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Androides de compañía en Japón.

Androides de compañía en Japón. / EFE/EPA/FRANCK ROBICHON

Los algoritmos son el nuevo hype de la reflexión política y jurídica. Como con otros temas que son o fueron moda, cuando se rasca un poco resulta que en realidad no hay tanto ni tan novedoso sobre lo que debatir y regular. El tema -muchas veces envuelto en una narrativa de amenazas a la democracia y la justicia que terminarían con los algoritmos gobernando el mundo-, plantea en realidad las mismas tensiones y los mismos dilemas entre desarrollo, seguridad y derechos, que otros temas calientes de la agenda que nada tienen que ver con la tecnología, como las migraciones o el aborto, que ahí siguen, vuelven y nunca se resuelven definitivamente.

Quizás alguien se acerque a estas líneas atraído por el título y para reforzar su prejuicio negativo o morboso sobre los algoritmos, empujado por su propio sesgo de confirmación o contaminado por tanto planteamiento hiperbólico. ¿Tal vez pensando que va a encontrar una reflexión sobre la ansiedad de los robots? Sería comprensible, pues las últimas semanas el hit de las noticias tecnológicas ha sido que un ingeniero de Google ha reivindicado que el chatbot en el que trabajaba daba muestras de “haber cobrado vida”, mostrando no sólo inteligencia sino cierto grado de consciencia o conciencia, ¡hasta sentimientos! Esto ha generado un breve y fascinante debate sobre la capacidad de la inteligencia artificial de generar sentimientos y sobre el estado del arte de la cuestión. Empresas y expertos se han apresurado a confirmar que no; por mucho que los avances sean llamativos, las máquinas no sienten, aunque su dominio del lenguaje pueda generar a veces dudas y confusión. Como el título de este artículo.

Los algoritmos voraces nada tienen que ver con la ansiedad ni con perversiones tecnológicas de ningún tipo. No se comerán a nadie; antes al contrario. Un algoritmo es simplemente una secuencia de operaciones, una serie de fórmulas y de pasos lógicos que se aplican para resolver un problema. Por cierto, nada que ver con los robots. Los algoritmos voraces son los que encuentran una solución global óptima para resolver el problema, pero tomando decisiones inmediatas o pequeñas que pierden de vista el conjunto y por tanto no resultan tan inteligentes. Consumen la información disponible en cada paso de la secuencia, optando por el camino más fácil y evidente, pero no necesariamente el mejor para el resultado final. Se utilizan para procesos de optimización habituales como diseñar rutas, minimizar tiempos de espera, planificar tareas, entre otras. En definitiva, son rápidos y se conforman con lo menos malo. Como muchas personas.

A pesar de su sugerente nombre, los algoritmos voraces son, por tanto, herramientas básicas, bastante simples, incluso podríamos decir que algo “chapuzas”. Más glotonas que perversas, poco sofisticadas, aunque el adjetivo sugiera otra cosa. Lo que todo esto nos demuestra, una vez más, es la importancia de las palabras que, como los títulos y titulares que conforman, son atractivas, pero pueden ser tramposas. Y decepcionantes. Cuidado.

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