PERSPECTIVA

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El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante un mitin en Texas.

El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante un mitin en Texas. / REUTERS/Go Nakamura

El día en que ganó Donald Trump me puse a escribir un artículo. Uno hace esas cosas pensando que servirán de algo: sabes que no cambiarás el mundo y quizá interesa a muy pocos, pero salvas al menos tu conciencia. De joven te abrías un blog para esos arrebatos, por mucho que aquellos blogs anden ahora durmiendo en una especie de purgatorio digital del que solo regresan a la vida si a uno lo nombran 'president' de la Generalitat y resucitan antiguos comentarios racistas. Para eso, claro, antes tienes que haberlos escrito.

En fin, que el día en que Trump se convirtió en presidente de los Estados Unidos yo escribí un artículo. Lo que, por otra parte, me acaba por traer el párrafo con el que Miqui Otero empezó el otro día su columna. Iba sobre el nuevo disco de Rosalía y esa manía de comentarlo todo como si supiéramos de todo. Una manía de siempre, vale. Muy del fútbol y de la política, por ejemplo. Pero que volvía a producirse en este caso a raíz del disco 'Motomami': “El problema no es que hablemos demasiado -escribía-. Ni siquiera que lo hagamos sin tener nada que decir. El problema es que pensamos que alguien nos escucha”

Vayamos al artículo. No al de Otero, sino al de Trump. Mi tesis fue que para interpretar aquella victoria electoral hacía falta lo que en ese momento no teníamos: perspectiva. Pensaba que la historia era un línea -la famosa flecha- con una dirección a menudo torcida, pero que en general iba siempre hacia adelante y, pese a los acontecimientos traumáticos que sin duda se producirían, las cosas se acabarían poniendo en su sitio por una inercia que nos hace avanzar lo mismo que avanza la ciencia. A esa inercia se la suele llamar progreso. O evolución: consiste en que algunos hechos del pasado no vuelvan nunca. 

Ha ocurrido que ya tenemos esa perspectiva. Que tengo otra perspectiva, vaya: me he hecho mayor. Eso es lo que ha ocurrido. Y he aprendido que fui ingenuo; que las cosas no tienen sitio.

Cada renuncia que consintamos, aunque sea en una palabra tendrá consecuencias imprevistas"

Aquel artículo que no sirvió más que para un desahogo me viene mucho a la cabeza, en un recordatorio sostenido de que los retrocesos pueden producirse. De hecho, se producen, a menos que lo impida la voluntad de muchos. No se trata de negar que hay adelantos en el mundo, que son evidentes. Se trata de verbalizar lo obvio, que es distinto. Tan obvio que me lo he empezado a repetir en tomas de ocho horas, igual que la pastillas: que la democracia no es el estado natural. Que cada derecho que los de esta generación dábamos por consolidado hay que defenderlo sin concesiones. Que cada renuncia que consintamos, aunque sea en una palabra -sobre todo si empieza por las palabras- tendrá consecuencias imprevistas. Que el progreso ya no es el lugar en el que se sabe que los hijos vivirán mejor que sus padres. Que hay luchas que no hemos dado. Y habrá que darlas. Que las convicciones exigen compromisos. Puede que aquel artículo sobre Trump y su victoria tuviese tanto de ingenuo como este de pesimista. Puede también que el problema sea que hablo demasiado. O que piense que hay alguien que me escucha. O que me lee. Pero por si acaso. 

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