EEUU

Los riesgos de la vuelta de Trump

Salvo una victoria republicana, es difícil prever la reacción de Trump y de los gobernadores afectos a su causa en la cita electoral de noviembre

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Imagen de archivo de Donald Trump. EFE/EPA/TANNEN MAURY

Imagen de archivo de Donald Trump. EFE/EPA/TANNEN MAURY

El comportamiento de Donald Trump tras el registro del FBI en su residencia de Mar-a-Lago y de su comparecencia ante la fiscal general de Nueva York tiene poco que ver con el legítimo derecho a la defensa y mucho con el propósito de acentuar la polarización en Estados Unidos, movilizar a sus seguidores y presentarse como víctima de una persecución política supuestamente orquestada por el Partido Demócrata. 

Pese a algunas fisuras, el Partido Republicano ha cerrado filas con el expresidente, que comanda sin rivales una formación desde la que pretende hacerse de nuevo con la Casa Blanca. Trump se resistió a abandonar con elegancia la arena política, al no aceptar su derrota electoral frente a Joe Biden en noviembre de 2020. Y el 6 de enero de 2021 calentó los ánimos de una multitud enardecida que asaltó el Congreso en lo que tuvo todas las trazas de un conato de golpe de Estado.

En ningún momento ha dejado de maniobrar para poner al Partido Republicano a sus pies. Lo ha hecho siguiendo la estrategia que puso en práctica durante su estancia al frente del país. Ni el episodio de Mar-a-Lago ni la cita de la fiscalía son fruto de una caza de brujas, como ha dicho el expresidente, sino de la fundamentada creencia de que se llevó de la Casa Blanca documentación que la ley obliga a entregar al Estado cuando vence un mandato presidencial, y de que la gestión de sus negocios se traduce en una suma de irregularidades contables, incluida la evasión fiscal.

Se trata de una situación insólita para un político que quiere presentarse de nuevo en 2024 a las elecciones y aún más para el Partido Republicano. La formación no se ha emancipado de los oscuros manejos de Trump y está arrinconando a quienes encarnaban más un conservadurismo basado en la moderación, la defensa de los intereses de las grandes corporaciones, la ley y el orden, y no en la subversión caudillista del sistema. Una actitud que azuza a diario la división del país y radicaliza el choque cultural entre el mundo liberal y el ultraconservador. Tras el registro en su residencia, Trump parece haber revalidado su dominio en el viejo partido.

En tal coyuntura, su comportamiento lo convierte en un personaje peligroso para la buena salud de la democracia y en un manipulador con poder para extender su forma de entender la política más allá de Estados Unidos. No por acogerse a la Quinta Enmienda y evitar responder a las preguntas de la fiscalía o por criticar al juez que autorizó el registro en su residencia -algo a lo que tiene todo el derecho- sino por utilizar esos momentos como palancas de movilización popular llenas de riesgos a tres meses de las elecciones al Congreso.

Salvo una victoria republicana, es difícil prever la reacción de Trump y de los gobernadores afectos a su causa en la cita electoral de noviembre. Porque el expresidente ha hecho saltar por los aires todas las convenciones políticas asociadas al juego limpio.

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