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Cristina Fernández de Kirchner, ex presidenta argentina.

Cristina Fernández de Kirchner, ex presidenta argentina. / EFE

El pasado 13 de abril se inauguró en Buenos Aires la Asamblea parlamentaria eurolatinoamericana, o Eurolat. La Asamblea está formada por 75 eurodiputados y 75 representantes de parlamentos regionales y nacionales latinoamericanos: Parlatino, Parlamento Andino, Parlacen (América Central), Parlasur (Mercosur) y los congresos de Chile y México.

La reunión fue convocada bajo el lema de “una recuperación económica justa e inclusiva en paz”, mientras las discusiones debían centrarse en el discurso del odio, la seguridad alimentaria y la economía circular. Su importancia se acrecentaba al ser la primera Asamblea presencial tras la pandemia. Era una excelente oportunidad para reflexionar sobre problemas comunes, como el COVID-19 y la invasión rusa a Ucrania.

En la apertura, en el Centro Cultural Kirchner (CCK), participaron los dos copresidentes, el español Javi López y el colombiano Óscar Pérez Pineda, aunque el rol protagónico lo tuvo la vicepresidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, en su condición de presidenta del Senado. En este momento, además, Argentina ostenta la presidencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), un activo importante para potenciar la importancia de esta reunión.

Pese a su bajo perfil, lo que debería haber sido un acto solemne protagonizado por parlamentarios de ambos continentes, resaltando tanto las potencialidades de los parlamentos regionales, como los valores compartidos, devino en un mitin, con un mensaje sumamente inflamado. El acto se realizó en un recinto copado por militantes kirchneristas, dedicados a jalear a su jefa y a corear consignadas sobre la coyuntura argentina.

Con el ánimo de atenerse a un guion previamente trazado y no defraudar al “respetable”, el discurso principal giró casi exclusivamente en clave interna, centrado en su enfrentamiento con el presidente Alberto Fernández. Ante esta escenografía y la estrecha comunión entre la líder y sus fanáticos seguidores, Javi López, en un mensaje entre laudatorio y crítico, dijo sentirse como un cantante de rock actuando de telonero antes de los Beatles. Sin embargo, quien más se quejó de esta encerrona, fue el eurodiputado liberal italiano Nicola Danti, que calificó la intervención de Kirchner como un inaceptable ataque contra las instituciones europeas, y remachó: “no somos extras para su propaganda peronista”.

El discurso vicepresidencial desveló el nulo respeto del kirchnerismo por las instituciones democráticas, comenzando por el parlamento y el poder judicial

El discurso vicepresidencial desveló el nulo respeto del kirchnerismo por las instituciones democráticas, comenzando por el parlamento y el poder judicial, contra el que dirigió sus dardos más afilados. Su mensaje no fue casual y responde a la complicada situación judicial, con varios juicios por corrupción todavía pendientes, aunque gracias a su influencia logró cerrar un par de ellos.

Buena parte de sus particulares teorías sobre la justicia se basan en una supuesta guerra de los jueces y la justicia en su contra. Es el lawfare (la guerra judicial), el mecanismo perverso del imperialismo y sus secuaces para acabar con los gobiernos progresistas de América Latina. Se trataría de un problema más latinoamericano que argentino, que pasa por la existencia de un “partido judicial”, un grupo de poder político conformado por jueces y magistrados, convertido en un “instrumento contra los gobiernos nacionales y populares”. Tras el revuelo causado por estas palabras, el Club Político Argentino, una organización apartidista aunque de claro compromiso democrático, acusó a Cristina Kirchner de “intentar manipular la justicia” en su beneficio.

El estado de las relaciones birregionales, esencial en una reunión como esta, apenas fue abordado, quedando eclipsado por la pugna intra peronista y la lucha política contra el macrismo. La vicepresidenta no mencionó, ni siquiera aludió, a la ratificación del Tratado de Asociación UE-Mercosur, donde el Europarlamento está directamente implicado. Otra cuestión clave, como el papel de la OTAN y la invasión a Ucrania, se abordó de forma torticera, sin mostrar solidaridad con la UE. En determinados momentos parecía que los europeos eran más enemigos que socios y aliados de América Latina. El mismo tono fue repetido en un posterior mensaje de la Cámpora, el principal sostén del kirchnerismo.

Esta cierta lejanía con la posición comunitaria en Ucrania fue replicada al redactar la Declaración Final. La oposición de algunos parlamentarios latinoamericanos impidió el consenso necesario para aprobar una posición conjunta y condenar a Rusia. Sin embargo, el tema fue incluido en el documento de los copresidentes, que consideraron “ilegal, no provocada e injustificada la agresión militar e invasión cometida por la Federación de Rusia”.

Con la vista puesta en la normalización de las relaciones euro latinoamericanas, y en una posible Cumbre UE – CELAC en el medio plazo, el precedente de esta Asamblea del Eurolat es poco promisorio. Las autoridades argentinas, responsables del éxito de la reunión y de impulsar un mayor entendimiento entre América Latina y Europa, pensaron más en sus objetivos políticos inmediatos que en reforzar unos lazos estratégicos que pueden ser vitales en el mundo que está empezando a conformarse.  

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