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Afganistán: un fracaso colectivo

Con el regreso al poder de los talibanes hace un año, tras la salida precipitada de EEUU y sus aliados, el país vuelve a ser un problema en el corazón de Asia

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Afganistán: un fracaso colectivo

Cuando se cumple un año del regreso al poder de los talibanes en Afganistán, la realidad ha desmentido todas las previsiones bienintencionadas. Con la salida precipitada de Estados Unidos y la caída del régimen del presidente Ashraf Ghani, Afganistán es hoy una economía devastada por la impericia de sus gobernantes y por la falta de ayuda internacional. La sociedad está sujeta a la arbitrariedad y al rigor de la sharia que ha degradado el estatus de las mujeres al de ciudadanas de segunda.

El país da probablemente cobijo de nuevo a la dirección de Al Qaeda como en el pasado. Todo es fruto de la falta de previsión de Washington y sus aliados después de que la OTAN anunciara unos meses antes la evacuación total del país, condenando a la derrota a un régimen débil, tutelado por los aliados y que nunca llegó a controlar el territorio. 

Afganistán es de nuevo un problema en el corazón de Asia, un foco de inestabilidad en un entorno de por sí inestable en el que han encontrado acomodo diferentes facciones del yihadismo. Los errores de apreciación de los analistas de la OTAN y de la Casa Blanca, que estimaron en seis meses el tiempo que tardarían los talibanes en ocupar el poder a partir del inicio de la evacuación, se fueron al traste: en cuatro meses, del 14 abril al 15 de agosto, derrotaron al Ejército afgano y ocuparon Kabul. A partir de ahí, la retirada fue una mezcla de caos e incompetencia que dejó abandonados a su suerte a muchos de los colaboradores que trabajaron durante años para las potencias occidentales.

El hecho de que esta semana llegaran a Madrid 300 excolaboradores de los ministerios de Exteriores y de Defensa trae a la memoria las imágenes de desesperación que hace un año se vivieron en el aeropuerto de Kabul. La decisión de Joe Biden de abandonar Afganistán seis meses después de su toma de posesión le recordó a la opinión pública de Estados Unidos la derrota militar en Vietnam y la apresurada y caótica evacuación de Saigón.

Desde entonces prevalece la sensación de que cuanto se hizo soslayó desde el principio las consecuencias. Lo único que realmente se tuvo en cuenta en Washington fue la necesidad de salir del avispero cuanto antes provocando una rápida ocupación de los resortes del poder por los talibanes, la consolidación de su pacto con la mayoría de señores de la guerra locales y la claudicación de la resistencia en el norte del país. Y hoy es imposible corregir los efectos del desaguisado de hace un año, cuando incluso se llegó a decir que, una vez asentado el poder de los yihadistas, sería posible llegar con ellos a algunos compromisos, incluida la salvaguarda de los derechos de las mujeres durante dos décadas. 

Las condiciones de los afganos se han degradado a ojos vista, los gobernantes de Kabul han vuelto a manifestarse como un grupo ajeno a las convenciones más elementales del statu quo internacional y han aislado a su país tanto como lo estuvo hasta 2001. Están en lo cierto cuantos ven en el Afganistán de hoy un gran fracaso colectivo.  

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