UCRANIA

Preguntas incómodas para después de la guerra

No sabemos cuánto va a durar la guerra en Ucrania. Ni siquiera sabemos si las tropas rusas están realmente debilitadas por la resistencia ucraniana o si, por el contrario, podrían acelerar su avance en el sur y el este del país y lograr una victoria parcial que le permita a Putin salvar la cara

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Los carros de combate del Ejército ruso cerca de la ciudad de Mariúpol (Ucrania).

Los carros de combate del Ejército ruso cerca de la ciudad de Mariúpol (Ucrania). / DPA/SOPA Images/Maximilian Clarke

 No sabemos cuánto va a durar la guerra en Ucrania. Ni siquiera sabemos si las tropas rusas están realmente debilitadas por la resistencia ucraniana o si, por el contrario, podrían acelerar su avance en el sur y el este del país y lograr una victoria parcial que le permita a Putin salvar la cara. De hecho, tal es la incertidumbre, que no puede descartarse que Ucrania, gracias a la ayuda internacional (el Congreso de Estados Unidos aprobará un paquete de apoyo 33.000 millones de dólares), logre ganar la guerra. Pero también podría suceder que Putin, sintiéndose acorralado, opte por utilizar armas nucleares tácticas, lo que generaría una imprevisible escalada en el conflicto.

Este último escenario es poco probable. Putin seguramente las emplearía si la integridad territorial rusa estuviera amenazada, pero eso casi seguro que no ocurrirá. Sin embargo, del mismo modo que si su médico le dijera que tiene una probabilidad pequeña, pero no inexistente de morir en los próximos meses saldría bastante preocupado de la consulta, el uso de armas nucleares también debería preocuparnos porque podrían llegar a utilizarse.

En todo caso, supongamos que se llega a un alto el fuego en las próximas semanas, se termina con la sangría y los crímenes de guerra, se frena el flujo de refugiados y se evita que los ciudadanos occidentales dejemos de prestar atención a la guerra y sus terribles efectos por agotamiento, así como que la unidad de acción que los países europeos han exhibido hasta ahora (algunos dirían que sorprendentemente) se resquebraje. En ese momento, que ojalá llegue, los europeos tendríamos que contestar algunas preguntas incómodas.

La primera. ¿Qué pasaría si el alto el fuego implicara que Rusia se quede con una parte de Ucrania (Crimea, que ya controla desde 2014, las provincias de Lugansk y Donetsk en el Donbás y tal vez más territorio en el corredor marítimo hasta Odessa)? Si Ucrania estuviera a favor de esa partición a cambio de que Rusia parara los ataques y no bloqueara su entrada en la Unión Europea (aunque tal vez sí en la OTAN), ¿cómo reaccionaría Occidente?

Por una parte, sería un pésimo precedente aceptar que se pueden cambiar fronteras a balazos. Equivaldría a asumir que la ley del más fuerte ha reemplazado al derecho internacional. Además, una Ucrania dividida recordaría demasiado a la Alemania (o Corea) divididas de la guerra fría, a la que los europeos no queremos volver. Pero, por otra, ¿podríamos oponernos si el gobierno ucraniano estuviera dispuesto a firmar ese acuerdo? ¿Con qué legitimidad les diríamos que no lo hicieran después de no haber querido intervenir militarmente argumentando -con razón- que eso hubiera supuesto el principio de la tercera guerra mundial?

Y eso nos lleva a una segunda pregunta. ¿Levantaríamos alguna (o todas) las sanciones a Rusia si finalmente la parte de Ucrania que se “quedara” fuera pequeña o incluso inexistente? Aquí habría distintas posiciones. Algunos dirían que las sanciones financieras, comerciales y energéticas deberían continuar para convertir a Rusia en una gran Corea del Norte, aislada y empobrecida (recuerden que según el Fondo Monetario Internacional las sanciones harán que la economía rusa se hunda más de un 10% en 2022, y podría hacerlo más si los países de la Unión Europea les dejaran de comprarle gas y petróleo).

Dirían, además, que mantenerlas sería una buena señal para que China supiese lo que le espera si ataca Taiwán. Pero otros afirmarían que el objetivo de las sanciones era precisamente debilitar a Rusia y acabar con la guerra, por lo que una vez firmada la paz, tendría sentido rebajarlas para no tener un vecino nuclear enfadado que siente que se le está intentando convertir en un estado paria. Además, alertarían de que aislar a Rusia supondría echarla en brazos del China, reforzaría el mundo neo-imperial de bloques enfrentados y abriría la puerta a la desglobalización económica, que la mayoría de los europeos no quieren.

Y eso abre algunas preguntas adicionales todavía más incómodas, sobre todo para Alemania y los países de Europa del este. ¿Seguiríamos comprometidos con la desconexión energética de Rusia, aunque nos costara unos cuantos puntos de crecimiento y mayor inflación durante algunos años? Y casi más importante: ¿estaríamos dispuestos a subir los impuestos sobre una ciudadanía que ha sufrido tres crisis en apenas quince años (la financiera, la generada por la pandemia y la causada por la guerra) para financiar un aumento del gasto en defensa que nos permitiera tener capacidades militares propias que mantuvieran nuestro vecindario en orden por si Donald Trump (o alguien similar) vuelve a la Casa Blanca en 2024 y “abandona” la OTAN para centrarse en China, que es lo que de verdad preocupa a los norteamericanos?

La mayoría son preguntas que todavía no toca plantearse. Además, no tienen respuestas fáciles y pueden generar divisiones entre los países de la Unión Europea (y también dentro de algunos de ellos, entre los putinistas de la extrema derecha y el resto de fuerzas políticas), precisamente cuando necesitamos mayor integración y avanzar hacia los Estados Unidos de Europa para poder hacer frente a lo que se nos viene encima. Pero deberíamos empezar a planteárnoslas.

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