LA VENTANA LATINOAMERICANA

Los desafíos del presidente Gustavo Petro

Es mucho lo que hay en juego y en esta partida los desafíos del nuevo presidente son descomunales

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El candidato a la presidencia de Colombia por la Coalición Pacto Histótico, Gustavo Petro.

El candidato a la presidencia de Colombia por la Coalición Pacto Histótico, Gustavo Petro. / EFE

El próximo 7 de agosto, Gustavo Petro asumirá la presidencia de Colombia. A partir de entonces le esperan una enorme cantidad de retos, lo que habla a la perfección de la magnitud de la tarea que tiene por delante. El hasta ahora presidente electo es tan consciente de su titánica misión que en el tono mesiánico y apocalíptico que suele acompañarlo, señaló recientemente en una entrevista a un medio escrito que “si yo fallo, vienen las tinieblas que arrasarán con todo; yo no puedo fallar”.

Petro sabe plenamente que su elección ha generado una dosis desmedida de expectativas, las mismas que el mismo se dedicó a potenciar durante su larga campaña electoral. Obviamente, sus promesas electorales, que abarcan de lo político y económico a lo social y cultural, están detrás de las esperanzas populares puestas en un legítimo futuro mejor. Esto explica lo que ha pasado con la popularidad y la imagen positiva de Petro en las semanas posteriores a su elección, que han crecido de forma sostenida, incluso antes de comenzar su mandato. 

Aquí radica, precisamente, el primer desafío del nuevo presidente. Dar una respuesta positiva a la mayor parte de las expectativas generadas y canalizar adecuadamente los legítimos deseos de la gente. Petro es profundamente conocedor de los riesgos que corre. Es un político profesional, de larga experiencia en el sistema político colombiano, que no desconoce que llegados a este punto la frustración popular puede convertirse en un problema mayúsculo. Un problema que podría, incluso, dar lugar, a movilizaciones violentas, similares a las que debió enfrentar Iván Duque en diversos momentos de su gobierno, algunas de las cuales el propio Petro llegó a alentar. De ahí su alusión a las tinieblas y su preocupación por un desbordamiento generalizado que podría acabar con su experiencia reformista. 

El segundo gran desafío de Petro está directamente vinculado al anterior. Para poder cumplir con sus promesas, para poder introducir mejores sensibles en el sistema de salud, en la educación, en las pensiones, en las condiciones de vida de los sectores populares, entre otras, necesita de una gran cantidad de recursos. Sin embargo, ni las consecuencias de la pandemia ni las repercusiones globales de la invasión rusa a Ucrania facilitan las cosas, sino todo lo contrario. 

De ahí la urgencia de sacar adelante su reforma tributaria, que debería ser la piedra angular de su nueva administración. ¿A quién gravar y cuánto? ¿A los particulares o a las empresas? ¿Solo a los más ricos o a la mayor parte de la población de una forma progresiva? La moraleja indudable es que sin dinero no hay reformas, y sin reformas podrían retornar a Colombia la oscuridad y la polarización pasadas, dos fenómenos repetidamente denunciados por el nuevo mandatario.

Esto nos lleva directamente al tercer gran desafío. ¿Podrá Petro ser el presidente de todos los colombianos o gobernará solo para un sector de la población, aquel que lo respaldó en la primera vuelta? No se trata únicamente de recuperar el proceso de paz con las FARC y llevar adelante las negociaciones con el ELN. Hay mucho más en juego. Los primeros pasos del impulsor del Pacto Histórico parecen ir en la buena dirección, aunque habrá que estar expectantes sobre sus resultados concretos. 

Su llamado al diálogo y al “gran acuerdo nacional” ya han dado algunos frutos, como el haberse sentado en la misma mesa con el expresidente Álvaro Uribe, otrora la misma encarnación del demonio. O los pactos con algunos de los partidos tradicionales. Tanto el Partido Liberal como el Partido de la U, o incluso un sector del Partido Conservador, han decidido respaldar al nuevo gobierno, dándole la necesaria mayoría parlamentaria, indispensable para sacar adelante el programa reformista que impulsa.

El nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro, junto a su vicepresidente, Francia Márquez.

/ EFE

El próximo gabinete también apunta en la misma dirección, intentando cubrir un amplio espectro político e ideológico. En el coexistirán las diversas almas del nuevo gobierno. Por eso, otra de las grandes tareas del próximo presidente será hacer funcionar a su orquesta de manera armónica y afinada. Hay que tener presente que en el mismo elenco estarán personalidades de talante muy diverso. Por un lado, José Antonio Ocampo como ministro de Hacienda, o Álvaro Leyva, en su día integrante del Partido Conservador, como ministro de Relaciones Exteriores. Por el otro, la vicepresidenta Francia Márquez será ministra de Igualdad o incluso nombramientos más polémicos, como el de Iván Velázquez, ex magistrado anticorrupción, al frente de Defensa, lo que probablemente generará tensiones dentro de las Fuerzas Armadas.

La gestión de Petro no solo tendrá repercusiones dentro de su país, sino también en el conjunto de América Latina. En numerosas ocasiones Colombia pareció navegar a contracorriente de la región, aunque parece que en esta ocasión la sintonía es mayor. El futuro de la izquierda latinoamericana se mirará en el espejo de su gobierno, de la forma en cómo se cumplan sus promesas a la vez que se respetan las libertades. Es mucho lo que hay en juego y en esta partida los desafíos del nuevo presidente son descomunales.

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