CALEIDOSCOPIO

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Árboles y vegetación quemada por el fuego de Bejís que ha afectado a unas 20.000 hectáreas. EP

Árboles y vegetación quemada por el fuego de Bejís que ha afectado a unas 20.000 hectáreas. EP

Carlos Tarazona Grasa, agente forestal destinado en el valle del río Isábena, en el Pirineo de Huesca, e investigador y divulgador de todo lo que tiene que ver con su profesión, publicó a sus expensas hace tres años un libro, 'Pinos y penas', que era el resultado de muchos años de estudio del proceso de repoblación forestal en Aragón y que incluía el documental del mismo título que el propio Tarazona rodó en el 2007 sobre el mismo tema. Por mi vinculación literaria con su provincia y por mi amistad con él, tuve el honor de presentarle su libro en Huesca cuando salió sin ser yo más que un aficionado al paisaje y no tener otros conocimientos botánicos y forestales que los que me proporcionó la introducción del libro. Sus 900 páginas y su profusión de gráficos y datos técnicos no me invitaron a profundizar mucho más en él.

Pero tanto el documental como el libro de Tarazona se prestan a una lectura paralela que es la que a mí más me interesó y es la de la narración de un proceso, el de la repoblación forestal en España, cuyas circunstancias mucha gente ignora y que abarcó varias décadas de la historia reciente de un país tan necesitado de árboles como de reservas hídricas. Fueron estas, precisamente, las principales razones que originaron la repoblación forestal de lugares como el Pirineo, donde la erosión provocada por la deforestación de siglos por parte de ganaderos y agricultores hacía que los embalses que por entonces se construían en aquellos valles corrieran el riesgo de colmatarse en seguida por el arrastre de tierra de las lluvias.

La historia de los repobladores, aquellos hombres que araron a puro brazo los montes del Pirineo sin más ayuda que la animal (bueyes y mulas) antes de que llegaran los primeros bulldozer, es otra de las epopeyas de este país desconocida por la mayoría

Relacionada con ella, la historia de los repobladores, aquellos hombres que araron a puro brazo los montes del Pirineo sin más ayuda que la animal (bueyes y mulas) antes de que llegaran los primeros bulldozer, es otra de las epopeyas de este país desconocida por la mayoría. Aparte de los vecinos de la región, por los años 50 y 60 a las montañas del Pirineo, como a otras regiones de España, arribaron gentes de todo el país, principalmente andaluces y extremeños, cuya historia cuenta en su documental Carlos Tarazona sin ahorrar detalles de su esforzada vida.

Con su llegada, el régimen franquista solucionó dos problemas de golpe: uno, la falta de mano de obra en las aldeas del Pirineo, ocupada en su mayoría en las labores tradicionales del pastoreo y la agricultura que les servían de subsistencia, y el otro rebajar la tensión del polvorín social que en determinadas provincias del sur de España, con cifras de desempleo que alcanzaban hasta el 60 por cien de la población, podía explotar en cualquier momento.

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Las fotografías y los testimonios de aquellos hombres vestidos inadecuadamente para las temperaturas invernales de la zona y que dormían en barracones y en casas abandonadas y trabajaban de sol a sol por sueldos de miseria ofrecen una visión de la necesidad y el atraso de aquella España de la posguerra que acometió la realización de un sueño repoblador que habían diseñado tiempo atrás visionarios como Joaquín Costa, hombres que comprendieron que el gran problema de España era su geografía y su sequedad: “A menos árboles, más torrentes; a más torrentes, menos manantiales: esta es la cadena”, escribió Joaquín Costa en El Arbolado y la Patria en 1912.

Conviene conocer esas historias, la de los sueños regeneracionistas de los precursores de la reforestación del país, pero también la de esas personas anónimas que los llevaron a cabo con su esfuerzo personal, para valorar la pérdida que supone cada uno de esos incendios que arrasan cada verano los bosques de un país cada vez más amenazado por la desertización.