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Una mujer teletrabaja desde su domicilio durante la pandemia.

Una mujer teletrabaja desde su domicilio durante la pandemia. / EFE/Emilio Naranjo

"Disculpe, creo que no me da tiempo a llegar puntual, hay un atasco monumental en Madrid y prefiero conectarme 'online' así aprovecho los 40 minutos del trayecto y sigo trabajando, ¿me puede hacer llegar el enlace de la reunión, por favor?"

– "Lo siento, ahora las reuniones son presenciales obligatoriamente. Ya no hay enlaces".

Esta es una conversación real de hace unos días y Madrid es, además de un atasco, la comunidad autónoma en la que más personas han teletrabajado durante el último año, duplicando el valor nacional: casi el 20%. Para las que siempre hemos defendido que la tecnología está para hacernos la vida más fácil, la respuesta que augura la muerte del link supone borrar del mapa dos años que han demostrado que otra manera de trabajar era posible. Estar físicamente no es la única forma de “estar”. Hemos de combatir a los presencialistas con argumentos porque en realidad no me hace falta perder una hora de mi vida en transporte, enfriarme por el camino, cargar el bolso, el ordenador y las carpetas para estar sentada escuchando en una reunión sin importancia cuando se tarda menos de un minuto en conectarse a un enlace. ¿Para qué si no hemos aprendido a manejar cinco tipos de sistemas distintos de videoconferencia? No deberíamos volver a los esquemas inflexibles que cayeron durante la pandemia.

El repliegue hacia el presencialismo continúa su camino y si hace un año 10 de cada 100 personas trabajaban desde su casa, hoy son 8. Es cierto que funcionar en remoto no es para todos los empleos, ni para todo el tiempo de trabajo, pero eso no quiere decir que acabe siendo tan difícil de aplicar que termine desapareciendo. No podemos renunciar al avance que hemos conseguido. El formato híbrido requiere cambios culturales y organizativos para garantizar la productividad y, sobre todo, evitar el abuso. Sabemos la dificultad que supone implantar esta mentalidad en el sector público, un sector muy importante de la economía, con más de 3 millones de personas empleadas y del que depende gran parte del funcionamiento del país. ¿Cómo se pueden evaluar los resultados del teletrabajo donde no hay objetivos, incentivos, premios o castigos? Ahora mismo es complicado evitar que unos pocos se aprovechen de algo que verdaderamente contribuye a mejorar nuestra calidad de vida, pero que el sistema no esté adaptado a los tiempos no debería conducirnos a eliminar paulatinamente las alternativas propias de este tiempo en el que vivimos.

Nadie duda que la cercanía física es necesaria para crear, compartir y colaborar de manera más efectiva; no se trata de elegir entre el blanco y el negro sino de avanzar hacia lo que mejor nos funcione como personas. El trabajo supone muchas horas de nuestro día y muchos años de nuestra vida; debería encajar en ella y no al revés. En un mundo en el que las empresas apuestan por el metaverso, habría que poder elegir si nos viene mejor conectarnos a un link para asistir a una reunión. Si todos somos distintos y tenemos necesidades diferentes, quizá sea el momento de empezar a flexibilizar algunos aspectos de nuestro día a día -siempre cumpliendo con los objetivos que tengamos- ¿Por qué la presencia digital no puede ser una alternativa real?

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