MUERTE DE JUAN DIEGO

'Dése la vuelta, carajo'

Ha muerto Juan Diego. Parece una de esas mentiras que ahora circulan muy famosas en las redes y uno está deseando que alguien la desmienta. Esta no la va a desmentir la vida

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Juan Diego.

Juan Diego. / EFE

Juan Diego fue un dios tranquilo, excepto cuando lo dominaba el cabreo, que podía surgir por cualquier cosa, porque hiciera frío, porque hiciera demasiado calor, porque sí. Cualquier hora del día o de la noche (de las numerosas noches) estaba disponible para ser el actor que fue, generoso, plural, amistoso, solitario.

Ha muerto Juan Diego. Parece una de esas mentiras que ahora circulan muy famosas en las redes y uno está deseando que alguien la desmienta. Esta no la va a desmentir la vida, y merece que nunca haya ocurrido, porque él representaba, de noche y de día, en cada minuto, ser representante de la vida en un país al que él asomó, como actor, a los quince años, y ya se dedicó a una pasión que le quitó el resquemor que da siempre venir de abajo, de allí donde se ven las gemas pero a veces éstas no cristalizan.

El cristalizó hasta ser el mejor nombre propio (Juan Diego) más famoso y más entero de este medio siglo del cine y del teatro y (siempre) de la vida. Cuando estaba en la culminación de la primera parte de su fama, cuando se paraban los coches para saludarlo en la madrugada de la Gran Vía o de la calle Reina, donde está el Cock, que fue una de sus múltiples habitaciones nocturnas, tú gritabas Juan Diego y se paraba el universo. Él acudía con su sonrisa a medio lado, como un vaquero que aprendiera con Clint Eastwood, y se hacía tu amigo de toda la vida. Una vez encontró que una chica llevaba un suéter de su apetencia, y quiso verlo entero, vuelta y vuelta. Luego, siempre que la vio, y la vio muchas veces, le gritaba desde cualquier sitio: “¡Dése la vuelta, carajo!”

"Fue, como ciudadano, un hombre de izquierdas, y como persona fue un ser humano capaz de entender también a aquellos que le hicieron la puñeta al oficio que más quiso"

Era la risa y la amistad, hasta que se ponía serio o hasta que se enfadaba; quienes lo conocieron bien (y no como actor únicamente) lloran ahora los Juan Diego que habitaron en esa cara que fue enjuta y pobre (en la vida, en el teatro, en las películas), y también los Juan Diego que se entregaron en la escena y en las andanzas de la profesión con la palabra solidaridad y rabia como emblema. Fue, como ciudadano, un hombre de izquierdas, y como persona fue un ser humano capaz de entender también a aquellos que le hicieron la puñeta al oficio que más quiso, el de intérprete de otros, entre los cuales, claro, hubo muy conocidos sinvergüenzas.

Se alegraba de tener papeles, y hablaba de ellos como si viniera a verle un amigo de la juventud o de la madurez, pues cuando se vestía de cualquiera de sus encarnaciones se comportaba, en el escenario, en la pantalla, como si él mismo fuera el bondadoso o, cuando tocaba, el ruin. Daba gusto verlo celebrar, abrazar, y en los últimos años emocionaba haciendo de su voz rota uno de los encantos con los que se comportó cuando parecía que se iba a quedar en silencio en los dos modos de ser que marcaron su vida: el teatro y el cine. En un tiempo quiso convencer al vecindario de ambos oficios que esta desidia española que hizo de la interpretación un riesgo o una audacia podía tener remedio. Entonces creó con otros un teatro por Chamberí, y allí nos llevaba a algunos a compartir la generosidad con la que nació.

La huelga de actores que a él lo tuvo como protagonista en 1975 fue el estreno digamos que oficial de su compromiso público, pero ya se había estrenado como líder y voz de un trabajo, el de militar contra la desidia, que ya no le abandonaría nunca. Fue actor de Mario Camus, de Fernando Fernán Gómez, de Eloy de la Iglesia, y fue Franco, por ejemplo, y San Juan de la Cruz, y fue un anarquista, y fue voz y cara y gesto de la impar La lengua madre, de su amigo (y el de tantos, como el propio Juan Diego) Juan José Millás.

Ha muerto, es verdad. Era reivindicativo y fuerte, ligón, trabajador, gran trabajador. Era memoria del buen teatro y de nuestro mejor cine, contra Franco y sin la dictadura, de la transición y de la democracia. Empezó a trabajar en 1957 a los 15 años. Nunca dejó de tenerlos. Jamás olvidan sus amigos de aquellas noches cuando entraba, miraba a aquella muchacha y le gritaba con una voz que, en el recuerdo, siguió siendo grande, hosca, hermosa: “¡Dése la vuelta, carajo!”

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