LA VENTANA LATINOAMERICANA

El tira y afloja de la Cumbre de las Américas

No se trata de olvidar las malas experiencias, sino de utilizarlas para afrontar los retos y exigencias del presente, en un momento plagado de incertidumbres

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El tira y afloja de la Cumbre de las Américas

Sobre la IX Cumbre de las Américas se ha escrito demasiado, pero sin un consenso claro sobre sus resultados. Para unos, muchos alineados con el populismo bolivariano, fue un gran fracaso, endosable solo a EEUU y a su política de exclusiones (Cuba, Nicaragua y Venezuela). Para otros, un mero saludo a la bandera, un ejercicio retórico y protocolario de escasa sustancia y nulas repercusiones. 

Finalmente, están aquellos que piensan que, sin haber sido un éxito, la Cumbre puede haber sentado las bases para recomponer la relación hemisférica. Sin embargo, para que esto se concrete es necesario dar pasos sostenidos en la buena dirección. Lamentablemente, para buena parte de los actores involucrados, incluyendo tanto a los excluidos como a quienes voluntariamente decidieron no acudir a Los Ángeles, cada uno con su motivo, solo Washington debe responder a semejante cuestión. 

Se trata de algo similar a lo ocurrido con Cuba, cuando Barack Obama buscó restablecer los vínculos con la Isla e inició el deshielo de la relación. Entonces, Raúl Castro decidió esperar a que EEUU tomara la iniciativa en lugar de llevar a cabo las reformas necesarias para avanzar en la apertura económica y política. Luego llegó Trump y le fue muy sencillo revertir las medidas adoptadas por su predecesor.

En esta oportunidad, desde Andrés Manuel López Obrador a Alberto Fernández, todos quienes se refirieron a las exclusiones centraron sus críticas en el imperialismo americano, en la asimetría de la relación y en las pasadas intervenciones políticas y militares de carácter imperial. Y pese a exigir una relación igualitaria, los gobernantes latinoamericanos no pusieron sobre la mesa iniciativa alguna. 

Aquellas propuestas, como eliminar la OEA, la integración hemisférica siguiendo el modelo europeo o el no alineamiento no pasaron de ser un brindis al sol. Por eso, cuánto más importante hubiera sido la presencia de López Obrador, incluyendo sus afiladas críticas, más que su olímpico desprecio, un desprecio no solo dirigido al anfitrión sino también a sus “amados compañeros” latinoamericanos.

Un tema omnipresente fue el de la democracia, una democracia amenazada por regímenes iliberales, y que, en palabras de Biden, debe constituirse en una de las principales fortalezas hemisféricas. Pero, lamentablemente, ningún crítico de las exclusiones se tomó su tiempo para explicar por qué las democracias deben ser esenciales para el futuro de su país ni cómo se podría fortalecerlas o por qué los populismos son una amenaza para la región. En realidad, se alcanzaron pocos compromisos, más allá de señalar que cada sociedad tenía el derecho de gobernarse según sus reglas, en una nueva vuelta de tuerca de la vieja doctrina Estrada, la de la no injerencia. 

Se suponía, igualmente, que esta Cumbre debía responder a tres graves problemas geopolíticos: las consecuencias de la pandemia, las repercusiones de la invasión rusa de Ucrania y el enfrentamiento global entre China y EEUU y la mayor presencia china en América Latina. De los tres solo el primero se abordó más o menos abiertamente, mientras el último se centró en lo que podía y debía hacer EEUU, pero no en las respuestas latinoamericanas. Por supuesto, de la agresión rusa poco o nada, ya que casi nadie quiso comprometerse.

Prueba del escaso rendimiento de la política del avestruz fue la determinación de Daniel Ortega de abrir las fronteras nicaragüenses a tropas y equipamientos rusos. Si bien el objetivo del Kremlin es ponerle las cosas más difíciles a EEUU en su “patio trasero”, se trata a su vez, como señaló el presidente de Costa Rica, Rodrigo Cháves, de una amenaza para la seguridad latinoamericana.

En lo relativo a China, la siguiente frase, surgida del entorno del presidente argentino, ilustra una idea generalizada sobre las implicaciones de su presencia regional: “Se equivocan cuando creen que China tiene una actitud imperialista y no es así: China da créditos e invierte en lo que le sirve a ellos, energía y alimentos, y no pide nada a cambio. Pero EEUU aporta poco en materia comercial y de inversiones, y luego pide mucho en términos políticos”.

Como se ve, según esta peculiar interpretación, China actúa desinteresadamente en América Latina y carece de cualquier agenda de dominación. Todo lo contrario que EEUU o incluso que la UE, que no solo invierten poco sino también exigen mucho, y encima desde una postura de clara superioridad moral. Mientras los gobiernos latinoamericanos no se convenzan de que ellos también son responsables del futuro hemisférico poco se podrá avanzar. 

En los actuales momentos, la convergencia latinoamericana y la hemisférica son más necesarias que nunca. Exigen una mayor sintonía entre los países de América Latina, una cooperación capaz de dejar de lado las consideraciones ideológicas y los prejuicios del pasado. No se trata de olvidar las malas experiencias, sino de utilizarlas para afrontar los retos y exigencias del presente, en un momento plagado de incertidumbres.

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