EDITORIAL

Mercantilización del fútbol

Sería deseable un punto de equilibrio entre la generación de riqueza y la esencia competitiva

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Joan Laporta y Robert Lewandowski.

Joan Laporta y Robert Lewandowski.

La Liga española de fútbol ha arrancado antes de lo que suele ser habitual y concluirá el 4 de junio del 2023 porque este invierno se disputará entre el 20 de noviembre y el 18 de diciembre el Mundial de Catar, un evento que ha obligado a alterar el calendario de las competiciones nacionales. Como sucede cada año en los prolegómenos de la Liga, hemos asistido al capítulo de los fichajes y al espectáculo de los grandes clubes disputándose en subasta a las grandes estrellas del balón. Lógicamente, los ricos tienen muchas más opciones que los pobres de tener a los mejores jugadores, aunque por fortuna la UEFA obligó hace años a un fair play financiero por el cual los clubes solo pueden gastar cien millones de euros más que los ingresos que puedan acreditar. Esta fórmula, introducida en nuestro país por LaLiga en forma de límite salarial, impide que alguno rompa el mercado y la competición poniendo dinero de su propio bolsillo. Es sabido que emires cataríes, oligarcas rusos y magnates chinos se están apoderando de clubes deportivos de toda Europa. El emblemático Paris Saint Germain (PSG) es un ejemplo de los llamados clubes-estado. Nadie duda de que este deporte de masas con unos toques de sano localismo se ha convertido hace tiempo en un negocio globalizado, televisado y mercantilizado, en el que intervienen los clubes y los grandes anunciantes internacionales olvidando a menudo la esencia del fútbol: los aficionados.

Cuando esto ocurre, la transparencia desaparece y se adoptan decisiones incomprensibles, como la concesión del Mundial a Catar, un pequeño país opulento y desértico sin tradición futbolística que debe disputarse en invierno porque las altas temperaturas en verano son allí insoportables. Aunque no se han confirmado las sospechas de corrupción que planearon sobre su designación, queda claro que el factor económico prevalece sobre todos los demás, incluido el respeto a los derechos humanos.

La mercantilización del fútbol está provocando que surjan propuestas de nuevas competiciones como la Superliga. Lo deseable sería lograr un punto de equilibrio para que el fútbol siga siendo realmente un deporte basado en los clubes, con sus canteras y sus aficiones sin que el legítimo derecho a ser rentable desvirtúe la esencia competitiva. Generar riqueza, promover el turismo, permeabilizar a los países y aportar una sana distracción a un mundo sombrío y tecnificado debería ser compatible con el juego limpio y el azar deportivo. En este contexto marcado por la influencia de los grandes grupos empresariales y de Estados como Catar o Arabia Saudí, se agranda la distancia entre los dueños de los clubes y los hinchas. Casi a diario vemos adquisiciones de clubes modestos por grupos extranjeros que prometen ascensos meteóricos. De ahí que también surjan iniciativas para devolverle al fútbol su dimensión popular ayudando a los aficionados a recuperar los clubes para la gente.

La opinión del diario se expresa solo en los editoriales. Los artículos exponen posturas personales.

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