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Politízame

Flota en el aire la impresión de que politizar es enfangar. Esto es culpa, en buena parte, de quienes lo hacen desde el odio y con miras a generar nuevas exclusiones

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Puertas del colegio Montealto de Madrid, donde murió la niña atropellada.

Puertas del colegio Montealto de Madrid, donde murió la niña atropellada. / EFE

El jueves pasado murió una niña de seis años y dos quedaron heridas de gravedad, víctimas de un atropello a la salida de un colegio en Madrid. Después del accidente Mónica García tuiteaba: “Las familias llevan meses reivindicando la necesidad de que los entornos escolares sean seguros y sanos. Esta noticia es lamentable y evitable. El Ayuntamiento tiene que hacer algo ya.” José Luis Martínez Almeida no tardó en responder: “Politizar la muerte de una niña de seis años es un ejercicio de cinismo repugnante. Basta ya.” La réplica no es nueva, el PP ya ha pedido anteriores ocasiones que no se politice la violencia de género, que no se politicen las agresiones a homosexuales, que no se politice la corrupción…

¿Tiene sentido esta respuesta viniendo de una partido que tan bien cuida su división de Nuevas Generaciones, encargada nada menos que de politizar a la juventud? Y es que ¿para qué les pagamos un sueldo a los políticos si no es para que politicen? ¡Politícenlo todo! Porque politizar no es enviciar, al contrario; politizar es sacar los temas de la parcela de lo individual, de lo excepcional, de lo inmutable. Politizar es devolver los temas a la conversación pública de masas, indagar sus causas, imaginar las soluciones… Y eso es tarea —aunque no exclusiva— de la clase política. Quien pide que no se politice un tema es quien tiene interés en que se quede como está. Lo cual es una forma —como cualquier otra— de hacer política.

Sin embargo, flota en el aire la impresión de que politizar es enfangar. Esto es culpa, en buena parte, de quienes lo hacen desde el odio y con miras a generar nuevas exclusiones. ¿La respuesta entonces? Nos la canta, como siempre, Ana Belén: politízame, pero no con el humo que asfixia el aire…

Ya sabemos que a Aznar no debemos decirle si se puede o no tomar dos vinos al volante, pero al resto sí que nos lo pueden decir, y gracias a eso y a otras cosas que nos han dicho, las muertes por accidente de tráfico en España se han reducido un 70% en quince años. Tan politizado está el tráfico como que en su primer año de Gobierno, Rajoy destituyó al frente de la DGT a Pere Navarro, el artífice del descenso. Y Pedro Sánchez lo recuperó para el puesto después.

En 2020 se produjeron 947 atropellos en Madrid, que dejaron más de 1.000 heridos y 12 muertos (y las cifras son algo mejores que las de años anteriores por la reducción de tráfico que trajo la pandemia). Por supuesto que esas muertes no son culpa de Almeida. Pero, como sociedad, queremos pensar que esa situación también es reversible, que hay modelos de ciudad menos lesivas y, más aún, que podemos pensar medidas que hagan de los entornos escolares lugares mejor protegidos. Tiene sentido entonces pedirle explicaciones y propuestas a quien basa su modelo de movilidad urbana en los coches.

Politizar los accidentes de tráfico significa convertirlos en un asunto público, colectivo y mejorable. Politizar las muertes por atropello es el primer paso para evitarlas.

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