OBITUARIO

Mario Muchnik, 'editor para toda la vida'

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El editor Mario Muchnick, en 2011.

El editor Mario Muchnick, en 2011.

Se paró el corazón de Mario Muchnik, a los 91 años, en Madrid. Hace un par de años su colega Manuel Ortuño le pidió un título para un libro que iba a publicar con sus conversaciones. Sería el último libro, las penúltimas conversaciones con el hombre que no paró de editar y de reír. El libro saldría después en Trama, la editorial de Ortuño, y tendría el título que puso aquel hombre aguerrido y divertido que hizo de publicar libros el arte de un francotirador solitario: 'Editor para toda la vida'. 

Así quería ser recordado este argentino que fue físico, abrazó con su padre la pasión de publicar, desarrolló este oficio en España, entre otros con Carlos Barral en Seix Barral, y está en el santuario laico de gente como Jaime Salinas o Mario Lacruz. 

Mario Muchnik descubrió escritores de todo el mundo, se atrevió con aventuras que lo arruinaron y con otras que lo hicieron libre, como esa enorme edición de 'Guerra y paz', de Tolstoi, título que, por cierto, podría ser también, aparte del que alude a su carácter de “editor para toda la vida”, un exacto epitafio para una singladura de guerras y alegrías que hizo, en gran parte de su vida, con la pintora y escritora Nicole Muchnik, que ayer domingo estaba con él, como siempre, cuando a este guerrero de los libros se le paró el corazón. 

Hace unas semanas estaba aún pletórico, golpeado por las últimas oleadas de sus sufrimientos de salud, pero con la memoria intacta, que se abría paso entre oleadas de recuerdos en los que siempre mezclaba sucesos que tenían que ver con sus citas en Fráncfort, sus discusiones con los escritores, sus amistades que tenían nombres propios e historias increíbles, desde Julio Cortázar a Ernesto Sábato y a cualquier nombre propio que le pusieras por delante.

Esta vez estaba acompañado, también, por sus hijos, que habían venido de Francia y de Estados Unidos a ver cómo estaba el viejo. El viejo estaba risueño, dolorido de muchos dolores, pero ningún dolor sino el del corazón fue el que lo llevó a decir este domingo adiós a todo esto. Amigos suyos, como el que escribe este epitafio, habíamos soñado alguna vez que un día aquel hombre lleno de energía, memoria y sintaxis, se levantaría del sillón desde donde por las tardes miraba series o música, y sería como hace cincuenta o treinta años, cuando recorría los pasillos de Fráncfort como si él fuera el dueño de aquel festival de libros donde rio más que nadie, haciendo ofertas y perdiéndolas (o ganándolas). 

Uno de esos amigos, que pude ser yo mismo, subió los once pisos de su casa en la Castellana, donde están sus queridos libros, sintiendo eso, que Mario volvería a ser quien fue aunque era cierto que ese era un sueño que en cualquier momento se diluiría como una realidad imposible, y en esto se abre la puerta y es el Muchnik de cincuenta años el que la abre, comiéndose el mundo con su risa…, pero ese que parece Mario es el hijo que acaba de venir de Estados Unidos, idéntico a aquel padre que muchos de nosotros conocimos hace casi medio siglo. El verdadero Mario Muchnik, el abuelo, el padre, el editor, estaba en su sillón, esperando que algún amigo llegara para compartir con él un trago de vodka y mucha memoria.

Muchos de esos vodkas los compartió con Manuel Ortuño, el último editor de su último libro. En muchos de sus libros anteriores contó memorias y publicó fotografías (era un fotógrafo superlativo, ocupado en saber qué había detrás de las pantallas con que miramos). En aquel 'Editor para toda la vida' se refirió, como si los estuviera viendo, a sus compañeros de oficio y a sus autores, con los que discutió hasta más allá del alba, y fue, pues, su última obra y fue Ortuño el que la dio a la estampa. 

Anoche decía Ortuño de él la que puede ser, dicha por un colega, su mejor biografía: “Para hablar de Mario, el amigo, sobran las palabras. Del Mario editor, hay dos que siempre acompañarán su recuerdo: la perseverancia en una concepción de este nuestro oficio, una concepción que algunos tacharán hoy de viejuna, que le llevó a tropezar muchas veces, y de todas se levantó. Hasta que hace algunos años pudo ver cumplido su viejo sueño de editar 'Guerra y Paz', casi nada, con una nueva edición actualizada y mejorada, y que le supuso una de sus mayores satisfacciones profesionales y personales”. 

“La otra clave de su recuerdo”, dice Ortuño, “su absoluta generosidad a la hora de compartir la pasión por el mejor oficio del mundo, enseñando y ayudando de tú a tú a unos cuantos que venían por detrás de su trayectoria. Tuve el privilegio de ser testigo de las conversaciones que dieron de sí el libro Mario Muchnik. Editor para toda la vida, hecho posible hace unos meses, en donde no solo necesitaba que se le pusiera delante un testigo para que MM soltara un torrente de juicios, anécdotas, historias en definitiva sobre el avatar de la edición en estos últimos cincuenta años. Recuerdo con especial emoción la tarde que me tocó asistir a la conversación sobre Einaudi, porque ahí, al igual que con Barral, Mario hizo acopio de sinceridad de quien ha compartido historia con los grandes. Cómo disfruté del libro en el que derivaron esas charlas, con el que tanto se implicó discutiendo las fotos, la caja, ´qué tipografías piensas utilizar, ¿ponemos las preguntas en gris?, tráeme bocetos de cubierta…` Lo dicho. Un privilegio total haber coincidido tantos años con él”.

Fui el amanuense de aquellas conversaciones, lo recuerdo abrazar y llorar, lo recuerdo como un hombre lleno de memoria, retratando con los ojos llenos de lágrimas, riendo o llorando de veras, los mejores sucesos de su vida, y también los peores. Como aquella mujer descrita por Hemingway, Mario conoció la angustia y el dolor, pero nunca estuvo triste una mañana. Ayer noche, cuando la noticia ya fue un torrente de asombro para los que quizá no sabían que estaba doliente y mal desde hacía tiempo, el hijo de uno de sus grandes compadres del mundo de editorial, Mario Lacruz, me envió un mensaje en el que recordaba una anécdota que ambos compartían en las oficinas donde trabajaron, Seix Barral. Los dos se citaban para fumar evocando el nombre del tabaco, y como los dos se llamaban Mario el diálogo al teléfono era así: 

--Mario.

--Mario.

--Sombras.

--Sombras.

Se levantaban al unísono y se dirigían al bar de siempre. A hablar y a fumar Sombras.

Ya no están. Ayer se le paró el corazón al último de los Marios que le dio sentido a las sombras de la escritura ajena. Editores para toda la vida.   

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