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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en una sesión plenaria, en el Congreso de los Diputados, a 26 de mayo de 2022

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en una sesión plenaria, en el Congreso de los Diputados, a 26 de mayo de 2022 / Eduardo Parra / Europa Press

Solo en este mes de mayo recién terminado se han publicado más de una decena de estimaciones electorales en los diferentes medios de comunicación españoles. Si hacemos una media del porcentaje de voto que se asigna al PSOE, en el hipotético caso de que unos comicios nacionales tuvieran lugar mañana mismo, el resultado sería del 26,4%: 2,1 puntos menos del conseguido en las últimas elecciones generales de 2019 (logró el 28,3%). Lo mismo le ocurriría a su actual socio de Gobierno, Unidas Podemos, que obtendría ahora, de media, un 10,9% de los votos: también 2,1 puntos menos que en 2019.

El actual Gobierno de coalición habría perdido, así, 4,2 puntos una vez traspasado el ecuador de la actual legislatura. La pregunta que algunos se plantean estos días es si este descenso demoscópico es suficiente para poder hablar de desgaste del gobierno. La historia reciente nos dice que, durante el primer año de legislatura, todos los Gobiernos experimentan una caída de sus apoyos electorales, según queda reflejado en los sondeos. Echando la vista atrás, pero sin cambiar de siglo, observamos que el PP de Aznar perdió cinco puntos durante el primer año de su segunda legislatura tras vencer por mayoría absoluta en el 2000.

Posteriormente, el PSOE de Zapatero cayó seis puntos en los primeros doce meses de cada una de sus dos legislaturas. También el PP se dejó nueve puntos en la gatera tras la mayoría absoluta de 2011 en el primer año de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno. Una tendencia, la pérdida de apoyos del Gobierno durante el primer año de andadura gubernamental, que se ha repetido durante esta última etapa multipartidista (con la única excepción del PP entre la repetición electoral de 2015 y 2016).

El actual descenso de los apoyos a los dos partidos que conforman la coalición de Gobierno estaría, en ese sentido, dentro de la normalidad. Sobre todo, si tenemos en cuenta algunas cuestiones. Por un lado, no hay elecciones generales a la vista y en momentos valle como los actuales los votantes y simpatizantes de los partidos que están en el Gobierno suelen manifestarse electoralmente más hipotensos, menos movilizados.

Lo contrario que los ciudadanos cercanos a los partidos en la oposición que manifiestan mayor tensión electoral incluso sin haber elecciones convocadas. Por otro lado, hay que tener en cuenta que todavía no está definido claramente quién y cómo va a ocupar el espacio electoral situado a la izquierda del PSOE. Una incertidumbre que, sin duda, hace aumentar la indecisión de una parte del electorado que se irá reduciendo cuando se concrete la oferta electoral.

La guerra en Ucrania ha sido un elemento distorsionador de los planes económicos del Gobierno.

De ahí que sea ahora más interesante fijarse en otros indicadores diferentes a los puramente electorales de intención de voto. Por ejemplo, las evaluaciones de los líderes entre sus votantes. En este sentido, los datos de encuesta no arrojan un descenso en la evaluación y en la imagen ni del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ni de la posible candidata a su izquierda, Yolanda Díaz. Tanto el primero como la segunda siguen siendo bien evaluados por los electores de la izquierda en su conjunto (y más o menos en la misma medida que hace un año).

Sin embargo, hay elementos de contexto que han cambiado en los últimos tiempos y que deberían ocupar y preocupar al actual Gobierno de cara a sus aspiraciones electorales. El primero, tiene que ver con la economía. En la cabeza del Gobierno estaba probablemente un final de legislatura protagonizado por los fondos europeos destinados a España dentro del Plan de Recuperación.

Los españoles irían a las urnas en un momento si no de expansión económica, al menos no de recortes. Pero la guerra en Ucrania ha sido un elemento distorsionador de los planes económicos del Gobierno. La subida del precio de los carburantes, de la electricidad (que ya estaban presentes en la economía española antes del conflicto) y el incremento de la inflación (España es el país, en comparación con los de nuestro entorno, en el que más ha crecido la preocupación por la inflación en el último mes, según un estudio de Ipsos) han vertido más incertidumbre y preocupación en la sociedad de la que ya estaba presente tras dos crisis consecutivas como fueron la Gran Recesión y la pandemia de COVID19.

El futuro se tiñe de colores grises oscuros y las percepciones de los ciudadanos sobre la evolución de la economía (la del país y la suya personal) son ahora más negativas que positivas.

Por otro lado, la competición electoral se ha intensificado. Antes, tanto Sánchez como el Gobierno en su conjunto se enfrentaban a una derecha acéfala en la que la ninguno de los tres líderes de ese espacio era capaz de convencer a otros electores más allá de sus propios votantes (alguno, ni eso). Ahora, Núñez Feijóo es capaz de trascender más allá de los votantes del PP y consigue ser un líder transversal en la derecha lo que le permite, de momento, ser el dirigente político mejor evaluado por el conjunto de los ciudadanos (superando a Sánchez) y situar al PP como primera fuerza política del país.

El futuro se tiñe de colores grises oscuros y las percepciones de los ciudadanos sobre la evolución de la economía (la del país y la suya personal) son ahora más negativas que positivas.

A esto habría que añadir un calendario electoral poco propicio para los intereses del Gobierno. Empezando por las elecciones andaluzas del próximo 19 de junio en las que la probable victoria del PP y, de nuevo, la competencia virtuosa de la derecha (Íñigo Errejón dixit) pueden crear un clima de cambio de ciclo electoral desfavorable para los intereses de los partidos en el Ejecutivo.

Más allá de la máxima “andreottiana”, los datos indican que el poder y el Gobierno, desgastan. La cuestión no es tanto el arranque, sino cómo se llega al final. Y aquí no hay una pauta fija, sino que son las circunstancias de cada momento y cómo las gestionan los diferentes gobiernos, las que en gran medida determina si estos son capaces de remontar la pájara inicial que suele afectar a todos durante los primeros meses o si sucumben a los acontecimientos.

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