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La mascarilla seguirá siendo una de las principales medidas recomendables en Navidad

La mascarilla seguirá siendo una de las principales medidas recomendables en Navidad / Shutterstock

La RAE ha tenido a bien aceptar, en la última remesa de nuevas definiciones de su diccionario, la de "rayarse" como "obsesionarse o preocuparse excesivamente". Nos sobran los motivos para aumentar vocablos en estos tiempos. Nos rayamos cuando alguien tose cerca, aunque llevemos mascarilla, aunque estemos a dos metros, aunque llevemos toda la vida estornudando a la cara de los demás en el bus o en el trabajo o en un bar y nos hayamos pegado resfriados y hasta gripes desde que tenemos uso de razón. El covid es más peligroso porque en el fondo sigue siendo un gran desconocido, del que aprendemos cada día algo nuevo que nos da pistas para combatirlo. Y es el miedo el que nos lleva a buscar el inalcanzable riesgo cero. Al menos a ratos, porque luego vas de compras al Portal de l'Àngel un sábado por la tarde y te lleva la marabunta, y comes en un restaurante muy concurrido, también vas al cine donde no se puede uno quitar la mascarilla a no ser que comas palomitas o dulces o bebas un refresco o agua y ya no llevas la mascarilla durante la mitad del metraje. 

Vuelven a teletrabajar en algunas empresas, vuelven (nunca se fueron del todo) los confinamientos, vuelven los grupos burbuja y te parece que fue ayer la Navidad pasada, te visita en forma de fantasma como un mister Scrooge revivido. Fue la Navidad más rara de la historia y voilà, como en el Día de la Marmota vuelves a hablar con tus primos de si vamos al restaurante o no, de si nos reunimos en casa con todo abierto y unas mantas o no. Pero la epidemia más sigilosa que ha acompañado todo este proceso no entiende de Navidades ni mucho tampoco de virus extraños, es la de la moralidad tóxica, que nos divide de forma subliminal en buenos y malos, y que se alimenta de la otra viralidad de estos tiempos, las redes sociales, la gran plaza pública.

Esa carga pesa sobre toda conversación en relación al virus. ¿Por qué lo has contraído? ¿Qué hiciste para enfermar, cómo evitaste luego otros contagios? Miles de preguntas nos hostigan, nos convierten en inquisidores de nuestra propia conducta y de la de los demás. El tratamiento de la enfermedad debe venir guiado por las instrucciones que dan las autoridades sanitarias, que están en la primera línea de la información sobre la evolución de la pandemia, y llevamos demasiado tiempo en este lío como para seguir con histerismos. El sentido común sufre el hostigamiento de la víscera en fechas señaladas, pero rayarse en Navidad no debería ser una opción.

Dos expertos de la Universidad de Oxford alertaban estos días ante la epidemia de vergüenza en la que estamos inmersos. “El mundo virtual exacerba esta tendencia humana, polariza entre los que se consideran buenos, responsables y los que son considerados por los primeros como irresponsables y malos, que merecen ser avergonzados”, advierten Julian Savulescu y Alberto Giubilini en ‘The Conversation’. Las autoridades médicas han de tejer una red de medidas y recomendaciones para garantizar la salud pública colectiva. Pero la sociedad está rayada y mientras unos vociferan consignas anti vacunas, o convierten las incomodidades de las medidas en un objeto arrojadizo en la arena política, otros se arrogan el derecho a fiscalizar, a hacer de vigilantes de la conducta de los demás. Las dos actitudes se retroalimentan.

En lo de la salud pública hemos de andarnos con cautela: la inmensa mayoría de los que no se han vacunado ni quieren, digamos, alegando las maldades de la medicación, son sobre todo víctimas de la desinformación. Otros ni quieren ni dejan de querer, la desigualdad y la necesidad los somete a situaciones de riesgo por estar fuera del sistema.

La meta que tenemos por delante es controlar la epidemia, sí, pero sin fracturarnos como sociedad.

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