LA VENTANA LATINOAMERICANA

El futuro del chavismo y el futuro de Venezuela

La oposición venezolana sabe que solo unida, renovando a sus cuadros dirigentes y con propuestas claras de movilización podrá aumentar sus parcelas de poder y derrotar electoralmente al chavismo

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El presidente venezolano, Nicolás Maduro

El presidente venezolano, Nicolás Maduro / Europa Press

Hugo Chávez estaba convencido de que Venezuela y su proyecto político formaban parte de la misma realidad. Su concepción no era original. Hundía sus raíces en la doctrina de Perón de que la política argentina se dividía entre patria y antipatria. Si sus seguidores eran los verdaderos patriotas, sus opositores (o enemigos) eran traidores y encarnaban la antipatria. De ahí su simbiosis con Bolívar y su intento de persuadir a la opinión pública de que él y el Libertador eran una sola persona.

El actual presidente Nicolás Maduro ha depurado el ideario: si todo lo malo es obra del imperialismo yanqui y sus aliados internos, lo bueno se debe a su esfuerzo titánico, a su inagotable sabiduría y a la revolución bolivariana. Pero, el futuro político y económico de este año es mucho más complejo de lo que nos quiere hacer creer.

Con la epifanía de los Reyes Magos, Maduro fue regalado con buenas noticias económicas. Así, anunció exultante que la economía había crecido un 7,6% en el tercer trimestre de 2021 y que la proyección anual era del 4%. Esto se unía al fin de la hiperinflación y, tras largos años de deterioro, al aumento de la producción petrolera. 

La explicación presidencial es sencilla: el declive fue producto de un lustro “de persecución financiera, de bloqueo, de boicot económico y comercial” y los éxitos llegaron tras “activar las fuerzas económicas reales…, pasando por encima de circunstancias y activando los 17 motores de la agenda económica bolivariana alternativa". Más allá de las dudas sobre las estadísticas oficiales, las cosas comenzaron a moverse gracias a la dolarización, al alza del petróleo y por el obligado rebote después del prolongado declive. 

Ahora bien, no todas son buenas noticias para el chavismo, como reflejan las elecciones (repetidas) del estado Barinas, el 9 de enero. Nuevamente Maduro sacó pecho diciendo que este resultado, junto a los del 21 de diciembre, había sido “un éxito total para el sistema electoral… [y] para el Poder Electoral” venezolanos. Acudiendo al “por ahora”, el socorrido lema chavista, reconoció que no habían ganado, pero silenciando la derrota en el feudo de Chávez, gobernado por su familia desde comienzos de siglo. Tampoco mencionó la movilización de militares y policías, ni la inversión millonaria para repartir electrodomésticos y otros productos de consumo o para hacer llegar gasolina a un mercado desabastecido.

Todo fue insuficiente. El opositor Sergio Garrido ganó por 14 puntos al oficialista Jorge Arreaza, ex vicepresidente de Venezuela y exyerno de Chávez. El resultado se debió, en buena medida, a la anulación arbitraria de las pasadas elecciones, que movilizó a la población. En diciembre el chavismo perdió por 130 votos, aunque esta vez la diferencia superó los 44.000, insuflando ánimos renovados a una oposición desnortada.

Si los comicios anteriores promovieron la división del antichavismo, la nueva elección fue vista como la oportunidad de renovarse y unirse alrededor de un ideario común. La ocasión también permitió revalorizar la vía electoral y comenzar a desprenderse de rancias utopías, como la invasión militar o el potencial del gobierno paralelo. Pero el tiempo apremia. La estrecha ventana de oportunidad del referéndum revocatorio ya se abrió y los plazos para las elecciones presidenciales de 2024 se aceleran.

¿Qué lecturas hacen unos y otros de este resultado? La oposición sabe que solo unida, renovando a sus cuadros dirigentes y con propuestas claras de movilización y participación política podrá aumentar sus parcelas de poder y derrotar electoralmente al chavismo. Pero la lección no está clara, como muestran las reacciones contradictorias en torno al revocatorio.

Al gobierno, Barinas le ha vuelto a mostrar que sus pies son de barro y que para conservar el Gobierno no bastan ni el clientelismo ni la coacción del aparato estatal y que es necesario mantener la cada vez más difícil unidad. La evidencia refleja su poca predisposición a dejar el poder y también las crecientes diferencias entre maduristas y chavistas.

Después de Barinas, algunos han pensado que el Gobierno podría retomar las negociaciones de México y comenzar la normalización política. Pero, si bien Maduro dijo que estaba listo para volver al proceso impulsado por Noruega, solo lo haría si Estados Unidos tomaba “medidas rectificadoras” sobre la situación procesal de Alex Saab, cuya extradición fue la verdadera causa del final abrupto de la mesa de diálogo.

Una vez más, Maduro muestra su perfil de jugador ventajista. Nunca creyó en una salida negociada, ni en México ni en los casos precedentes. Esta vez lo vuelve a demostrar con su propuesta sobre Saab. Y más cuando Rusia, enfrentada a Washington y la OTAN, intenta ganar protagonismo militar en Venezuela contra su satánico enemigo, pudiendo llegar a instalar, incluso, misiles nucleares. En estas condiciones, es difícil que el futuro del chavismo y el de Venezuela sean el mismo. 

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