AL AZAR

Feijóo no da para tanto

Se carga de misiones imposibles a un candidato que bastante tiene con elevarse a la Presidencia del Gobierno, con los resortes y socios necesarios

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Alberto Núñez Feijóo en el congreso del PP en Sevilla.

Alberto Núñez Feijóo en el congreso del PP en Sevilla. / EFE/Julio Muñoz

La transformación de la política en una falsa ciencia, gracias a la invasión de los politólogos, favorece su transformación en el último reducto del lenguaje alambicado. Alberto Núñez Feijóo es la víctima más reciente de un carrusel de misiones imposibles de cumplir. Su función elemental debería consistir en elevarse a la presidencia del Gobierno, con los resortes y socios que allanen dicho objetivo. Sin embargo, se le exige que dialogue con el PSOE, que reniegue de Vox, que arranque al PP del radicalismo, que establezca relaciones diplomáticas con Pedro Sánchez, que gane la guerra de Ucrania (solo para comprobar si siguen atentos).

En el tono coloquial previo al desembarco de los politólogos, el PP no puede pretender que ha fichado a Messi. El aclamado no figuraba en los planes más aventurados, por mucho que el partido en descomposición exigiera una sacudida. Con sacar a los populares de la UCI habrá cumplido con creces, y es posible que se aferre a este realismo de mínimos si cae en las próximas generales. Antes de sobrecargar a una persona que es más víctima que candidato, se impone una premisa fuerte. Feijóo no da para tanto.

Se hace campaña en poesía y se gobierna en prosa, pero las elecciones son resueltas por las matemáticas. Cómo no evocar con una carcajada las interpretaciones creativas de las autonómicas de Castilla y León, a cargo de expertos que juraban repeticiones de los comicios o una piadosa abstención del PSOE. Los números decretaban PP/Vox, pero corregir al votante es una tradición de quienes se sienten superiores. En especial, cuando el elector ha renunciado a su voto habitual, una traición tan imposible en dictadura como imperdonable en democracia.

La primera realidad de las elecciones generales es que ninguno de los aspirantes va a ganarlas por mayoría absoluta. De no tratarse de una imposibilidad calculística, ni siquiera obtendrían esa hegemonía en un mano a mano. Sánchez y Feijóo no dan para tanto. La segunda premisa establece que, a salvo de una catástrofe nacional que impulse a una rara unanimidad, ni PP ni PSOE obtendrán los apoyos suficientes para gobernar en solitario.

"Al igual que sucede con las piezas del Lego, la arquitectura de los pactos no puede estirarse definitivamente sin hundir el edificio"

La mayoría suficiente, por emplear uno de esos términos ambiguos del idioma politiqués que acaban propiciando el desembarco de los populismos, tampoco se halla al alcance de Sánchez y Feijóo, con perdón por personalizar. Y así se llega a la ensaladilla rusa, al cóctel de frutas, al Gobierno semafórico o como quiera que lo exprese un politólogo. Al igual que sucede con las piezas del Lego, la arquitectura de los pactos no puede estirarse definitivamente sin hundir el edificio. Por tanto, la pregunta fundamental plantea cuántos diputados necesitan los bandos hoy alineados en PP/Vox y PSOE/Podemos (posiblemente bajo otra denominación) para adjudicarse la competición.

Debe descartarse de entrada el Gobierno de coalición PP/PSOE, que también se ha cargado sobre las anchas espaldas de Feijóo. En primer lugar, porque jamás se verá a un centenar de diputados populares avalando a un presidente del Gobierno socialista. Eso solo ocurrió muy puntualmente en el ejecutivo vasco de Patxi López, con ETA de por medio. La única hipótesis que agrandaría este ventanuco atrancado sería el sorpasso de Vox al PP, que no se va a producir y que resulta demasiado traumático para evaluar sus consecuencias, incluso sobre el papel. Y conste que Vox es hoy un partido más sólido que el PP.

En segundo lugar contra la Grosse Koalition, si el PSOE vuelve a votar a un presidente del PP tras la desastrosa experiencia con Rajoy, entonces los socialistas merecen perder las elecciones y no habría más que hablar. Los esperanzados pueden recurrir a un experimento práctico. Al inicio de la campaña, exijan a los dos partidos todavía mayoritarios que se comprometan a formar un Gobierno de concentración, donde el más votado ocupe la presidencia. Recibirán una avalancha de "mayorías suficientes", "geometrías variables" o "traición a la voluntad de los electores", pero jamás una confirmación del pacto supremo con independencia del desenlace.

Y es lógico, porque no cabe imaginar que el centenar de diputados de PP/PSOE se quede a unos pocos escaños del resultado de PSOE/PP, para entregar gentilmente La Moncloa cuando disponen de una opción ganadora uniéndose a un tercer partido en discordia. En efecto, los números apuntan con notable solvencia a que la suma PP/Vox se halla notablemente por encima de PSOE/Podemos o cómo se llame. Sin embargo, el enigma sobre la suficiencia de los apoyos solo la mide otro número, los 175 diputados que señalan la mitad de la cámara.

Este artículo se ha escrito mal, porque ha relegado al final su dato central. El número mágico que concedería a PP/Vox o PSOE/Podemos el Gobierno en las próximas elecciones viene fijado en 165 diputados. Sánchez gobierna con diez menos, pero posee todavía una mayor flexibilidad pactista. En esa cifra está la clave. Feijóo puede encontrar a expertos que, a un precio razonable, le convenzan de que puede instalarse en La Moncloa en solitario. Es una ficción, pero el autoengaño del candidato solo conduce a la frustración cuando no logra transmitir esa fabulación a los electores.

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