la enfermedad y en la consecución de fondos europeos para remontar la recesión— como ahora con el proceso de estanflación, recalentado por la guerra de Ucrania y la crisis energética. El PP, por su parte, es el antagonista claro de la acción gubernamental, y a su cargo corren la contradicción y el control. En estas circunstancias, los experimentos y las terceras vías tienen escaso margen de lucimiento, y ello explica en parte esta especie de desvanecimiento que experimenta Vox, cuyas soluciones extremas y radicales no terminan de cuajar en un país históricamente centrista desde 1975.

El eclipse de Vox beneficia a todo el espectro político moderado, pero sobre todo a Feijóo, quien ha tenido un bronco aterrizaje en Madrid, probablemente porque la política capitalina es mucho más exigente y dura que la de la periferia. Como se vio en el debate del aspirante con el presidente Sánchez, el nuevo líder popular tiene aún debilidades que deberá enmendar, pero ello le será mucho más fácil si no ha de competir también con los ultramontanos para impedir fugas por estribor dentro del propio PP.

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