CALEIDOSCOPIO

Las almas muertas

Putin parece necesitar almas muertas para agrandar su prestigio de cara a sus súbditos y para sonseguirlas no repara en los medios

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Vladimir Putin en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos.

Vladimir Putin en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos. / REUTERS

El caballero Chíchikov recorre las vastas tierras de Rusia comprando almas muertas, esto es, las almas de los siervos de los terratenientes campesinos fallecidos, con el fin de inscribirlos como vivos y conseguir de ese modo las tierras que se concedían a quienes poseyeran un cierto número de siervos en aquella Rusia medieval de principios del siglo XIX. La historia es el argumento de la famosa novela de Nikolái Gógol que, al decir de los críticos, inaugura la gran tradición de la novela rusa moderna. “Todos venimos de Gógol”, escribirá el mismísimo Dostoievski.

Mientras veo a Putin en la televisión, en las fotografías de los periódicos, en las imágenes que nos bombardean desde todos los soportes, no puedo dejar de pensar en aquel caballero Chíchikov que recorría Rusia comprando almas como el que compra cualquier otro producto. Como él, Putin parece necesitar almas muertas para agrandar su prestigio de cara a sus súbditos y para sonseguirlas no repara en los medios. Ya lo hizo en Chechenia y en Crimea y ahora lo hace en Ucrania sin importarle las consecuencias de su actuación, ofuscado como está en agrandar la gloria de Rusia y la suya propia. Ni la reacción del mundo, que tiembla ante él, le va a hacer parar y, si hace falta (lo ha sugerido él mismo), no dudará en utilizar sus peores armas en su recolección de almas.

Mientras todos los analistas se fijan en la evolución de la guerra, en el número de heridos y muertos, en las consecuencias económicas para todos los países incluída Rusia, a mí me da por imaginar qué pasará por la cabeza del hombre de cuyas decisiones está pendiente el planeta, cómo dormirá, si tendrá miedo o no, si dudará de sus actos en algún momento del día, si se arrepentirá de ellos… Porque Putin es una persona como todas, como usted que lee este artículo y como yo que lo escribo, y sentirá como usted y yo, otra cosa es cómo interprete sus sentimientos. Aunque parece difícil interpretar de forma distinta esas imágenes de niños despedazados por las bombas, de las familias huyendo despavoridas como en la Segunda Guerra Mundial, de los cadáveres calcinados por el efecto de los misiles aéreos. Todas esas imágenes que creíamos pertenecientes ya a la historia, la de la gente huyendo con sus maletas hacia ninguna parte, la de la niña de Hiroshima escapando de la bomba nuclear, la de la gente refugiándose en los sótanos del Metro mientras las sirenas aúllan en las ciudades desiertas, las de los tanques avanzando en mitad de la nieve, están otra vez aquí y a pocos kilómetros de nosotros demostrándonos que no hemos progresado nada, que la humanidad repite una y otra vez los mismos errores y barbaridades, que los miles, millones de caballeros Chíchikov que pueblan la tierra continúan necesitando almas muertas para seguir agrandando su gloria y que en su locura nos arrastran a todos, como ya ha ocurrido montones de veces a lo largo de la historia.

Usted no tiene alma parece ser que le dijo el presidente estadounidense Biden a Putin en una ocasión, cuando los dos aún hablaban por videoconferencia. Se equivocaba. Putin, el principal responsable de esta catástrofe universal, tiene un alma como todos, igual que la tuvieron todos los que antes de él sembraron de muertos y de tragedias este planeta sin que les temblara el pulso. Lo que pasa es que su alma está tan muerta como la del caballero Chíchikov, aquel personaje que recorría las estepas rusas comprando las de sus semejantes porque la suya no le servía para vivir en paz.

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