LA VENTANA LATINOAMERICANA

Chile: arrasó el rechazo

Gabriel Boric tenía preparados dos discursos alternativos, por si ganaba el apruebo o el rechazo, pero ni su peor escenario contemplaba un resultado tan catastrófico

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Adherentes de la opción Rechazo celebran el resultado del plebiscito constitucional, en la comuna de Las Condes en Santiago (Chile).

Adherentes de la opción Rechazo celebran el resultado del plebiscito constitucional, en la comuna de Las Condes en Santiago (Chile). / EFE/Alberto Valdés

Como preveían todas las encuestas, el “rechazo” se impuso en el plebiscito para aprobar la nueva Constitución de Chile. Sin embargo, ninguna de ellas hablaba de un triunfo tan contundente (por casi 20 puntos). Cuanto más, estudios y analistas especulaban, como máximo, con la mitad de esa cifra. Pese a ello, casi todas las señales remitían a un acortamiento de las diferencias, a un resultado muy ajustado, cualquiera fuera el ganador.

Ocurrió algo diferente, que provocó una especie de terremoto en La Moneda, la sede del gobierno. Allí, el presidente Gabriel Boric comenzó a recibir noticias preocupantes sobre el desenlace de la votación y debió cambiar el guion de su intervención posterior. Si bien Boric tenía preparados dos discursos alternativos, por si ganaba el apruebo o el rechazo, ni su peor escenario contemplaba un resultado tan catastrófico.

Pese a todo, Chile mostró una vez más que sus instituciones funcionan y que la vida política está presidida por un fuerte ideal republicano. No solo por el reconocimiento presidencial de la derrota y al señalamiento de que el pueblo se había expresado, sino también por las declaraciones de líderes de los partidos de la derecha de que se debería seguir avanzando en la redacción de una nueva Constitución. Incluso, que ésta debería recoger algunos conceptos importantes del texto ya rechazado, como el reconocimiento del estado de derecho o la paridad entre hombres y mujeres.

Este desenlace ha dejado claro que la posición de Boric se ha debilitado de forma considerable. Erróneamente, aunque tampoco tenía mucho margen de maniobra para otra cosa, vinculó su futuro político al resultado del plebiscito. Por eso, no solo debe enfrentar ahora una remodelación en profundidad de su gabinete, con el relevo de algunos de sus principales amigos y colaboradores, sino también la manera de integrar un gobierno que hasta ahora ha descansado en el equilibrio inestable de dos coaliciones diferentes.

Por un lado, Apruebo Dignidad, la suma del Frente Amplio, el conjunto de fuerzas más próximas a Boric, y el Partido Comunista, que vio en su día cerrado su camino al poder por causa del ascenso fulgurante del actual presidente. Por el otro, el Socialismo Democrático, conformado básicamente por el Partido Socialista (PS) y el Partido por la Democracia (PPD), que si bien tiene un papel secundario en el gabinete, es capaz de aportar cuadros, ideas y gobernabilidad a un Ejecutivo carente de todos ellos. 

La cuestión de fondo es qué protagonismo querrá dar Boric a una y otra alianza. El centro izquierda, base de la anterior Concertación, buscará sacar partido de un resultado tan adverso para los intereses del oficialismo. Para eso necesita sumar más cuadros a un gobierno al que incluso ve como demasiado inexperto. 

A la vista de lo ocurrido, el lunes 5 de septiembre comenzó un nuevo tiempo político. Habrá que ver en qué medida tanto la izquierda como la derecha son capaces de converger en una Constitución de consenso. En este sentido, es importante que nadie intente adueñarse del resultado. En el futuro inmediato, que ya se ha abierto, el Congreso tendrá un protagonismo especial. 

Contrariamente a los intereses del oficialismo, en ambas cámaras el peso de los partidos de derecha es fundamental, obligándolo a negociar desde una postura de cierta debilidad. Ahora bien, los más lúcidos representantes de la derecha saben que ni de lejos su caudal electoral supera el 50% y, por tanto, no deben cometer los mismos errores de la izquierda al redactar una Constitución desequilibrada y solo para sus propios seguidores.

Al mismo tiempo, el triunfo del rechazo tendrá importantes consecuencias en América Latina. En primer lugar, al cuestionar la idea del giro a la izquierda, de la omnipresencia de gobiernos “progresistas” y de las “virtudes populistas”. En segundo lugar, porque hará que aquellos líderes interesados en impulsar reformas constitucionales en sus propios países se lo piensen dos veces, sobre todo si quieren hacerlo con estándares medianamente democráticos. Para comenzar, es el caso de Perú, de Honduras e incluso, aunque con muy escasas opciones, de Colombia. 

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Aquí llama sensiblemente la atención la falta de tacto y de profundidad política del presidente colombiano Gustavo Petro, que afirmó rotundamente que “revivió Pinochet”. Asimilar con la dictadura militar a una parte importante del electorado de centro izquierda chileno, que en esta ocasión apoyó el rechazo, es un serio error de análisis.

Los sucesos de octubre de 2019, origen del actual proceso constitucional, mostraron que el país anhelaba un cambio profundo. Sin embargo, los encargados de llevarlo a cabo erraron en su diagnóstico y eligieron herramientas inadecuadas para solucionar los problemas del país. Lo que ha mostrado este proceso es que Chile necesita una nueva Constitución, que sea de todos. Y para ello es necesario diálogo y un amplio consenso entre todos los actores políticos y sociales implicados.