El viejo traje

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La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, Carlos Lesmes, se saludan en el acto institucional por el Día de la Constitución.

La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, Carlos Lesmes, se saludan en el acto institucional por el Día de la Constitución. / EUROPA PRESS / EDUARDO PARRA

Esta semana se ha cumplido el 43 aniversario de la Constitución del 78. Fue casi un milagro aquel consenso tan amplio, que unió a partidos que en parte provenían del franquismo (AP y la UCD), al PSOE republicano, el PCE y los nacionalistas catalanes. E incluso la abstención del PNV. Los herederos de los dos bandos de la guerra civil y los políticos de la dictadura y de la oposición democrática pactaron una Constitución de consenso tras haber acordado -por exigencia entonces de la izquierda- una amnistía por los hechos del pasado. 

Fue algo sin precedentes. Pero fue menos un milagro que la consecuencia lógica de que, muerto Franco, la gran mayoría de los españoles priorizaba entrar en Europa para tener una democracia estable y más progreso social. Los franquistas sensatos no podían tener otro proyecto viable que enterrar el pasado y sumergirse en Europa. Y una democracia europea era lo que la izquierda -e incluso el PCE desencantado de la URSS- reclamaban, mientras Franco hacía y deshacía. Cierto que un sector de AP (Federico Silva y el entonces joven Aznar) no votaron la Constitución, pero fueron la excepción.

Iván Redondo, citando a Thomas Jefferson, ha escrito que toda Constitución debe cambiarse cada 19 años, pero la americana tiene 232 y, eso sí, ha añadido una veintena de enmiendas. Y a nuestra Constitución le vendrían muy bien algunas reformas sustanciales. Pero ello exige trabajar antes un preacuerdo sobre las enmiendas convenientes. Para cambiar una Constitución que ha durado mucho y que ha funcionado -ha permitido la alternancia política y un gran progreso económico y social- es moralmente muy conveniente el consenso que, además, es jurídicamente imprescindible. Sin consensos, no habrá mayoría para reformarla.

Por eso Aitor Esteban, portavoz del PNV, ha dicho que hoy tampoco la votaría pero que la respeta, pese a una deriva que juzga regresiva, y que pretender ahora reformarla es una quimera. ¿Cómo tejer un acuerdo para cambiar la Carta Magna si los dos grandes partidos son incapaces de acordar cosas tan esenciales y necesarias como renovar el órgano de gobierno de los jueces o adoptar medidas contra la amenaza de la pandemia?

Sin, de entrada, unos puntos mínimos de acuerdo entre los dos grandes partidos las reformas que se propongan podrán ser muy interesantes (o mera propaganda), pero no tendrán ninguna viabilidad.

Jaume Asens, portavoz de Podemos, la ha minusvalorado diciendo que la Constitución es ya un traje viejo. Sí, tiene 43 años, pero no puedes cambiar de traje si careces de los fondos precisos (los consensos) para pagar uno nuevo. O fuerza revolucionaria para derribar el sistema. Y hoy no hay, desgraciadamente, lo primero. Ni todavía menos lo segundo. Sigamos pues con el traje viejo y exploremos (buscando más acuerdos que jaleando ideologías particulares) los cambios que serían más urgentes.

Julián Casanova ha recordado que el día 9 se cumplió, también, el 90 aniversario de la Constitución de 1931. Ha pasado desapercibido, quizás porque aquello acabó mal. Pero la Constitución del 31, que levantó grandes esperanzas, tuvo artículos sectarios alejados del consenso de la del 78. ¿Cómo si no, se piense lo que se piense de la escuela concertada, calificar la prohibición de impartir la enseñanza a las órdenes religiosas? Y aquello fue el germen -mucho antes del golpe militar del 36- de graves errores como la prohibición moral a la CEDA, con 115 diputados sobre 453, de entrar en el Gobierno de la República. Y de la revuelta subsecuente.

El peligro hoy es que la Constitución se está desgastando al reaparecer conductas que recuerdan a los años 30. ¿Cómo juzgar la reiterada negativa del PP a renovar el poder judicial, sin cambiar antes su modo de elección y sin tener mayoría para ello? O el rechazo de principio a que Podemos tenga ministros, que recuerda al de la izquierda de la República ante Gil Robles. E incluso el PSOE se equivoca cuando 'marea' con la ley de amnistía, que fue el cimiento de la Transición.

La Constitución debe mejorarse. Pero es condición necesaria, aunque desde luego nada suficiente, un mínimo deshielo entre el PP y el PSOE que ni está ni se le espera. Vamos pues a tener que seguir usando el viejo traje. Y no lo cuidamos. 

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