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Perú: ¿un presidente de salida?

Si bien Perú atraviesa una deriva peligrosa, no se debe a un detallado plan para implantar los soviets, sino a la gestión de un presidente sin preparación, olfato político, carisma ni sentido de la oportunidad

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El presidente de Perú, Pedro Castillo, en Lima.

El presidente de Perú, Pedro Castillo, en Lima. / REUTERS/Angela Ponce

Como se ha evidenciado repetidamente, la política peruana se ha convertido en imprevisible. La incertidumbre acecha en cada esquina y en cualquier momento puede dar un giro radical. Desde el 28 de julio, con la llegada de Pedro Castillo a la presidencia, todo se ha acelerado.

Su elección ya fue sorpresiva, especialmente por su paso a segunda vuelta. Un líder político casi desconocido, representando a un partido bastante marginal, se alzó con el premio mayor. Sin embargo, ya en la campaña para el balotaje se multiplicaron las advertencias apocalípticas sobre el diluvio inminente. Castillo abriría las puertas a todas las plagas de Egipto, que esta vez golpearían al Perú. Con ellas, un nuevo país caería bajo el influjo de la izquierda populista continental.

Así, proliferarían el comunismo, el castro-chavismo, la reforma constitucional, el rechazo al capital extranjero y a las empresas mineras y la injerencia del Estado en todos los aspectos de la vida pública, incluyendo economía y educación. Seis meses después, el panorama es muy diferente y ninguna de estas amenazas fue a mayores, pese a la emergencia de algunos problemas. Si bien Perú atraviesa una deriva peligrosa, no se debe a un detallado plan para implantar los soviets, sino a la gestión de un presidente sin preparación, olfato político, carisma ni sentido de la oportunidad.

La improvisación, el deficiente estudio de los problemas, la ausencia de soluciones adecuadas, la negligencia al seleccionar a los altos cargos y un permanente dejar hacer a una serie de asesores presidenciales con escasas credenciales para acompañarlo han lastrado al Ejecutivo. En medio año de gobierno se nombró a tres gabinetes fracasados. Ahora se espera el cuarto. 

Perú Libre, el partido que llevó a a Castillo a la presidencia, pese a no estar afiliado, se presenta como marxista-leninista-mariateguista. Su líder Vladimir Cerrón, que no pudo concurrir a la elección por los cargos de corrupción que afronta, se formó en Cuba y mantiene buenas relaciones con el régimen castrista, aunque el “buen hacer” cubano fue ajeno a la gestión del Gobierno. Sin embargo, y pese a que Castillo es presentado como un gobernante de izquierdas y de origen popular, ha terminado impulsando políticas poco compatibles con su teórica orientación progresista.

La mayoría de los ministros propuestos para cumplir con las más altas funciones de la gestión pública no estuvieron a la altura. Algunos por su manifiesta proximidad a Sendero Luminoso, otros por sospechas de corrupción y muchos por su falta de formación y experiencia. Por si todo esto fuera poco, los tres gabinetes tuvieron un claro desequilibrio entre hombres y mujeres y desplegaron posturas homofóbicas y contrarias al feminismo.

La elección de los primeros ministros mostró una clara deriva hacia no se sabe dónde. Guido Bellido fue el primero. Era un hombre muy próximo a Cerrón y encarnaba las posturas más extremas de Perú Libre. En sus dos meses de gobierno impulsó, con escaso éxito, las propuestas más radicales. Le sucedió Mirtha Vásquez, expresidenta del Congreso, que no superó los cuatro meses. Representante del Frente Amplio, llegó para aportar un talante de centro izquierda, en un intento de serenar la convulsa política peruana. Sus propios errores, junto a las inconsistencias y contradicciones de Castillo, la hicieron fracasar. 

Hasta ahora, el último primer ministro conocido fue Héctor Valer. Renunció tres días después de ser nombrado, acosado por diversos escándalos, como la violencia doméstica contra su mujer y su hija. Su carrera política estuvo marcada por el transfuguismo: comenzó en el APRA, se paseó por buena parte de los partidos de derecha y centro derecha, fue elegido diputado por un partido de extrema derecha y, posteriormente, en un doble salto mortal, apoyó al presidente.

Como se ve, la mala imagen de Castillo no se debe a una conspiración de la derecha golpista. Tampoco a su origen campesino o su pasado sindical, sino a sus limitaciones y a su mal desempeño. La reciente entrevista a la CNN mostró a un mandatario sin las habilidades que se le presuponen y sin haber preparado mínimamente sus respuestas. Incluso se lo vio balbuceante en algunos tramos.

Ante la elección del nuevo gabinete arrecian las especulaciones. Muchos alertan de que este presidente ya está de salida, bien renunciando (sería el mal menor), bien “vacado” (mediante un juicio político) por el parlamento. Ciertamente, esto es una opción, pero también podría ser un espejismo, dados los numerosos imponderables presentes en la política peruana.

Mientras tanto, el país avanza con piloto automático, en una versión similar a Italia. Pero no basta. Los haceres y decires de Castillo provocan un rechazo creciente, como mostró su encuentro con el brasileño Jair Bolsonaro. La próxima movilización popular pidiendo su dimisión podría aclarar el rumbo de un país, sacudido por su fragmentación política y por la creciente debilidad de las instituciones democráticas.

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