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Becarias que seducen a patrones

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Javier Bardem y Almudena Amor, en una escena de ’El buen patrón’, de Fernando León de Aranoa.

Javier Bardem y Almudena Amor, en una escena de ’El buen patrón’, de Fernando León de Aranoa. / EFE

Aún me pasa. Cuando estoy viendo una película y dos personajes se quedan solos, pienso: «Ahora van y se acuestan». Sean las 8 de la mañana o las 3 del mediodía. Si son amigos porque son amigos, y si son enemigos, mejor me lo pones.

Cuando le cuento esto, mi terapeuta quiere que hablemos de mi infancia y de mi madre. Pero yo prefiero hablarle de mi infancia y de Vicente Aranda, de Manuel Gómez Pereira, de Bigas Luna. Y es que yo crecí en los 90 y vi mucho cine español.

Esa tendencia libidinosa de nuestros directores se sustentaba, claro, en el cuerpo de las actrices. En más de una ocasión Maribel Verdú ha hablado de la barrera de los 35 y de los dos años que pasó sin que la llamaran, aunque también de la liberación que supuso dejar de hacer escenas de sexo: «Y el actor, ¿qué? Ellos siempre el culete. Pues no, si yo enseño tetas y chichi que enseñe él polla. Yo ahora no pasaría por ahí, los dos iguales o nada». Durante la promoción de Madres paralelas, Aitana Sánchez-Gijón volvía a sacar el tema: «La barrera de los 35 en mi caso no pudo ser más elocuente: pasé de ser el objeto de deseo a la madre del objeto de deseo. Sin transición. Y el cine dejó de contar conmigo».

Pasan las décadas y el gen Benny Hill que habita nuestro cine muta pero no desaparece. Hablamos a menudo de las españoladas de Ozores, Pajares y Esteso, pero mencionamos menos que lo de desnudar mujeres a troche y moche le ha gustado también a nuestros directores más insignes —Buñuel y Berlanga— y a otros que gozan también del beneplácito de las clases medias, como Fernando Trueba, David Trueba, Julio Medem.

Más recientemente, en El buen patrón, Fernando León muestra sensibilidad para retratar el conflicto entre los trabajadores y ese jefe chapado a la antigua que encarna Javier Bardem; en cambio, cuando se trata de trabajadoras la película patina.

¿Es creíble, en 2021, que una becaria de veintipocos esté enamorada hasta las trancas de ese sesentón rancio y obsesionado con el trabajo que dirige una empresa de básculas heredada? Pero es que no es solo ella: en la primera escena vemos cómo otras empleadas jóvenes—se nos da a entender que también se han acostado con él— dejan la empresa todavía subyugadas: le lanzan miraditas al jefe y, gustosas, se dejan poner la mano en la cadera.

Más allá de la poca verosimilitud y de que nuevo la escena de sexo se centre en el cuerpo de la actriz Almudena Amor, es una pena que los pocos personajes femeninos retratados no sirvan al director para aumentar las dimensiones del conflicto de clase. En lugar de eso, 1) les toca una vez más llevar el peso de una trama sexual y 2) lejos de problematizar la lascivia del jefe en el lugar de trabajo, estén encantadas con el percal.

En 2005 Fernando León llamaba Princesas a las prostitutas y a muchos se nos pasó por alto el paternalismo que había en aquel título. En 2021 el gen Benny Hill sigue transformándose para pasar desapercibido, pero seguramente aquí hubiera bastado contar con una coguionista para detenerlo. Sería una pena que el cine de León de Aranoa, y otros tantos, envejecieran prematuramente por su culpa.

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