ESPEJO DE PAPEL

Barnatán, El Príncipe de Alepo

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Marcos Ricardo Bartanán.

Marcos Ricardo Bartanán. / Flickr

Nacido para ser generoso, Marcos Ricardo Barnatán se sentaba en la parte de atrás del Café Gijón en Madrid, en los años setenta del pasado siglo, para regalar direcciones y contactos con algunos de los autores señeros de entonces, entre ellos Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Jorge Luis Borges. Era un muchacho todavía, vestía de blanco en los veranos, y hablaba aun con un argentino más poético, pues luego el español de Madrid fue comiéndose algunos de los giros que a veces eran los de Borges.

De hecho, Borges llegó a ser un gran amigo suyo, que no quiso para sí mismo. Escribió de él, hizo su biografía total, lo presentó a quien quiso y terminó imitando su voz y sus giros como muestra de pasión y de conocimiento. Su generosidad fue también repartida entre sus coetáneos poetas, pues a muchos de ellos (Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Jaime Siles, Félix de Azúa, tantos otros) los comunicó entre ellos y luego los vio triunfar, y los celebró, aunque algunas de las mieles que vio repartir, como la pertenencia a la célebre antología de los poetas novísimos (los nueve novísimos que selección José María Castellet), no le alcanzaron a él.

Ese último episodio, que dio más que hablar que el Nobel de Cela, por ejemplo, fue una piedra de toque de su bonhomía. Aunque le azuzaron para que se opusiera en público a aquella adjudicación de las excelencias poéticas, no levantó la voz, sino al contrario. Elogió la oportunidad de aquella antología, que al fin y al cabo ampliaba el espectro de la realidad poética española, que hasta entonces estaba más preocupada por las lascas de la poesía social que por invenciones que le quitaran la caspa machadiana (eso viene a decir Barnatán, como dirían otros entonces) a una lírica que tenía que bañarse, por ejemplo, en las aguas de Venecia.

Como él contaba esta semana en el centro cultural de Galileo, 52, Madrid, donde se ubica Centro Editor, los editores que han publicado su autobiografía (primer tomo) El Príncipe de Alepo, muchas veces aquella historia de su pasión por ayudar a los otros (a conocer, a darse a conocer) no lo tuvo a él como beneficiario, e incluso tuvo algunas desgracias editoriales, pues en ocasiones libros suyos que están por ser editados perdieron casa editorial.

De hecho, algo parecido ha ocurrido con este El Príncipe de Alepo, que se ha publicado ahora, después de veinte años de espera en otras casas que o quebraron o fueron olvidadizas. En realidad, lo dejó escrito, casi se olvidó de lo que había hecho (un gran libro, lleno de vida e incluso de alegría de escribir) hasta que un día se reencontró con esta autobiografía y ahora nos la regala envuelta en aquella generosidad con la que en aquellos setenta regaló a quien se le acercara al Café Gijón en busca de vías de conocimiento.

Se ha pasado el tiempo, pues, dando, ha sido, como decía en aquella presentación de esta semana, “un buen hombre raro”, ahora lleno de nostalgia por ausencias de las que habla como si formaran parte de sus llantos pendientes. Como Borges, él tiene otro yo, que está en este libro: no es únicamente aquel chico generoso; en su edad madura, 75 años, marido de una periodista legendaria, Rosa Pereda, que fue compañera nuestra en El País, padre de Jimmy, ya más que un muchacho, extraordinario actor y músico genial, risueño y generoso como sus padres, Marcos no ha perdido ninguno de aquellos rasgos humanos que le llevaron a descubrir personajes que sin él hubieran tardado más en llegar a nuestros conocimientos, en unos casos, o no hubieran tenido tan fácil el paseo por las primeras glorias.

El libro tiene que ver con sus pasiones judías, sus inicios políticos, que eran reflejo de los compromisos éticos de su padre, sus amplísimas relaciones familiares, las guerras que afrontaron los judíos en Israel y por el mundo, para desembocar en esa riquísima, vasta, relación de regalos que hizo a su generación para que conocieran a maestros que él encontró antes. Es curioso que de sus palabras no se deduzca, en todos los episodios por los que transita, lamento alguno porque a él al fin no le dieran a probar algunos trozos de los triunfos, pero así es Marcos Ricardo Barnatán, es posible que no haya otros como él.

En esa presentación, por ejemplo, acudieron amigos contemporáneos, que ya peinamos canas o calvas, y otros que son recientes y que quizá le vienen de la mano juvenil de Jimmy. En ese marco hubo algún momento en que se le humedeció el recuerdo, como cuando habló de Eduardo Arroyo, cuya potencia, la de su arte, la de su amistad, sigue presente en él, en muchos, pues aquel artista que no perecerá en manos del olvido dejó una huella de la que seguirán surgiendo flores.

Habló, claro está, de Borges, y de Cortázar, y de Buenos Aires, y de sus padres, y de Cabrera Infante, y de Londres, y de sus libros, y habló con enorme cariño (y eso es raro en el mundo de los olvidos en que se ha convertido esta parte del siglo XXI) de Carlos Barral, que fue un benefactor de todo el mundo, como lo es este hombre de Buenos Aires que ahora es también de Madrid, de Santander y de cualquier parte donde haya dejado la huella que, por ejemplo, ha dejado en este cronista al que él le regaló los primeros contactos que lo hicieron para siempre un cronista literario.  

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